9.21.2009

«Cada ser humano tiene una dimensión monástica y cada uno debe realizarla de forma distinta»



Abba José dijo a Lot: «Tú no puedes convertirte en monje si no te conviertes totalmente en un fuego que se consume»


Cuando se utiliza la palabra «monje» inmediatamente pensamos en esos hombres o mujeres que viven «encerrados» en un edificio que llamamos «monasterio» y que se dedican casi exclusivamente a rezar. Desde esa visión popular y tradicional los monjes son dentro de la iglesia hombres y mujeres que viven una «vida muy religiosa» pero que no se dedican a actividades como la educación, la pastoral, el cuidado de los enfermos, la organización de comunidades, etc. Sólo se dedican a rezar y a cierto tipo de trabajos manuales sencillos como la elaboración de artesanías, o galletitas, o al trabajo en el campo. También se tiende a pensar que los monjes son hombres y mujeres que han sufrido algún tipo de «fracaso amoroso» y por eso se han encerrado en un monasterio, o que tienen un temperamento «tímido» que les impide dedicarse a otro tipo de actividades, o que son personas demasiado «buenitas» incapaces de mezclase con el mal y la «mierda» del mundo.


Si nos limitamos a esa visión popular nosotros seríamos, dentro de la Fraternidad Monástica del Sagrado Corazón, un grupo de laicos con familias e hijos que estaríamos buscando imitar la forma de vida de esos «monjes», encerrándonos de alguna manera, dedicándole el mayor tiempo posible a la oración y renunciando a nuestras responsabilidades pastorales, sociales y políticas dentro de la iglesia y la sociedad. Estaríamos buscando una vía de escape, un rinconcito sin muchos problemas donde hacernos un poco «santitos» sin contaminarnos demasiado con el desorden, el mal y la «mierda» del mundo.


Si no superamos esa visión tradicional y popular, y no entendemos nuestro SER monástico de otra manera, nuestro intento de SER una Fraternidad Monástica no tendría ningún sentido. Tendríamos que quitar la palabra «monástica» de nuestro nombre. Si somos una Fraternidad Monástica no es porque nos parezca bonito, o más «santo», imitar la vida de los monjes, sino porque dentro del marco mayor de la espiritualidad de Carlos de Foucauld Ser Monjes hace parte del llamado que se nos hace, parte de nuestra Vocación, de nuestra identidad espiritual.


Vamos a empezar con un ejemplo. Si se nos dice que alguien es un «gran deportista» podemos hacernos una idea de él sin necesidad de saber qué deporte específico practica. Sabremos que es alguien que se ocupa de desarrollar sus posibilidades físicas, que cultiva el desarrollo de su cuerpo con disciplina y esfuerzo. La manera concreta como lo haga es secundaria. Puede ser futbolista, o nadador, o corredor de pista, puede practicar un deporte que le exija jugar en equipo o uno que le permita hacerlo en solitario. Hay muchas formas completamente distintas de llegar a ser un gran deportista.


Hagamos lo mismo con nuestra investigación de lo «monástico». Olvidemos los monasterios y la imagen que tenemos de ellos y de la gente que los habita y pensemos en que el SER monje es una manera de desarrollar ciertas posibilidades humanas y espirituales que todos tenemos, independientemente de la forma concreta como cada uno escoja desarrollarlas. Pensemos en que se puede SER monjes sin necesidad de vivir como viven los monjes que tradicionalmente conocemos.


Desde luego, para ser un gran deportista hay que buscar un camino que nos permita desarrollar nuestro propio cuerpo. El hecho de que haya muchos caminos posibles no quiere decir que se pueda llegar a ser un gran deportista sin escoger por lo menos uno de ellos. Lo mismo pasa con el SER monjes. El hecho de que pensemos que podemos SER monjes sin vivir como viven los monjes que conocemos en sus monasterios no quiere decir que si reconocemos que ése es nuestro llamado no tengamos que hallar nuestra propia manera de SER monjes.


En este camino vamos a utilizar el trabajo de un autor llamado Raimon Panikkar que nació en Barcelona en 1918, hijo de madre catalana y de padre hindú. Es un sacerdote católico que ha trabajado mucho la espiritualidad pero vista no sólo desde el punto de vista cristiano católico sino en diálogo con las tradiciones espirituales orientales: hindú, budista, islámica, etc. Ha hecho muchos aportes al tema de lo «monástico» pero nunca ha vivido como monje en ningún monasterio. Su definición del SER monje es esta:


“Por monje, entiendo aquella persona que aspira alcanzar el fin último de la vida con todo su ser, renunciando a todo lo que no es necesario para ello, es decir, concentrándose en este único y singular objetivo. Precisamente esta singularidad, o más bien la exclusividad del fin que rehúsa todos los demás fines subordinados, aunque legítimos, distingue al camino monástico de todos los demás caminos espirituales hacia la perfección o salvación. El monje desea ser liberado, y está tan concentrado en eso que renuncia a los frutos de su acción, distinguiendo lo real de lo que no lo es, y por eso está dispuesto a seguir la praxis necesaria. Si en cierto sentido se supone que todo el mundo aspira al fin último de la vida, el monje es el más radical y exclusivo en su cometido. Todo lo que no sea medio hacia ello es ignorado; todo lo que no sea el camino es marginado.”


“Pienso que el monje es la expresión de un arquetipo, arquetipo que constituye una dimensión constitutiva de la vida humana. Este arquetipo es en cada persona una cualidad única que a la vez necesita y rechaza la institucionalización. Esta concepción ha sido siempre una creencia básica de toda tradición. Los grandes monjes se han sentido siempre preocupados cuando el monje ha sido una figura reconocida por el mundo y ha recibido la bendición de la sociedad. El monje es una figura altamente personal. Por eso la tradición ha considerado al eremita -el idiorrítmico- como el monje perfecto.”


“Mi hipótesis es que lo monacal, es decir, el arquetipo del cual el monje es una expresión, corresponde a una dimensión de lo humano, de modo que todo ser humano tiene potencialmente la posibilidad de realizar esa dimensión. Lo monacal es una dimensión que tiene que ser integrada a otras dimensiones de la vida humana para conseguir lo humano. No sólo de pan vive el hombre. Arquetipo, para mí, representa literalmente un «tipo fundamental», es decir, un constituyente básico o relativamente permanente de la vida humana. Puede también significar algo que está escondido en la naturaleza humana, porque es causa y efecto de nuestro comportamiento básico y nuestras convicciones.”


Primera explicación: cuando hablamos de arquetipo nos referimos a un modelo, a una imagen ideal. Esto no es del todo exacto pero nos ayuda a comprender. Podemos decir por ejemplo: «el Che es el arquetipo del Revolucionario»; o «Albert Einstein es el arquetipo del científico»; o «la Madre teresa es el arquetipo del servicio a los más pobres». Todos, hombres y mujeres, tenemos la posibilidad de llegar a ser revolucionarios, o científicos, o servidores de los más pobres, y esas figuras que llamamos arquetipos nos los recuerdan, pero cada uno desarrolla esas posibilidades a su manera y hasta cierto punto, o desarrolla otras que nos recuerdan otros arquetipos. Incluso alguien que haya optado por ser completamente anti-revolucionario o anti-científico, o que no le interese para nada servir a los más pobres, no por ello pierde esa semilla interior que le seguirá diciendo a lo largo de toda su vida: «puedes ser revolucionario, o científico, o servir a los más pobres».


Otro ejemplo nos permitirá comprender mejor esta noción de paradigma. El espinoso (Gasterosteus aculeatus) es un pequeño pescado de los estanques y ríos. El estudio de varios de ellos puso de manifiesto que el espinoso organiza su actividad biológica (reproducción, alimentación) de manera circular alrededor de un punto central (una piedra, una raíz). Este punto central no presenta ninguna utilidad biológica para el pez, en otras palabras: no le «sirve» para nada, ni como refugio, ni como lugar para poner sus huevos, ni como fuente de alimento. Pero lo más sorprendente es que si se retira esta pequeña piedra o raíz el espinoso parece completamente desorientado, deja de reproducirse y termina por morir. De cierta manera, la piedra constituye el paradigma del espinoso, su manera de ver el mundo y la palanca de su actividad diaria. Es un «centro» que no le representa ninguna utilidad práctica, no le da nada que le sirva para solucionar los problemas de su supervivencia, pero si pierde ese «centro» pierde la motivación para seguir viviendo.


Un arquetipo es una invitación que desde dentro de nosotros mismos se nos hace para que desarrollemos determinadas dimensiones humanas. Una invitación más profunda que nuestra propia conciencia y nuestras propias opciones racionales. Una invitación que no podemos controlar ni anular. En ese sentido, cuando hablamos del monje como arquetipo nos referimos a la posibilidad y la aspiración que tiene todo ser humano de alcanzar el fin último de la vida con todo su ser, renunciando a todo lo que no es necesario para ello, es decir, concentrándose en este único y singular objetivo. Una invitación que sigue siendo válida aunque en nuestra vida cotidiana nos dediquemos a cosas completamente distintas a las que se dedican los monjes tradicionales.


Un ejemplo práctico: dos madres de familia. Vistas desde afuera a la hora de recoger sus hijos de la escuela, pueden parecer iguales. Cumplen con su rol de esposas y madres, trabajan y se sacrifican para darle el mayor bienestar posible a su familia. Pero puede ser que una de ellas se conforme con eso, con cumplir ese rol, y no sienta la necesidad de buscar nada que esté más allá. Se imagina que la plenitud será cuando sus hijos sean profesionales, puedan defenderse solos en la vida y le den muchos nietos. Se instala en su rol de esposa y madre y ahí se queda. Con eso le basta.


Pero la otra, aunque exteriormente haga casi lo mismo, puede pensar que el fin último de su vida no se agota en su rol de esposa y madre. Busca algo que está más allá y que toca su intimidad humana más profundamente de lo que pueden hacerlo sus hijos y su esposo. Descubre que para llegar a ser el arquetipo de mujer a que se siente llamada, es decir, para realizarse plenamente como ser humano, no puede limitarse a sus roles de esposa y madre y tiene que vivir otros roles que no son necesariamente los de esposa y madre. En cierto sentido se pude decir que «renuncia» a que sus roles de esposa y madre determinen toda su vida y se concentra en un objetivo que considera mayor. No se siente llamada a abandonar su familia pero si a integrar en su vida de pareja y de madre otros espacios que le permitan desarrollarse plenamente de acuerdo al arquetipo que desde su interior se le revela. Esta mujer, hay que decirlo, aunque jamás en su vida pise un monasterio, tiene una vocación monástica. Aunque toda su vida se dedique principalmente a ser esposa, madre, abuela, vivirá de alguna forma en cada uno de los actos que realiza una «renuncia interior» a todo lo que no le sea necesario para concentrarse en el único y singular objetivo de su vida, es decir, para llegar a SER la persona humana y divina que Dios espera de ella a través del cumplimiento de su vocación.


En últimas, la vocación profunda de cada ser humano: llegar a ser plenamente hijo o hija de Dios, no se agota en ningún rol o arquetipo específico: padre, madre, esposo, esposa, hijo, hija, hermanita, profesional, sacerdote, obispo, cocinero, artista, revolucionario, científico, deportista... De alguna manera, cada hombre y cada mujer aspira a serlo todo y el hecho de que su vida concreta le impida desarrollar materialmente todas esas semillas no quiere decir que esa aspiración se pierda o sea sólo una ilusión. Es la aspiración a una plenitud mayor que cualquier plenitud humana.


Segunda explicación: la palabra «idiorrítmico», tiene mucho que ver con la tradición monástica de la iglesia ortodoxa oriental. En esa tradición los monasterios pueden ser cenobitas o idiorrítmicos. En los primeros todos los monjes cumplen unas reglas muy estrictas, sometidos a la autoridad de un abad. Las propiedades son comunes y están repartidas por igual y todos los monjes comen juntos en el refectorio cada día. En los monasterios idiorrítmicos no hay comunidad de propiedades y cada monje se viste y se alimenta con sus propios recursos. Para nosotros el monje idiorrítmico se asemeja mucho al ermitaño, que puede vivir cerca de un monasterio y compartir algunas veces con los monjes que viven en él pero que organiza su vida en su ermita, determinando «a su manera» un ritmo propio de oración, de estudio, de trabajo, de comidas, de descanso.


Es obvio que nosotros como familias dentro de nuestra Fraternidad Monástica seríamos más bien una comunidad idiorrítmica porque aunque podamos llegar a compartir ciertos espacios o propiedades comunes, tenemos que vestir y alimentar a nuestras familias con nuestros propios recursos, determinando, cada familia, su ritmo propio de vida en sus diferentes aspectos.


Otro elemento importante:


“Me hago eco de la tradición que ve al monje como un ser solitario (no un aislado), viviendo quizá en una familia (espiritual), pero no como miembro de un mundo encerrado en sí mismo. La vocación monástica es esencialmente personal.”


Esa esposa y madre con vocación monástica, a pesar de que nunca en su vida viva sola, es en cierto sentido una «solitaria». Su familia humana es también su familia espiritual pero eso no quiere decir que viva en un mundo encerrado en sí mismo. Por eso su vocación monástica es esencialmente personal.


Pero, cómo llegó ella a ser monje:


“El monje al fin y al cabo se convierte en monje no por un proceso de reflexión o por un mero deseo, sino que llega a monje como resultado de un impulso, fruto de una experiencia que eventualmente le conduce a hacer un cambio y, en último análisis, a romper algo en su vida (vivir una conversión) por amor de aquella «cosa» que supera o trasciende todo lo demás. Uno no se hace monje para hacer algo o ni siquiera para alcanzar algo, sino para SER (todo, uno mismo, el ser supremo…). El monje no se convierte en monje sólo por un deseo. Le será dicho una y otra vez que debe eliminar todos los deseos. Hablo de una aspiración, de una urgencia interior. Nadie se hace monje porque él lo quiera. El monje es conducido, por decirlo así, por una experiencia que sólo puede articularse en la práctica de la propia vida. Es un experimentar la presencia del fin último de la vida, por un lado, y su ausencia (por no haberlo conseguido), por otro. La espiritualidad monástica ha profundizado en este tópico de la iniciación a la vida monástica más que en cualquier otro tema. En cierto sentido, el monje es a la vez el aspirante a la perfección y el perfecto. Existe una tensión entre la experiencia de la plenitud del objetivo, por un lado, y la de estar todavía en camino, por otro.”


Ahora sigamos desmenuzando la definición de la identidad del monje:


esta singularidad, o más bien la exclusividad del fin que rehúsa todos los demás fines subordinados, aunque legítimos, distingue al camino monástico de todos los demás caminos espirituales hacia la perfección o salvación.


Cuidar enfermos, dictar catequesis, educar, organizar grupos, son todas actividades legítimas que desde luego tienen que ver con nuestra identidad cristiana. Son actividades a través de las cuales muchos hombres y mujeres desarrollan su vocación, ya sea como laicos o religiosos. Sin embargo, quien tiene una vocación monástica aunque realicé en su vida cotidiana esas actividades tiene por dentro una especie de instinto espiritual profundo que le dice que todos esos son fines subordinados. Su singularidad humana lo orienta con exclusividad hacia un fin específico y mayor que muchas veces no se puede definir con palabras: la perfección o la salvación. Ese fin mayor hace que viva en un permanente deseo de ser liberado de todos los demás fines subordinados, y está tan concentrado en eso que renuncia a los frutos de su acción.


Si a un monje que cuida enfermos se le pregunta cuáles son los frutos de su acción, no nos dirá que son la salud de los enfermos, porque para él hay algo que es mucho más real que eso. Ella o él no está llamado a hacer o alcanzar algo, aunque ese algo sea tan importante y valioso como la salud de un enfermo, sino a SER un cierto tipo de ser humano que tiene conciencia de que es a la vez el aspirante a la perfección y el perfecto. Renunciar a los frutos de su acción no quiere decir que sea irresponsable o mediocre en el cumplimiento de las tareas que realiza, quiere decir que su radicalidad interior lo lleva a fijarse siempre, más allá de todos sus posibles logros humanos, grandes o pequeños, en el fin último de su vida. Utiliza todas las posibilidades de su humanidad como medio, como camino, para cumplir ese fin último de su vida y asume una praxis, un comportamiento, que le permita darle un orden a su vida en el que las distracciones o las tareas secundarias son cada vez más marginadas.


Este instinto espiritual monástico, el arquetipo monástico, es algo que está presente en todo ser humano, incluso en aquellos que se morirían de la risa si se lo dijéramos. Incluso en aquellos que no se consideran para nada religiosos. Todo ser humano tiene potencialmente la posibilidad de realizar esa dimensión. Lo monacal es una dimensión que tiene que ser integrada a otras dimensiones de la vida humana para conseguir lo humano (lo humano integral y pleno, lo humano desde el punto de vista de nuestra identidad de hijos e hijas de Dios). El grado en el cual cada ser humano realiza su propia e inevitable vocación monástica es algo altamente personal que ninguna forma de comunidad puede garantizar. Es una cualidad única que a la vez necesita y rechaza la institucionalización. Por eso los grandes monjes se han sentido siempre preocupados cuando el monje ha sido una figura reconocida por el mundo y ha recibido la bendición de la sociedad. El monje no se puede justificar a sí mismo por su hacer, por sus logros humanos, sean los que sean, sólo se puede justificar por su SER.


Metámonos ahora en el problema de la institucionalización:


Este arquetipo monástico bajo diferentes nombres lo encontramos en la mayoría de las tradiciones humanas. Por eso es bastante comprensible que precisamente quienes han cultivado esta dimensión con más diligencia hayan intentado institucionalizarla. Y ésta es la paradoja: una vez lo monacal es institucionalizado, empieza a ser una especialización y corre el riesgo de ser exclusivo.


No todo el mundo puede o debe entrar en un monasterio, pero todo el mundo tiene una dimensión monástica que debería ser cultivada. Lo monacal es un constituyente, una parte, una dimensión del ser humano, un arquetipo; pero el monasterio es un totum, una organización global de la vida humana. El monje metido en un marco institucionalizado sufre a menudo por el hecho de que sus impulsos vitales hacia la plenitud humana son recortados simplemente por el hecho de ser absorbidos en la institución totalizante, y muchas veces sacrificados a beneficio de la institución. La experiencia muestra que demasiado a menudo el monje se encuentra buscando fuera del monasterio la perfección humana a la que aspira.


Las instituciones son necesarias, y cuanto más humana es una necesidad más necesaria es la institución. El matrimonio podría ser un ejemplo y el monasticismo otro. Pero en el momento en que la institución monopoliza los valores que representa, aparece el peligro de la «institucionalización». La institución es la ritualización de los medios; pero cuando los medios se vuelven fines, la institución se vuelve totalitaria.


Admito que una de las crisis del monaquismo actual es precisamente que algo que pertenece a la naturaleza humana como una de sus dimensiones constituyentes pierde buena parte de su fuerza y de su universalidad una vez que pasa a ser una forma particular de vida organizada. Lo monacal -que cuando es bien entendido se entrelaza con otras dimensiones del ser humano y podría ser un elemento esencial para alcanzar la plenitud humana- se convierte entonces en un ideal totalitario y pierde su propia fuerza. Pero, a la inversa, no hay organismo sin organización.


No estoy en contra de las instituciones. La sociedad no puede existir sin instituciones. Pero yo hago una distinción entre institución e institucionalismo. Este último aparece cuando la institucionalización absorbe la vida de una institución. Pienso que una institución debería ser no solamente una organización, sino también un organismo. Y esta tensión entre organismo y organización es delicada. La organización funciona cuando hay dinero; el organismo funciona cuando hay vida. Y esto es más que una metáfora. Ninguna suma de dinero (léase armas) protegerá las instituciones del primer mundo si su organismo está enfermo. La organización necesita un marco; el organismo requiere un cuerpo. La organización necesita un jefe, un líder, un impulso del exterior para que funcione. El organismo necesita un alma, salud, es decir, la interacción armónica de todas las partes del todo. Una organización equivale a la suma de partes, y cada parte es reemplazable por una réplica idéntica. Un organismo es más que la suma de sus componentes, y ninguno puede ser reemplazado por un duplicado exacto, porque cada uno es único. Cuando está enfermo debe regenerarse a sí mismo desde dentro. Un organismo muere cuando el alma se va, cuando el corazón cesa de latir o el cerebro cesa de vibrar. Una organización tiene más resistencia porque su estructura es más fuerte y puede funcionar por inercia, con tal de que le sea inyectada alguna forma elemental de energía; tiene un poder de inercia más elevado.


No quiero decir que no haya que favorecer las comunidades monásticas. Mi opinión es que si lo monacal es un constituyente de la dimensión humana, entonces esta dimensión no puede nunca hallar su total expresión en una institución que está destinada a ser privilegio de unos pocos. Si la dimensión monástica existe en todos, por lo menos potencialmente, la institución del monasticismo debería ser igualmente abierta a todos.


Evidentemente, las personas que comparten un ideal común pueden y aun deben reunirse para descubrir los medios de realizar ese ideal. Esto es más que legítimo. Pero esto tiene más a justificar otras formas de vida religiosa que el monasticismo. Una congregación religiosa en el sentido canónico de la iglesia romana, por ejemplo, ciertamente aspira a ala santificación de sus miembros, pero su «razón de ser» es aquella afinidad específica de la institución: ocuparse de los pobres, enseñar a la gente, defender los santos lugares, acudir a las necesidades espirituales o curar y proteger a los enfermos o a los peregrinos, o extender el reinado de Cristo, etc. El monasticismo como tal no tiene ningún propósito ideal de este tipo, es decir, no aspira a realizar nada «fuera de sí mismo». El monasterio entonces no debería ser el lugar donde se establecen los monjes sino la escuela donde esta dimensión humana es cultivada y trasmitida.


Hemos de recuperar la dimensión monástica del hombre como una dimensión constitutiva del ser humano. Si podemos demostrar esto entonces lo monacal no es el monopolio de unos pocos, sino que es una riqueza humana canalizada en diferentes grados de pureza y conciencia por distintas personas. Pero esta riqueza también puede ser frustrada. Cada ser humano tiene una dimensión monástica, y cada uno debe realizarla de forma distinta. El monasticismo en sus formas históricas habría sido pues no sólo un intento de cultivar esta dimensión primordial de una forma particular, sino también un compromiso público a desarrollar, de una forma ejemplar y acorde con el entorno cultural, el núcleo más profundo de nuestra humanidad.


A partir de aquí pienso que ya va quedando claro que cuando decimos que la nuestra es una Vocación Monástica no nos estamos refiriendo al deseo de imitar de alguna manera la vida de los monjes que conocemos. El ser monje no es un privilegio de quienes viven en monasterios sino una dimensión humana y espiritual que todos los hombres y mujeres, sin importar cuál sea su condición, estamos invitadas e invitados a desarrollar. En la medida en que intentemos unificar nuestras vidas alrededor del centro, todos tenemos algo de monje. Estamos pues en camino de hallar nuestro CENTRO y discernir cómo vamos a desarrollar esa vocación monástica dentro de nuestra Fraternidad Monástica del Sagrado Corazón y dentro del marco específico de la espiritualidad del Beato Charles de Foucauld. El reto es desarrollar nuestras propias formas monásticas asumiendo un compromiso público dentro de la iglesia y la sociedad en general y de acuerdo a nuestra propia tradición y entorno cultural.


Nosotros somos ya una institución eclesial asumida públicamente por la iglesia de Potosí, pero aspiramos a ser no solamente una organización, sino también un organismo. A pesar de nuestra corta historia ya sabemos en carne propia que la tensión entre organismo y organización es delicada. Hasta ahora hemos funcionado porque hemos tenido vida y no dinero pero como familias sabemos que si o si tenemos que buscar dinero para alimentar y vestir con nuestros propios recursos a nuestras familias. Necesitamos un marco institucional pero también necesitamos un cuerpo, es decir, necesitamos defender y alimentar nuestra alma, nuestra salud, la interacción armónica de todas las partes que forman nuestro todo. Ninguno de nosotros puede ser reemplazado por un duplicado exacto, porque cada uno es único. Cuando alguno está enfermo debe regenerarse a sí mismo desde dentro con el acompañamiento de todas y todos. Cuando alguno está enfermo somos todos los que estamos enfermos. No es una metáfora, es una realidad. Así sucede en todos los cuerpos vivos.


A partir de esta visión de la identidad monástica, la tarea más urgente de los monjes hoy sería:


…buscar a Dios por los caminos de la política, la sociedad, la economía, la ciencia y la cultura, y no buscarlo perpetuando instituciones automarginadas y apolíticas, olímpicamente distanciadas de las cuestiones económicas, que rehúsan con aires de superioridad las disputas científicas, y se proclaman refinadamente supraculturales. Un Dios así sería una abstracción, no un Dios viviente ni ciertamente (en el ejemplo de la tradición judeo-cristiana-islámica) el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob.


Y los pasos a seguir:


“Primero: necesidad de formación. El primer paso hacia la formación es una in-formación autentica. Las tradiciones monásticas, en general, no tienen suficiente conocimiento del estado del mundo, el cual empeora y se debilita de día en día. Con esto no quiero decir que deban ser informados, a través de los medios modernos de comunicación o periódicos, de la última noticia de lo que está ocurriendo en algún lugar, etc., que sólo serviría para distorsionar la visión y la perspectiva genuina de la aventura global de la realidad en su camino hacia el centro, hacia su destino como quiera que lo interpretemos. Pero hay una gran falta de información. Esta arrogante despreocupación o desinterés o indiferencia ante las cuestiones del mundo, actualmente sólo puede aparecer como la menos monástica de las virtudes, ya que fomenta la crueldad de la indiferencia, la insensibilidad y la ignorancia culpable. Muchos anacoretas de tiempos antiguos se hicieron cenobitas con el fin de ser medios de edificación para sus hermanos.


Quizá los nuevos monasterios deberían ser centros donde se estudie y se cultive la verdadera “construcción” del mundo.


Segundo: un estudio contemplativo o una aproximación profunda a estos problemas, de modo que no se consideren como simples cuestiones técnicas o como simples datos informativos, científicos o logísticos. Los dilemas globales de hoy no están sujetos a soluciones inmediatas o técnicas, así que todo lo que hemos estado diciendo aquí acerca de la contemplación debería tener un apoyo directo en el modo como abordamos los problemas humanos urgentes de la vida de cada día: sociedad, política, ciencia, cultura, etc.


Debería surgir una metodología sui generis que integre la actividad de la contemplación y la vida de acción contemplativa. No quisiera que se interpretasen mal mis palabras como si tal estudio se tuviese que reducir sólo a cuestiones sociológicas. Un conocimiento en profundidad de la propia tradición, por ejemplo, es igualmente imperativo. Además, ya no podemos conocernos a nosotros mismos correctamente sin conocer a nuestros vecinos, e incluso sus opiniones sobre nosotros. El conocimiento de otras tradiciones espirituales es también un imperativo monástico.

Tercero: una invitación a la acción. Para el monasticismo, invitar a la acción no significa activismo o un simple politiqueo.


Y una invitación final de Panikkar:


… me siento impulsado a hacer una propuesta concreta a la luz de todo lo que hemos dicho. Va en contra de mi estilo, porque la historia demuestra que las cuestiones de este calibre no pueden ser resueltas organizando comisiones, sino más bien con el esfuerzo y la experiencia de unas pocas almas valientes. Quisiera transmitir la urgencia de construir una comisión o un grupo, o un simposio sobre la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo. Esto podría quizá crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial. El tiempo no puede estar ya más maduro.


Nosotros, todas y todos quienes estamos comprometidos con el caminar de la Fraternidad Monástica del Sagrado Corazón, hemos venido haciendo parte de ese simposio sobre la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo. En el corazón de América Latina, Bolivia, y en el corazón de ese corazón, Potosí, estamos empeñadas y empeñados en crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial. Las búsquedas y cambios recientes en nuestro propio país, con sus luces y sus sombras, son una señal tenue pero cierta de que el tiempo no puede estar ya más maduro. El fruto real de esa madurez tenemos que SER primero nosotras y nosotros mismos, sin que por ello eludamos nuestra responsabilidad de buscar a Dios por los caminos de la política, la sociedad, la economía, la ciencia y la cultura, y no buscarlo perpetuando instituciones automarginadas y apolíticas, olímpicamente distanciadas de las cuestiones económicas. Estamos llamadas y llamados a sumar nuestro esfuerzo y experiencia al de esas pocas almas valientes que en los cuatro rincones del planeta se han propuesto asumir los retos de mayor calibre que enfrenta hoy la humanidad. Y si nos permitimos hablar así no es por orgullo sino porque nuestra identidad monástica nos permite experimentar la presencia del fin último de la vida, por un lado, y su ausencia (por no haberlo conseguido), por otro. El monje es a la vez el aspirante a la perfección y el perfecto. Nuestra mirada contemplativa nos permite por un lado experimentar la plenitud de nuestro objetivo, pero por otro también nos impone cargar con la incomodidad y el sufrimiento de estar todavía en camino. Somos conducidos por una experiencia oscura que sólo puede articularse en la práctica de nuestras propias vidas.


«Soy Monje, no Misionero, hecho para el Silencio, no para la Palabra…»


Me encanta esta expresión de Charles de Foucauld porque sin ningún rodeo nos coloca en el centro de su contradicción interior, en el núcleo de ese estallido en que consistió su aventura humana y espiritual. Evidentemente fue monje y lo fue tan bien que sus superiores ya tenían previsto para él un futuro brillante en su comunidad. Pero dejó el monasterio porque el llamado de Nazaret fue más fuerte. En el contexto eclesial de su época no había matices, el no ser monje lo convertía en misionero, pero a lo largo de su vida se resistió radicalmente a ser considerado misionero: «no soy misionero: Dios no me ha dado lo necesario para ello, es la vida de Nazaret la que yo trato de llevar aquí». Imposible negar que en su vida, a pesar de todas sus evoluciones, hay mucho de identidad monástica, pero también es imposible negar que su vivencia de la espiritualidad de Nazaret rompía permanentemente sus propios esquemas monásticos. Cuando se vio forzado a dar explicaciones matizó su propia contradicción argumentando que era «monje-misionero».


El hecho es que no alcanzó a dejarnos a sus herederos algo que se pudiera catalogar como una conclusión final y estructurada de sus búsquedas espirituales. Tampoco podemos saber si en algún momento hubiera estado en condiciones de hacerla y menos si ésa hubiera sido su intención. Cuando muere asesinado el 1 de diciembre de 1916, deja a sus espaldas una estela de fracasos en lo que tiene que ver con sus intenciones de ser Fundador. Su gran amigo y director espiritual, el padre Huvelín, se lo advirtió desde el principio y con toda claridad cuando estando todavía en la Trapa comenzó a exponerle ese deseo, le aconseja prudentemente practicar las virtudes «dentro de la obediencia a la regla», y agrega que «para lo demás se verá más tarde; y fuera de todo ello usted no está hecho en manera alguna para dirigir a otros». A pesar de la advertencia Foucauld decide no dejarlo para más tarde y se atreve a escribir una «regla». Su director espiritual, que a regañadientes y lamentándolo, había aceptado que dejara la Trapa y se instalara en Nazaret, sigue siendo claro con relación a su «regla»: «lo que me espantaría sobre todo, hijo mío querido, es verlo a usted fundar, o pensar en fundar alguna cosa… su regla es absolutamente impracticable». Tenía razón de espantarse, Foucauld «no estaba hecho en manera alguna para dirigir a otros» y todos sus intentos de estructurar la vivencia de sus intuiciones espirituales en una «regla» resultaron siendo «absolutamente impracticables».


Quienes luego de su muerte estructuraron sus intuiciones espirituales en «reglas» que si demostraron ser practicables, optaron por desdibujar casi por completo el ingrediente monástico de su espiritualidad y afirmaron una cierta manera de entender la espiritualidad de Nazaret. Clausuraron el monasterio y optaron por la «fraternidad», intuyendo que implícitamente ésa era la solución de la contradicción de Carlos de Foucauld, y buscaron leer su vida y sus escritos en esa clave para demostrar que tenían razón. La época era propicia para darle la espalda al monasterio con cierto orgullo y afirmar la novedad de la «fraternidad». El problema fue que esa época resultó demasiado corta y a menos de 100 años de su muerte cambió radicalmente. Como ya sabemos, no vivimos hoy una época de cambios sino un cambio de época porque sin duda lo que enfrenta hoy la especie humana no es de ninguna manera secundario o accesorio, es el núcleo de su propia supervivencia. O cambiamos en serio, radical y esencialmente, y cambiamos todos porque nunca como hoy todos hemos estado implicados, o nos enfrentamos al fin de nuestra historia, que no es el triunfo del libre mercado sino el triunfo de la muerte sobre el depósito de vida que hemos logrado acumular todos hasta ahora.


Seguramente si esa época en que se le dio la espalda al monasterio y se afirmó la novedad de la «fraternidad» hubiera sido más larga las cosas hoy serían diferentes. Pero en el actual contexto, el triunfo de la «fraternidad» sobre el monasterio no nos va a conducir a nada que responda realmente a los desafíos de la nueva época, por eso hoy también nosotros, apenas 100 años después de la muerte de nuestro inspirador, con herramientas de una época pasada, no sabemos bien cómo dirigir a otros y no logramos explicitar «reglas» que sean practicables. A mi modo de ver, esta doble incapacidad tiende a esterilizar la espiritualidad de Carlos de Foucauld. Si no aprendemos, en esta época, a dirigir a otros y no logramos explicitar nuestra espiritualidad en «reglas» que sean practicables de acuerdo a la realidad de los hombres y las mujeres de hoy, no lograremos que las intuiciones espirituales de Charles de Foucauld alimenten nuestro propio y actual seguimiento de Jesús de Nazaret.


A primera vista puede sonar muy fuera de lugar la afirmación de que los hombres y las mujeres de hoy para vivir una determinada espiritualidad necesitan de gente que los sepa guiar y de «reglas» que puedan practicar. En el contexto de supuesta libertad ilimitada que se predica, y que pretende abarcar todas las dimensiones humanas, y en una época en que las estructuras tradicionales (religiosas, culturales, sociales y políticas) pierden cada vez más fuerza y más adeptos, hasta el extremo de casi colapsar, puede parecer que lo que menos necesitan y desean los hombres y las mujeres hoy son precisamente «reglas» y gente que los guíe. Nada menos cierto. Por el contrario, si de algo está inundado hoy el mundo es precisamente de «reglas» que los hombres y mujeres obedecen casi con una ceguera absoluta, y de personajes que los guían y a los cuales siguen como corderos que se dejan llevar dócilmente al matadero. Nunca como hoy los hombres y las mujeres han obedecido tan fácilmente y han respetado sin cuestionar las «reglas» que se les imponen. El hecho de que los lenguajes que utilizan sus líderes para guiarlos y los medios que usan para difundir esos lenguajes generen la apariencia contraria y hayan logrado imponer un malentendido premeditado, no quiere decir que ésa no sea la realidad.


Visto a la luz, o mejor dicho, a la oscuridad de la actual coyuntura humana, Carlos de Foucauld se revela más que como un fracasado como alguien que vio mucho más lejos de lo que él mismo se hubiera atrevido a imaginar. Su insistencia en esa «regla» que trató de gestar a lo largo de su vida, y su propia incapacidad para guiar a otros, no son la señal de un fracaso sino de una anticipación. Vio tan lejos que por eso su propia estrechez humana y las limitaciones de su condición histórica parecieron ser sólo la evidencia de ese fracaso, pero es precisamente su aventura inconclusa la que nos entrega, en esta nueva época, como un tesoro abierto, la semilla de sus intuiciones espirituales. El tiempo está maduro para esa semilla; hoy si somos los hombres y mujeres que su «regla» necesitaba y esperaba; hoy si estamos en condiciones de dejarnos guiar por él hasta el lugar que en él El Espíritu nos anticipó. Tenemos los datos suficientes, la nueva época nos los da.


Los hombres y mujeres de hoy podemos elegir ser los primeros de una Nueva Humanidad o resignarnos a ser no más que los últimos de una humanidad en extinción. Todo lo humano vive hoy ese tránsito: es al mismo tiempo desenlace y principio. Somos desconocidos para nosotros mismos y vivimos a la espera de alguien que nos revele que somos más, que podemos ir más allá, que tenemos con qué hacerlo. La tensión interior, que muchas veces llega casi al extremo de ser contradicción, entre el rigor meticuloso y exagerado de su «regla», y la capacidad de «vivir al día», dejándose guiar por los acontecimientos, es lo que hace de Foucauld un hombre más de nuestro tiempo que de su tiempo. Un hombre inacabado, sin conclusiones finales, pero que no renuncia al llamado de su plenitud, que no anula su capacidad de crear y que por eso puede asumir responsabilidades en la construcción de algo realmente nuevo. No hay libertad sin «regla». No se puede «vivir al día», dejarse conducir por los acontecimientos, sin el rigor y la radicalidad interior de una «regla». Es en la obediencia donde el ser humano puede hacer efectiva su libertad más allá de todas las esclavitudes humanas. El grado más alto de esclavitud es una vida sin «regla». La ausencia de «regla» no tiene nada que ver con la libertad, es la manifestación de la obediencia implícita a la «regla» de la muerte.


Citando a Gandhi, el escritor argentino Ernesto Sábato, se refiere así a la muy publicitada ausencia de «regla» de la globalización:


«Cuando la cantidad de culturas relativiza los valores, y la “globalización” aplasta con su poder y les impone una uniformidad arrogante, el ser humano, en su desconcierto, pierde el sentido de los valores y de sí mismo y ya no sabe en quién o en qué creer. Como dijo Gandhi:


No quiero cerrar los cuatro rincones de mi casa ni poner paredes en mis ventanas. Quiero que el espíritu de todas las culturas aliente en mi casa con toda la libertad posible. Pero me niego a que nadie me sople los peones. Me gustaría ver a esos jóvenes nuestros que sienten afición a la literatura aprender a fondo el inglés y cualquier otra lengua. Pero no me gustaría que un solo indio se olvidase o descuidase su lengua materna, que se avergonzase de ella o que la creyese impropia para la expresión de su pensamiento y de sus reflexiones más profundas. Mi religión me prohíbe hacer de mi casa una prisión».


Estamos hablando de una vocación contemplativa y la responsabilidad del contemplativo es absoluta, es responsable de todos y de todo. El contemplativo
tiene prohibido hacer de su casa una prisión. Y lo único que puede ponerlo al nivel necesario para asumir esa responsabilidad es una «regla». Una «regla» permite que a uno nadie le sople los peones, dejando que el espíritu de todas las culturas aliente en nuestra casa con toda la libertad posible, sin necesidad de cerrar los cuatro rincones de la casa, ni poner paredes en las ventanas. Desde luego, una «regla», cualquier «regla», sin importar qué tan bien pueda estar elaborada de acuerdo a su intencionalidad, es en sí misma un objeto muerto. Es como un corazón extirpado del cuerpo al cual debe alimentar; puede ser perfecto, tener todas las condiciones para ser un corazón sano, pero no sirve para nada.


Desde el punto de vista utilitario, la relación del contemplativo con su regla es parecida a la del artista con sus herramientas de trabajo. Un pintor, por ejemplo, para crear sus cuadros necesita un sustento, una tela, un pedazo de madera o de vidrio, una pared, cualquier superficie que le permita expresarse. Esa superficie le impone unos límites y le exige aplicar ciertas técnicas específicas. Necesita pigmentos para desarrollar su propuesta de formas y colores, y necesita instrumentos para esparcirlos, ya sean pinceles, sus propias manos, o cualquier cosa que le sirva para eso. De nada le vale tener una creatividad interior muy grande si no logra desarrollar su técnica tanto como esa creatividad le exija, de acuerdo a sus propias tendencias personales. El uso de los instrumentos que le permiten aplicar su técnica, por decirlo así, las reglas que necesita seguir para poder expresarse, no son una camisa de fuerza, pero son tan necesarias como su propia creatividad porque le permiten pasar del deseo al acto. Sin ellas y sin su fidelidad a ellas su ser de artista se frustra. A medida que avanza en el cumplimiento de su vocación su habilidad se desarrollará más y podrá ser más libre a la hora de explayar su creatividad, pero esa libertad estará sustentada por la evolución y no por la eliminación de las reglas que le impone su propia técnica, incluso si decide en determinado momento cambiar radicalmente su técnica de trabajo, la nueva técnica no será un comienzo desde cero sino un salto evolutivo de su técnica anterior. Exteriormente podrá no manifestarse pero interiormente seguirá haciendo parte de la base, del sustento esencial. El corazón de toda libertad, de toda creatividad, es una «regla».


Todo artista y todo contemplativo vivirá siempre la misma tensión interior que vivió Foucauld: por un lado la nostalgia por una técnica, por una «regla» perfecta que se acomode plenamente a las tendencias de su creatividad, y por otro el llamado hacia la espontaneidad absoluta, vivir al día, dejarse llevar por los acontecimientos. Pero será artista o contemplativo sólo en la medida en que logre «negarse a sí mismo» para que más allá de su perfección técnica o su fidelidad religiosa se realice en su SER ese ingrediente que podríamos llamar de «divinidad» y que es el único que le permitirá resolver su tensión interior no en el sentido de un acomodo, de una claudicación o una renuncia a la búsqueda, sino como una forma de «transfiguración», de comunión con la plenitud, con el todo. En últimas, el artista y el contemplativo, a pesar de ser los dos tipos humanos que más empeñados están en construirse a sí mismos, en expresarse a sí mismos, no se «hacen», se «dejan hacer». La fidelidad a sus reglas es la que les permite que sea su identidad divina la protagonista de su Ser y de su acción, más allá de todos sus talentos y limitaciones humanas. Buscan y necesitan expresar en sí mismos algo mayor que sí mismos. Tienden hacia el rigor y la perfección no para instalarse en ellos, para ser figuras decorativas, sino para ir más allá, para hundirse y perderse en la «regla» inalcanzable humanamente de lo absoluto: «Nuestras instalaciones se derrumban antes de estar terminadas, todo nos arrastra a las cosas eternas».


En eso estamos quienes en la búsqueda de la experiencia de Dios nos sentimos llamados, en esta nueva época, por la espiritualidad de Carlos de Foucauld: tenemos que escoger entre ser los primeros en vivir esa espiritualidad de una forma novedosa y adecuada a nuestra realidad, o resignarnos a no echar raíces en el clima contemporáneo. Esa forma novedosa tiene que ver para nosotros, Fraternidad Monástica del Sagrado Corazón, con el establecimiento de un nuevo equilibrio entre el monasterio y la «fraternidad». Sin perder la «fraternidad» tenemos que volver a dibujar nuestra identidad monástica que en el transcurso de la anterior época tendimos a ignorar. La insistencia, teórica y práctica, de Carlos de Foucauld, en su identidad monástica, que vivió dentro de las coordenadas de su época, es la misma insistencia que lo monástico hace hoy desde el interior de los hombres y las mujeres de esta época. Pienso que lo que Carlos de Foucauld afirmaba era lo mismo que dice Panikkar en un lenguaje de nuestra época, que lo monacal, es decir, el arquetipo del cual el monje es una expresión, corresponde a una dimensión de lo humano, de modo que todo ser humano tiene potencialmente la posibilidad de realizar esa dimensión. Lo monacal es una dimensión que tiene que ser integrada a otras dimensiones de la vida humana para conseguir lo humano… No todo el mundo puede o debe entrar en un monasterio, pero todo el mundo tiene una dimensión monástica que debería ser cultivada. Lo monacal es un constituyente, una parte, una dimensión del ser humano… Cada ser humano tiene una dimensión monástica y cada uno debe realizarla de forma distinta. Pero además de afirmar eso, afirmó también la otra gran intuición espiritual de esta época: Nazaret. Y lo hizo no sólo como un hombre de su época sino también como un hombre de nuestra época, porque sin renunciar nunca al rigor de su «regla» siempre se atrevió a «vivir al día», obedeciendo con entera libertad el llamado de los acontecimientos cotidianos. Imposible no recordar aquí esta descripción-presentación que de él hace su director espiritual, el P. Huvelín: «Nada de raro ni de extraordinario encontrará usted en el padre De Foucauld, sino una fuerza irresistible que empuja, un instrumento duro para una ruda tarea ... firmeza, deseo de ir hasta el final en el amor y en la entrega, de sacar todas las consecuencias, nunca desánimo, nunca ... todas las objeciones que se le ocurran, ¡cuántas veces se me han ocurrido¡ Sólo me he rendido ante la experiencia, y tras largas pruebas ... ¡Déjele ir y vea!»


Evidentemente, es eso lo que estamos hoy llamados a hacer: ¡dejarnos ir a nosotros mismos y ver de lo que somos capaces! La tarea actual es dura y para ella son necesarios instrumentos duros, firmes, capaces de ir hasta el final en el amor y en la entrega, capaces de sacar todas las consecuencias sin desanimarse nunca, nunca. Pero la fuerza irresistible que nos puede empujar no es un voluntarismo, ni siquiera una sabiduría humana, sólo nos la puede dar nuestra identidad monástica. Nos corresponde habitar una época extrema en la cual todos nuestros posibles «haceres» están enfermos

1.27.2009

"Consecuencias" del Monje


… al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge una institución. Pero la verdad sigue soplando por las alturas y al final acaba por destruirla.

Henry David Thoreau


Desde el punto de vista de sus consecuencias, un monje es un ser humano capaz de hacer cesar su propio viento para obedecer al ventisquero que se forma después, obedeciendo hasta el extremo de llegar a ser institución, pero sin dejar de ser también, en las alturas, ese viento que sigue soplando y al final acaba por destruirla. Para ser monje se necesita ineludiblemente una institución, y mientras más fuerte mejor, pero dentro de ella, siendo fiel a ella, es un ser humano radicalmente des-institucionalizado que vive-anticipando una libertad absoluta en el sentido del memorial eucarístico, porque cuando cesa la verdad surge una institución. Como lo expresa Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia: «La Eucaristía hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, la «manifestación memorial» (memorialis demonstratio), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo.» Ser manifestación memorial es la única forma de «demostrar», actualizándolo en el tiempo, el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo. La Eucaristía no es institución, es memorial.


Por eso si en el presente siglo los hombres y mujeres que sean memorial no toman el volante, la humanidad definitivamente se irá al despeñadero. Obvio. A estas alturas y simas de la aventura humana el poder tiene que estar en manos de quienes sean capaces de ser al mismo tiempo institución y viento porque sólo ellos pueden impedir que cese la verdad. La verdadera y por lo tanto la única política humana tiene que ser forzosamente Eucarística, memorial. Política en el sentido de esta definición que da el diccionario: «Hábil para tratar a la gente o dirigir un asunto: hay que ser muy político para llevar a cabo este proyecto sin ofender a ninguno de los afectados.» Y hoy por hoy, la institución más hábil para tratar a la gente y dirigir sus asuntos sin ofender a ninguno de los afectados, es, sin duda, la institución monástica. En términos de Vida no podemos añadir ni multiplicar nada, por ahí lo único que logramos es exacerbar nuestros tumores; de lo que se trata es de actualizar en nuestro tiempo y circunstancias la plenitud que ya somos y que no podemos dejar de ser de ninguna manera: El hombre sabio, entonces, cuando ha de gobernar, sabe cómo no hacer nada. Al dejar las cosas estar, descansa en su naturaleza original. Aquel que gobierne respetará al gobernado ni más ni menos que en la medida en que se respete a sí mismo. Si ama su propia persona lo suficiente como para dejarla descansar en su verdad original, gobernará a los demás sin hacerles daño. Dejadlo que evite que los profundos impulsos de sus entrañas entren en acción. Dejadlo estar tranquilo, sin mirar, sin oír. Dejadlo estar sentado como un cadáver, con el poder del dragón vivo en torno de sí. En completo silencio, su voz será como el trueno. Sus movimientos serán invisibles, como los de un espíritu, pero los poderes del Cielo irán con ellos. Inalterado, sin hacer nada, verá todas las cosas madurar a su alrededor. ¿De dónde sacará tiempo para gobernar? (Thomas Merton comentando/parafraseando al filósofo chino Chuang Tzu)


Y continúa Thoreau:


Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. ¡Si un hombre se cae por la ventana de niño y se queda inválido o si se vuelve loco por temor a los indios, todos lo lamentan principalmente porque eso le incapacita para... trabajar! Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar.


El monje toma notas en el campo no para calcular sus ganancias sino para investigar la forma de parar su incesante trabajar. Sin embargo, hay que resaltarlo: está en el campo y toma notas en un simple cuaderno para escribir ideas. En medio del resoplido de la locomotora irrumpe con su domingo. Es el anuncio que en él o ella se hace memorial. Su tarea es hacer que en sí mismo la humanidad descanse por una vez. Es siempre un ser humano que se calló por la ventana de niño y quedó inválido o se volvió loco, alguien incapacitado para… trabajar. No puede ser cómplice del crimen y por eso no le queda otra que la poesía, sin olvidar, claro, que «un poeta es la cosa menos poética del mundo.» (Keats)


Violentando cajas fuertes


Como garantía contra los ladrones que roban bolsos,

desvalijan equipajes y revientan cajas fuertes,

uno debe asegurar todas las propiedades

con cuerdas, cerrarlas con candados,

acerrojarlas con cerrojos.

Esto (para los propietarios)

es del más elemental sentido común.

Pero cuando aparece un ladrón fuerte, se lleva todo,

se lo echa a la espalda y sigue su camino,

con un solo temor:

que cedan las cuerdas, candados y cerrojos.

Así, lo que el mundo llama buen negocio

noes más que una forma de amasar un botín,

empaquetarlo y asegurarlo,

formando una carga cómoda

para los ladrones más audaces.

¿Quién hay, entre los llamados inteligentes,

que no desperdicie su tiempo amasando

un botín para un ladrón mayor que él?


***


En la tierra de Khi, de pueblo a pueblo,

se podía oír el canto de los gallos, el ladrido de los perros.

Los pescadores lanzaban sus redes,

los campesinos araban los anchos campos,

todo estaba pulcramente señalado con líneas de demarcación.

En quinientas millas cuadradas

había templos para los antepasados,

altares para los dioses de los campos y espíritus del grano.

Cada cantón, condado y distrito

era gobernado con arreglo a las leyes y estatutos...

Hasta que una mañana el fiscal general, Tien Khang Tzu,

liquidó al rey y se apoderó de todo el Estado.

¿Quedó acaso conforme con robar la tierra?

No, se apoderó también de las leyes y de los estatutos,

y con ellos de todos los abogados,

por no mencionar a la policía.

Todos formaban parte del mismo paquete.


Por supuesto, la gente llamaba ladrón a Khan Tzu,

pero lo dejaban tranquilo

viviendo tan feliz como los Patriarcas.

Ningún pequeño Estado levantaba la voz contra él,

ningún gran Estado hizo el más mínimo movimiento en su contra.

Así que durante doce generaciones el estado de Khi

perteneció a su familia.

Nadie interfirió sus derechos inalienables.


***


El invento

de los pesos y medidas

hace más fácil el robo.

La firma de contratos, la implantación de sellos,

hacen más seguro el robo.

Enseñar amor y obligaciones

suministra un lenguaje adecuado

con el cual demostrar que el robo

es en realidad para el bien de todos.

Un hombre pobre ha de ser ahorcado,

por robar una hebilla de cinturón,

pero si un hombre rico roba todo un Estado

es aclamado como el estadista del año.


De modo que,

si queréis escuchar los mejores discursos

sobre el amor, el deber, la justicia, etc.,

escuchad a los hombres de Estado.

Pero cuando el arroyo se seca,

nada crece en el valle.

Cuando el montículo se aplana,

el hueco junto a él se llena.

Y cuando los hombres de Estado y los abogados

y los predicadores del deber desaparecen,

no hay tampoco más robos

y el mundo queda en paz.


Moraleja: cuanto más acumules principios éticos

y deberes y obligaciones,

para meter en cintura a todo el mundo,

más botín acumulas para los ladrones como Khang.

Por medio de argumentos éticos y principios morales,

se demuestra finalmente

que los mayores crímenes eran necesarios,

y que de hecho fueron un señalado beneficio

para la humanidad.


(Chuang Tzu, leído, «interpretado», por Thomas Merton)


El monje demuestra, hace memorial con su ser de lo verdaderamente necesario. Es eficaz y no hace daño porque ama su propia persona lo suficiente como para dejarla descansar en su verdad original, evitando que los profundos (y artificiales) impulsos de sus entrañas entren en acción. Gobierna, es decir, trata a la gente, dirige los asuntos, lleva a cabo los proyectos, sin ofender a ninguno de los afectados, viendo todas las cosas madurar a su alrededor.

Identidad Monástica


Si hubiera que darle un nombre a lo monástico entendido como un ingrediente o un matiz de la identidad humana, yo lo llamaría ritmo. El monje, que todo ser humano ES, aspira a que su vida tenga el ritmo de Dios. La Verdad hecha carne no puede ser otra cosa que ritmo.


El Diccionario de la Lengua Española da cuatro definiciones de ritmo:


1. Orden al que se sujeta la sucesión de los sonidos en la música.

2. Ordenación armoniosa y regular, basada en los acentos y el número de sílabas, que puede establecerse en el lenguaje.

3. Orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas.

4. Velocidad a que se desarrolla algo.


Todo aquello que «no es verdad» no es otra cosa que una distorsión del ritmo. Pero esto no quiere decir que exista un ritmo ideal e inamovible al cual todo lo que suceda deba sujetarse mecánica o moralistamente. Afirmar que Dios es ritmo es sólo una forma de afirmar que Dios es silencio porque la interpretación simultanea de todos los ritmos posibles (es decir, lo que hace Dios: música) va más allá de cualquier posibilidad humana de percepción, nos desborda por completo. Y frente al silencio no nos queda otra que obedecer aquello que se nos revela. Una de las revelaciones del orden al que se sujeta la sucesión de los sonidos de la música divina es Jesús de Nazaret: una ordenación armoniosa y regular, basada en los acentos… que puede establecerse en el lenguaje. Obedecer lo que se nos revela en Jesús de Nazaret es darle a nuestra vida un orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas: imprimirle la velocidad pertinente (verdadera) a nuestro propio desarrollo. La verdad no es una imposición desde afuera, es la revelación de lo que sucede adentro, una manifestación, una epifanía, una interpretación musical de identidad.


«En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: "Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte". El les respondió: "Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

(Lucas 13,31-35)


Ante el avance de la muerte que lo quiere copar, los colmillos del zorro, el monje Jesús de Nazaret afirma su propio ritmo: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. Con su ritmo, que es su manera de hacer vida, lo que defiende es el lugar en que «debe» morir: Jerusalén, precisamente aquel que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. Y debe morir allí para ser eficaz, para que su fracaso humano, su imposibilidad de reunir bajo sus alas a los pollitos, haga que la casa les quede vacía, es decir, desencadene un ritmo que anticipe ese día (que vendrá después pero que ya sucede) en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Quien sabe vivir al ritmo que le permite morir en el lugar en que «debe» morir, aunque experimente la frustración y el vacío cosecha bendiciones. Es lo que nos envía a que vayamos a decirle al zorro, nuestro propio camino hacia Jerusalén. Un anuncio musical.


El monje, mediante su fidelidad al ritmo que le revela Jesús de Nazaret, siendo dócil al orden al que se sujeta la sucesión de los sonidos en la música que se le da, escoge todos los acentos, interpreta todas las posibilidades musicales: hace silencio, es eco de Dios.


El desarrollo inarmónico y desacompasado de lo humano genera ritmos aparentes. Es una manera de afirmar que en realidad niega. «Disparos sobre una idea», como dice Benjamín Constant del ingenio. Efectivamente, el ingenio mata la idea, el problema, la pregunta. Es la costumbre más nefasta que se pueda adquirir. Hay un automatismo del ingenio del que hay que huir como de la peste y del que es necesario curarse si uno llega a contraerlo. El ingenio es una debilidad, sobre todo cuando es premeditado, quiero decir, explotado. (A. Artaud). El ingenio que no está en sintonía con el modo de hacer de Dios no genera música sino ruido, interferencia, es la costumbre más nefasta que se pueda adquirir.


Ese automatismo del ingenio que es el sustento dinámico del tumor que hoy se llama «civilización» es la enfermedad de la que el monje intenta curarse. Sabe que en el orden del espíritu, cualquier producción hecha sin necesidad es un pecado contra el espíritu (A. Artaud), por eso se impone un ritmo dentro del cual todo lo que hace responde exclusivamente a una necesidad espiritual. No cede ante su propia debilidad explotándose a si mismo en el sentido del tumor, se niega a ser cómplice. La única premeditación que acepta es la de la revelación que se le hace. Vive sólo el afán de cada día porque sabe que el resto es añadidura. Es así como su ser genera el vacío que preña la realidad con la espera de la bendición. Así reúne a los hijos de Jerusalén como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos.


El monje opta por ser bendición, es el motivo de su obediencia. Su ser es un vacío disponible dentro del cual Dios vuelve a tejer una sucesión armónica que tiene consecuencias «inesperadas» sobre la realidad. Es así como construye, negándose a matar la idea, el problema, la pregunta. Por eso R. Panikkar puede afirmar que Quizá los nuevos monasterios deberían ser centros donde se estudie y se cultive la verdadera “construcción” del mundo… realizando… un estudio contemplativo o una aproximación profunda a los problemas, de modo que no se consideren como simples cuestiones técnicas o como simples datos informativos, científicos o logísticos. Los dilemas globales de hoy no están sujetos a soluciones inmediatas o técnicas. El silencio del monje no es huida ni claudicación, es un estudio contemplativo, una aproximación profunda a los problemas, una forma de buscar soluciones sin considerar los dilemas globales de hoy como simples cuestiones técnicas o simples datos informativos, científicos o logísticos.


Y continúa Panikkar: aquí me siento impulsado a hacer una propuesta concreta… Va en contra de mi estilo, porque la historia demuestra que las cuestiones de este calibre no pueden ser resueltas organizando comisiones, sino más bien con el esfuerzo y la experiencia de unas pocas almas valientes. Quisiera transmitir la urgencia de construir una comisión o un grupo, o un simposio sobre la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo. Esto podría quizá crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial. El tiempo no puede estar ya más maduro. Más que la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo, habría que decir la formación monástica del mundo contemporáneo.


El esfuerzo y la experiencia de esas pocas almas valientes ya está convocando a ese simposio sobre la formación monástica en (de) nuestro mundo contemporáneo. La madurez del tiempo así lo impone. Se nos ha encomendado la responsabilidad de crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial, somos los anfitriones.


… en estos principios entiendo está todo el bien para lo de adelante; porque como hallan el camino, por él se van las de después.

Santa Teresa de Jesús


Desde un punto de vista objetivo, vivimos un tiempo y unas circunstancias en las que apenas si alcanzaremos a ocuparnos de (nuevamente) principiar. No somos gente que vaya a ver lo de adelante. El camino que seamos capaces de construir sólo lo notarán quienes vengan después. Es lo que una lectura mesurada y objetiva de los datos que se nos imponen nos dice que debemos esperar. Sin embargo, hacer camino, así sea uno que por ahora tenga mucho de invisible, implica tomar opciones concretas cada día, y en tiempos tan confusos es imposible predecir qué desarrollo y qué resonancia inmediata pueden tener esas opciones. Por ahí puede resultar que somos una generación destinada, en contra de todas sus evidencias, a ver el florecimiento de lo inesperado. Es objetivo, irónicamente objetivo, permanecer abiertos también a esa posibilidad.


Éste es el pentagrama sobre el cual La Fraternidad Monástica del Sagrado Corazón tiene que ir colgando las notas de su propio aporte, en comunión con el gran desplazamiento espiritual que vive la humanidad y siendo fieles a las opciones que definen su identidad y vocación particular y que le permitirán principiar como estamos llamados a hacerlo. Tenemos que ir generando una familia espiritual muy amplia, capaz de darle abrigo y alimento a una gran diversidad, pero capaz también de realizar fielmente todos los desplazamientos que ese principio -que no nos inventamos nosotros sino que nos es dado- nos señale como necesarios e innegociables. En la práctica significa ser blandos y rígidos al mismo tiempo.


Lo que se nos ha dado y de lo cual somos responsables, es una semilla. Nadie ha visto todavía cuál será la forma que tendrá esa planta, por eso, después de haber sembrado nos toca estar muy atentos a todo lo que brote del terreno porque no sabemos cuáles son los cuidados necesarios para llegar hasta el fruto. A medida que crece tenemos que ir aprendiendo con ella, pero anticipándonos el mínimo suficiente y tomando previsiones para que los cambios inevitables del clima no la aplasten antes de que tenga un tamaño y una fuerza interna que le permitan defenderse sola. Quizá sea un tipo de planta que germina fácilmente pero de la cual sólo están llamados a sobrevivir los brotes más fuertes, o puede ser lo contrario, un tipo de cultivo destinado a producir rápido e intensivamente. No podemos instalarnos en nuestros propios gustos y expectativas porque nos haríamos muy lentos para acoger las sorpresas y novedades que nos salgan al paso, pero tampoco podemos olvidar que es en nuestro Ser más profundo donde reside la respuesta que Dios espera de nosotros. No nos va a exigir lo que no somos, pero tampoco estamos seguros de saber lo que realmente somos.


Sin embargo, tal parece que sólo después de pasar (minuciosamente) por la muerte somos capaces de entender que la única salida es caminar juntos. Es lo que la historia nos señala. Sea como sea las cosas deben hacerse a «nuestra» manera. Todo medio para conseguir ese fin está justificado. Al otro lado piensan lo mismo y usan los mismos medios justificándolos con sus propios argumentos. Conclusión: uno de los dos debe morir. Pero como ninguno de los dos muere, el sufrimiento, la destrucción y la muerte se extienden a su antojo. No hay sino una manera eficaz de hacer opción por los pobres: haciendo opción por eso más grande que es lo único capaz de disolver la limitación humana: la misericordia. Eficacia en los términos más concretos socioeconómicos y políticos. Para que los pobres mejoren lo que ponen en su plato cada día lo que hace falta no es ser más luchadores sino más «grandes». Es el camino de Jesús de Nazaret. O todo y todos avanzamos, o nada y ninguno avanza. Es el gran dilema que, también como monjes, nos corresponde enfrentar hoy.


¿En qué consiste ser «grande»? En no distraerse. El problema son las distracciones. Si cada ser humano permaneciera en «su» lugar, si no cediera a la tentación de ocupar otros lugares que no le corresponden, reinarían el orden y la armonía. Cesaría la muerte. Nuestro paso obligado por la muerte es el camino hacia la toma de posesión de nuestro lugar. Cada uno de nosotros va a morir todas las veces que le hagan falta hasta cumplir ese objetivo. En eso consiste vivir. Lo único que existe es la vida, la muerte no es más que un síntoma de desorden.


Cuando Jesús decide callarse y no toma el camino de la lucha, de la resistencia, lo que hace es permanecer en su lugar. Las consecuencias que los otros le obligan a cargar por ello, la cruz, son el resultado de su ignorancia: no saben lo que hacen. El que se deja manipular por la ignorancia de los demás, se distrae, parece que reacciona, que lucha, podría tener argumentos para defenderse, pero en realidad lo que hace es ceder al desorden, permitir que la muerte suceda y le suceda.


La medida de la fidelidad al propio lugar, es decir, la medida de la propia grandeza (de la propia santidad) es la que determina nuestra capacidad real de construir, de hacer vida. Ser «grandes» (ser santos) en un mundo habitado por seres que en su mayoría no saben lo que hacen, implica ser capaces de cargar con las consecuencias de un desencuentro permanente: cargar con la cruz. No es un asunto de coraje, es un asunto de lucidez espiritual, de fidelidad al propio lugar. Es así como vivimos nuestra ciudadanía espiritual en Jerusalén.


Estamos en un mundo que es menester pensar lo que pueden pensar de nosotros para que hagan efecto nuestras palabras.

Teresa de Jesús


¡Ay Teresa, qué cosas dices! Entonces hay que lograr que lo que puedan pensar de nosotros sea lo «necesario», según la situación y los interlocutores, para que hagan efecto nuestras palabras. He ahí la necesidad de que nuestro lenguaje espiritual tenga los acentos necesarios para que lo que anunciamos haga efecto. Quien convence es el Ser, y un Ser es una determinada acentuación. En el imperio de los disfraces, de las manipulaciones mediáticas, no nos queda otra que ser capaces de pasar, con nuestro ser, por encima de los ropajes del otro, para establecer comunicación con su ser, porque sólo a ese nivel se puede dar un verdadero diálogo.


Eso quiere decir que se puede dar perfectamente el caso de estar comunicándonos muy profundamente con otro que cree o piensa que no se está comunicando con nosotros, o incluso que somos sus enemigos. No sabemos en quién nuestras palabras harán efecto realmente, es decir, no serán sólo intercambio de ropajes, de apariencias, sino sacramento, comunión. Y muchos de quienes creen o piensan estarse comunicando porque usan entre ellos muchas palabras, pueden estar en realidad a años luz de encontrarse. Nunca se sabe con quien uno se está realmente comunicando porque las resonancias y sintonías que surgen entre los diferentes acentos, entre los diferentes seres, se nos escapan.


Por eso, cuando lo interpelan diciéndole: -Oye, tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablar contigo, Él contestó: ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que pone por obra el designio de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y hermana y madre (Mat. 12, 47-50). Es una corrección espiritual de formas. Hacer la voluntad de Dios es lo que nos permite la manifestación real de nuestro ser. Por eso sólo quienes hacen la voluntad de Dios son dueños de su ser y pueden establecer comunicación, aunque en el plano de las apariencias humanas no den señales de estarse comunicando. Es a ese nivel que se desarrollan nuestros verdaderos parentescos, que hacemos parte de una «familia». Por eso, a pesar de que en esa circunstancia concreta pareciera que la comunicación entre Jesús y su madre se cuestionara, incluso que se rompiera, nadie como ellos estaban en una más plena comunicación en el sentido de que ponían por obra, fielmente, el designio del Padre sobre cada uno. Son técnicas monásticas, contemplativas, de comunicación, que como anfitriones de ese simposio tenemos que saber utilizar.


¡Vamos a morir a Jerusalén!

10.09.2008

Para Ana

La cita está en el libro de las Fundaciones, Cap. 8

7.23.2007

Viajeros...


«Los viajes son los viajeros.

Lo que vemos no es lo que vemos,

Sino lo que somos»




En una pared del centro de Cochabamba alguien escribió este graffiti: «La confusión es clarísima, tenemos que solucionar la crisis». En sintonía con este graffiti y respondiendo al tema de nuestro encuentro: «Ser contemplativo hoy en la realidad de Bolivia», Carlos de Foucauld hubiera podido escribir en una pared vecina su propia versión contemplativa: Es la gracia de Jesús la que lo hace todo, pero, aunque hay que contar con ella, hace falta también encontrar los medios que nos parezcan adecuados.


En este primer párrafo está dicho todo, pero para que los científicos no se sientan ofendidos démosle también la oportunidad de hablar:


«En la última década, ha aparecido un “movimiento” intelectual y académico denominado “transdisciplinariedad”, el cual desea ir “más allá” (trans), no sólo de la unidisciplinariedad, sino también, de la multidisciplinariedad y de la interdisciplinariedad. Aunque la idea central de este movimiento no es nueva, su intención es superar la parcelación y fragmentación del conocimiento que reflejan las disciplinarias particulares y su consiguiente hiperespecialización, y, debido a esto, su incapacidad para comprender las complejas realidades del mundo actual, las cuales se distinguen, precisamente, por la multiplicidad de los nexos, de las relaciones y de las interconexiones que las constituyen.


Las realidades del mundo actual se han ido volviendo cada vez más complejas. A lo largo de la segunda parte del siglo XX y, especialmente, en las últimas décadas, las interrelaciones y las interconexiones de los constituyentes biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales y ecológicos, tanto a nivel de las naciones como a nivel mundial, se han incrementado de tal manera, que la investigación científica clásica y tradicional se ha vuelto corta, limitada e insuficiente para abordar estas nuevas realidades. Han revelado su insuficiencia, sobre todo, los enfoques unidisciplinarios o monodisciplinarios, es decir, aquellos que, con una visión reduccionista, convierten todo lo nuevo, diferente y complejo, en algo más simple y corriente, quitándole su novedad y diferencia y convirtiendo el futuro en pasado. De esta manera, se cierra el camino a un progreso originario y creativo, y se estabiliza a la generación joven en un estancamiento mental.


En las últimas décadas, en efecto, un limitado número de académicos ha enfrentado este problema, en las universidades más progresistas del planeta, iniciando, primero, unos estudios multidisciplinarios, luego, estudios interdisciplinarios y, finalmente, estudios transdisciplinarios o metadisciplinarios; es decir, estudios que ponen el énfasis, respectivamente, en la confluencia de saberes, en su interacción e integración recíprocas, o en su transformación y superación.


El acometer esta tarea no es cosa fácil. Tiene dificultades de muy diversa naturaleza. La primera y más importante de todas es la referida al lenguaje. Las realidades nuevas no pueden ser designadas o nombradas con términos viejos, pues, al hacerlo, se pierde la comprensión y la comunicación de su novedad y, sencillamente, ¡no nos entendemos! Esto es lo que le pasó a los físicos, a principios del siglo XX, al descubrir toda la dinámica de la mecánica cuántica, irreducible a los términos de la física newtoniana anterior. Necesitamos acuñar términos nuevos, o redefinir los ya existentes, generar nuevas metáforas que revelen las nuevas interrelaciones y perspectivas, para poder abordar estas realidades que desafían nuestra mente inquisitiva. Y no sólo los términos para designar partes, elementos, aspectos o constituyentes, sino, y sobre todo, la metodología para enfrentar ese mundo nuevo y la epistemología en que ésta se apoya y le da significado, lo cual equivale a sentar las bases de un nuevo paradigma científico.» [Miguel Martínez Mígueles. Transdisciplinariedad: un enfoque para la complejidad del mundo actual]


¡Quién creyera entonces lo cerca que estamos hoy los contemplativos de los científicos! Aprovechando ese parentesco y aceptando la invitación a abrirnos a nuevos lenguajes y metáforas podríamos afirmar que la espiritualidad de Carlos de Foucauld aspira a ser hoy una espiritualidad transdisciplinaria.


Carlos de Foucauld es un hombre complejo. Pretender negar o atenuar la complejidad de su espiritualidad con la intención de afirmar una supuesta sencillez evangélica es, como lo diría nuestro primo científico: convertir todo lo nuevo, diferente y complejo, en algo más simple y corriente, quitándole su novedad y diferencia y convirtiendo el futuro en pasado. De esta manera, se cierra el camino a un progreso originario y creativo, y se estabiliza a la generación joven en un estancamiento mental. La eficacia del método evangelizador de Carlos de Foucauld, Nazaret, el «apostolado de la bondad», se afirma no en un esfuerzo de rigor moralista sino en una lucidez humana que casi nunca se explicita con la suficiente fuerza: Los indígenas nos reciben bien. Pero esto no es sincero: ceden ante la necesidad. ¿Cuánto tiempo necesitan para que sean reales los sentimientos que simulan? Quizá no los tengan jamás.


Este hecho, este no hacerse ilusiones con respecto a los “buenos sentimientos” que pudieran despertar en los otros todo su esfuerzo de bondad, no le impide establecer con ellos un tipo de comunicación descrita muy bien por su amigo el general Laperrine que se irritaba con quienes lo criticaban por no «evangelizar»: ¿Y sus conversaciones? ¿Y su ropa? Cuando alguien se presenta ante la puerta de la ermita, fray Carlos aparece, con la mirada llena de serenidad y la mano tendida, envuelto en una túnica blanca, en la cual hay cosido un corazón rojo coronado por una cruz. Esa imagen del Sagrado Corazón proclama la fe de ese hombre blanco, y toda su vida pone de manifiesto el Evangelio. Los indígenas no se equivocan. Volviendo a nuestro parentesco con ese limitado número de académicos que está enfrentado este problema de la complejidad en las universidades más progresistas del planeta, podríamos entender en la afirmación del general Laperrine que la espiritualidad de Carlos de Foucauld no sólo tiene términos para designar partes, elementos, aspectos o constituyentes, sino, y sobre todo, es una metodología para enfrentar ese mundo nuevo… lo cual equivale a sentar las bases de un nuevo modelo de espiritualidad.


Partiendo de aquí podríamos afirmar que el énfasis de la manera novedosa que tiene Carlos de Foucauld de evangelizar, su eficacia espiritual (que a nosotros nos gusta llamar «eficacia eucarística»), no está en ser muy riguroso en la explicitación y observancia de determinado código moral, o muy «religioso» en cuanto a actos de piedad o devoción, sino en saberse colocar de tal manera que los otros no se equivoquen. Ésa es su manera de comunicar la Buena Nueva, que en términos cristianos llamamos evangelización. Ésa es también, volviendo a nuestro graffiti inicial, su forma de aportar para solucionar la crisis… aunque quizá nunca logre despertar en los demás unos bonitos sentimientos que le permitan alimentar la ilusión de que no ceden ante él por pura necesidad.


¿De qué sirve una evangelización triunfalista realizada en base a grandes obras sociales o a la multiplicación de sacramentos si al final lo que logramos con todo ese alboroto es que los indígenas se equivoquen…?


Si nos ceñimos a la objetividad del lenguaje es evidente que la confusión es precisamente lo contrario a la claridad. Sin embargo, en la perspectiva de generar nuevas metáforas que revelen nuevas interrelaciones y perspectivas, nuestro graffiti puede afirmar sin ningún pudor que en la Bolivia del año 2007 la confusión es clarísima. No es una afirmación novedosa, es lo mismo que se ha venido repitiendo durante los últimos años refiriéndose, con sus propios condimentos locales, no sólo a la realidad boliviana sino mundial: es la humanidad entera la que atraviesa una confusión clarísima.


En ese contexto, de lo que se trata, para nosotros contemplativos, es de sabernos colocar en esa realidad de tal manera que quienes toquen a nuestra puerta puedan escuchar aquello que estamos llamados (y obligados) a comunicar, es decir, no se equivoquen, y para ello tenemos que encontrar los medios que sean realmente adecuados. ¿Qué es lo que estamos llamados y obligados a comunicar? Pues que Es la gracia de Jesús la que lo hace todo. Como lo esperaba Carlos de Foucauld de sus posibles compañeros de aventura: …Viéndolos se debe ver en qué consiste la vida cristiana, qué es la religión cristiana, qué es el Evangelio, quién es Jesús… deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, deben, sin libros ni palabras, conocer el Evangelio por su manera de vivir. Estamos llamadas y llamados a mostrarnos, a revelarnos a nosotros mismos. Ésa es nuestra manera eficaz de enfrentar la crisis. Y no son nuestras palabras ni nuestros libros los que nos revelan, es nuestra manera de vivir.


Sin embargo, quien hoy se atreve a vivir con la puerta abierta se halla frente a una realidad que cada día que pasa se hace más compleja, constituida por múltiples relaciones, interconexiones y nexos. Como se afirmaba más arriba: Las realidades del mundo actual se han ido volviendo cada vez más complejas. A lo largo de la segunda parte del siglo XX y, especialmente, en las últimas décadas, las interrelaciones y las interconexiones de los constituyentes biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales y ecológicos, tanto a nivel de las naciones como a nivel mundial, se han incrementado de tal manera, que la investigación científica clásica y tradicional se ha vuelto corta, limitada e insuficiente para abordar estas nuevas realidades. Exactamente lo mismo podríamos afirmar en términos religiosos: nuestra espiritualidad clásica y tradicional se ha vuelto corta, limitada e insuficiente para abordar estas nuevas realidades.


¿Cómo hallar una manera de vivir que nos permita ser una revelación viva de la manera como HOY la gracia de Jesús lo hace todo? ¿Cómo desarrollar un lenguaje que de cuenta de la novedad compleja del Evangelio en el centro mismo de una realidad que nos desborda y que se multiplica en todas las direcciones posibles con una rapidez cancerosa?


Esa respuesta no nos la puede dar una palabra, un libro, una doctrina. Sólo una persona que haya sido capaz de hacer de sí mismo la revelación más plena posible de la divinidad en el centro mismo de lo humano podría comunicarnos esa experiencia. Esa persona es para nosotros Jesús de Nazaret, quien a pesar de contar a su favor con el hecho y la gracia de ser Hijo de Dios, tuvo también que encontrar, con sus propios recursos humanos, los medios que le parecieron adecuados. Invitándonos a ese itinerario espiritual, Carlos de Foucauld nos sugiere: Expulsar lejos de nosotros el espíritu militante… leyendo y releyendo sin cesar el Santo Evangelio para tener siempre delante de nosotros el espíritu, los actos, las palabras, los pensamientos de Jesús, para pensar, hablar y actuar como Jesús. Y con su realismo habitual también nos recuerda que: Esto tendrá inconvenientes, pero es mejor obedecer a Dios antes que a los hombres.


La pregunta, en palabras de Carlos de Foucauld, sería ¿cómo pensar, hablar y actuar como Jesús de Nazaret lo haría para vivir el anuncio de la Buena Nueva en medio de la complejidad de la Bolivia de hoy?


Pienso no ser exagerado al afirmar que Bolivia, corazón de América Latina, es un lugar privilegiado para realizar la búsqueda (la investigación) de una manera radicalmente novedosa de vivir. Aquí, desde el punto de vista humano y espiritual, contamos gratuitamente con informaciones que en muchos lugares el mundo ya han sido casi abolidas de la memoria de los seres humanos. Frente a la aparente pobreza de Bolivia y la aparente riqueza el mundo ultra tecnificado, habría que recordar lo que dice el escritor Manuel Vásquez Montalbán:


Inútil escrutar tan alto cielo;

inútil cosmonauta el que no sabe el nombre de las cosas que le ignoran,

el color del dolor que le mata;

inútil cosmonauta el que contempla estrellas para no ver las ratas.


El problema es que desde hace un buen tiempo ya nuestra comprensión de lo que es «radical» y lo que es «novedad» se viene revelando como vieja, caduca, insuficiente. Se habla por ejemplo de cosas como una nueva evangelización pero en realidad lo que se hace es regresar a metodologías que afirman lo más viejo de la vieja evangelización. Se quiere volver a preñar de significado ciertas palabras pero convirtiendo todo lo nuevo, diferente y complejo, en algo más simple y corriente, quitándole su novedad y diferencia y convirtiendo el futuro en pasado.


Gabriel García Márquez pronunció este discurso el 8 de marzo de 1999, en la sesión inaugural del foro América Latina y el Caribe frente al Nuevo Milenio, llevado a cabo en París:


Ilusiones para el Siglo XXI


«El escritor italiano Giovanni Papini enfureció a nuestros abuelos en los años cuarenta con una frase envenenada: "América está hecha con los desperdicios de Europa". Hoy no sólo tenemos razones para sospechar que es cierto, sino algo más triste: que la culpa es nuestra.


Simón Bolívar lo había previsto, y quiso crearnos la conciencia de una identidad propia en una línea genial de su Carta de Jamaica: "Somos un pequeño género humano". Soñaba, y así lo dijo, con que fuéramos la patria más grande, más poderosa y unida de la tierra. Al final de sus días, mortificado por una deuda de los ingleses que todavía no acabamos de pagar, y atormentado por los franceses que trataban de venderle los últimos trastos de su revolución, les suplicó exasperado: "Déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media".


Terminamos por ser un laboratorio de ilusiones fallidas. Nuestra virtud mayor es la creatividad, y sin embargo no hemos hecho mucho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas, herederos de un Cristóbal Colón desventurado que nos encontró por casualidad cuando andaba buscando las Indias.


(…)


A ustedes, soñadores… les corresponde la tarea histórica de componer estos entuertos descomunales. Recuerden que las cosas de este mundo, desde los transplantes de corazón hasta los cuartetos de Beethoven estuvieron en la mente de sus creadores antes de estar en la realidad. No esperen nada de siglo XXI, que es el siglo XXI el que los espera todo de ustedes. Un siglo que no viene hecho de fábrica sino listo para ser forjado por ustedes a nuestra imagen y semejanza, y que sólo será tan glorioso y nuestro como ustedes sean capaces de imaginarlo.»


Siguiendo el hilo de este discurso, y haciéndolo sonar en el centro mismo de la actual complejidad de la realidad boliviana, podríamos afirmar con Carlos de Foucauld que: Si no somos capaces de que estos pueblos se unan a nosotros, nos rechazarán. Desde luego, nosotros no venimos de afuera, no somos extranjeros, estos pueblos somos nosotros mismos que estamos llamados a ser capaces de unirnos a nosotros mismos, a nuestra propia y rica complejidad, para dejar de rechazarnos, porque Hoy tenemos razones para sospechar que la culpa de ese rechazo es en gran parte nuestra. No es otro el objetivo que hasta ahora ha tenido, y que por siempre tendrá, el proceso de Formación y Vida de la Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld: Liberar nuestra virtud mayor, la creatividad. La gracia de Jesús que lo hace todo no es otra que nuestra propia gracia de Hijas e Hijos de Dios.


Evo Morales, en su discurso de posesión como presidente, recordaba:


“Quiero decirles, para que sepa la prensa internacional, a los primeros aymaras, quechuas que aprendieron a leer y escribir, les sacaron los ojos, cortaron las manos para que nunca más aprendan a leer, escribir. Hemos sido sometidos, ahora estamos buscando cómo resolver ese problema histórico, no con venganzas, no somos rencorosos.


Estamos acá para decir, basta a la resistencia. De la resistencia de 500 años a la toma del poder para 500 años, indígenas, obreros, todos los sectores para acabar con esa injusticia, para acabar con esa desigualdad, para acabar sobre todo con la discriminación, opresión donde hemos sido sometidos como aymaras, quechuas, guaraníes.”


Como contemplativas y contemplativos podemos asumir plenamente la afirmación de que Estamos acá para decir, basta a la resistencia. El contemplativo es precisamente alguien que en comunión con el gesto eucarístico de Jesús de Nazaret, hace el tránsito de la resistencia al poder. Pero no es un tránsito inocente, políticamente neutro, es un tránsito que se hace desde aquellos a quienes les sacaron los ojos, cortaron las manos para que nunca más aprendan a leer, escribir. Es dentro de esa dinámica, que no es otra que la de la misericordia, que Carlos de Foucauld, aún sabiendo que esto tendrá inconvenientes, busca los lugares perfectos para la toma de contacto, para establecerse en pleno centro de los campamentos. Es así como se explica la eficacia eucarística de su metodología de evangelización: Expulsar lejos de nosotros el espíritu militante… leyendo y releyendo sin cesar el Santo Evangelio para tener siempre delante de nosotros el espíritu, los actos, las palabras, los pensamientos de Jesús, para pensar, hablar y actuar como Jesús.


En el Discurso al Primer Congreso Constituyente de Bolivia, el 25 de mayo de 1826, Simón Bolívar exclamaba:


« ¡Legisladores! Vuestro deber os llama a resistir el choque de dos monstruosos enemigos que recíprocamente se combaten, y ambos os atacarán a la vez: la tiranía y la anarquía forman un inmenso océano de opresión, que rodea a una pequeña isla de libertad, embestida perpetuamente por la violencia de las olas y de los huracanes, que la arrastran sin cesar a sumergirla. Mirad el mar que vais a surcar con una frágil barca, cuyo piloto es tan inexperto.»


La validez y actualidad de sus palabras, dirigidas hoy, 181 años después a la Asamblea Constituyente de Sucre, es evidente. Los dos mismos monstruos desatados: la tiranía y la anarquía, continúan atacándonos a la vez. Seguimos intentando surcar el mar en una frágil barca, y, como se empeñan en remarcar cada día los medios de comunicación: nuestro piloto es inexperto…


Frente a esta realidad que algunos días puede parecer destinada ineludiblemente al caos, caen bien algunas afirmaciones del pensador Edgar Morin:


« ¿Civilizar la Tierra? ¿Pasar de la especie humana a la humanidad? ¿Pero qué esperar del Homo sapiens demens? ¿Cómo ocultar el gigantesco y terrorífico problema de las carencias del ser humano? En todo tiempo, por todas partes, dominación y explotación han predominado sobre la ayuda mutua y la solidaridad; en todo tiempo, por todas partes, el odio y el desprecio han predominado sobre la amistad y la comprensión, por todas partes las religiones de amor y las ideologías de fraternidad han aportado más odio e incomprensión que amor y fraternidad.»


«Debemos superar la repulsión ante lo que no se adecua a nuestras normas y tabúes, y superar la enemistad contra el extranjero, sobre el que proyectamos nuestros temores a lo desconocido y lo extraño. Ello exige un esfuerzo recíproco procedente de ese extranjero, pero hay que comenzar por comenzar...»


«Las únicas resistencias están en las fuerzas de cooperación, comunicación, comprensión, amistad, comunidad, amor, siempre que estén acompañadas por la perspicacia y la inteligencia, cuya ausencia puede, por el contrario, favorecer las fuerzas de la crueldad... Son siempre las más débiles, pero gracias a ellas hay sociedades vivibles, familias amantes, amistades, amores, abnegaciones, caridades, compasiones, entusiasmos y, gracias a ellas, de caos en tumbo, de tumbo en caos, el mundo funciona, caín-sinamente sin verse total y permanentemente sumergido por la barbarie. Estas virtudes comportan en sí mismas crueldad para quien les es exterior, antagonista o simplemente indiferente, pero son ellas las que hacen vivible la vida, no deseable la muerte; son ellas las que, en el nivel de los humanos, mantienen lo que hay de más precioso y que, al mismo tiempo, es lo más mortal y amenazado, y el amor por encima de todo.»


«Estas débiles fuerzas son las que nos permiten creer en la vida, y la vida lo que nos permite creer en estas débiles fuerzas. Sin ellas, sólo habría el horror de la pura coerción, de la destrucción en masa, de la desintegración generalizada. La peor crueldad del mundo y lo mejor de la bondad del mundo están en el hombre.»


«Debemos resistirnos a lo que separa, a lo que desintegra, a lo que aleja, sabiendo que la separación, la desintegración, el alejamiento ganarán la partida. La resistencia es lo que acude en ayuda de esas débiles fuerzas, es lo que defiende lo frágil, lo perecedero, lo hermoso, lo auténtico, el alma. Es lo que puede abrir una brecha en el caparazón de la indiferencia para, de sonrisa en sonrisa, consolar los llantos. Sonreír, reír, bromear, jugar, acariciar, abrazar es también resistir.»


«Resistir, resistir primero a nosotros mismos, nuestra indiferencia y nuestra falta de atención, nuestro cansancio y nuestro desaliento, nuestros malos impulsos y mezquinas obsesiones. Resistir por/para/con amistad, caridad, piedad, compasión, ternura, bondad. La resistencia a la crueldad del mundo debe intentar mantener la unión en la separación, atar lo que es libre dejándolo libre, provocar el arrepentimiento concediendo el perdón.»


«La aventura sigue siendo desconocida. Tal vez la era planetaria se hunda antes de haber podido florecer. Tal vez la agonía de la humanidad sólo produzca muerte y ruinas. Pero lo peor no es seguro todavía, no todo está todavía decidido. Sin que exista por ello certidumbre, ni siquiera probabilidad, hay posibilidad de un porvenir mejor.»


«La tarea es inmensa e incierta. No podemos sustraernos a la desesperanza, ni a la esperanza. La misión y la dimisión son igualmente imposibles. Debemos armarnos de una «ardiente paciencia». Estamos en vísperas, no de la lucha final, sino de la lucha inicial.»


«Proseguir el esfuerzo cósmico desesperado que, en el humano, toma la forma de una resistencia a la crueldad del mundo es lo que yo denominaría esperanza.»


Lo expresado hasta aquí es un buen resumen de lo que hoy en Bolivia estamos llamadas/os a vivir como Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld. Es nuestro aporte contemplativo. Dicho en otras palabras: un contemplativo es alguien que, mediante la experiencia de su propio ser de Hija o Hijo de Dios, HACE la claridad en medio de la confusión y soluciona la crisis. En palabras de Carlos de Foucauld: Veamos las cosas como son, a la gran luz de la fe, que ilumina nuestros pensamientos con una claridad tan luminosa que nos hace ver las cosas con una visión diferente de la de las pobres almas del mundo. La costumbre de mirar las cosas a la luz de la fe nos eleva por encima de la niebla y el barro de este mundo y nos transporta a otra atmósfera, a pleno sol, a una calma serena, a una paz luminosa, por encima de la región de las nubes, los vientos y las tempestades, fuera de la zona del crepúsculo y de la noche.


El ver del contemplativo no es teoría, su ver es el hecho de implicarse. ¿Implicarse en qué? En todo. ¿Qué es todo? Todo es desde lo más pequeño, cotidiano y aparentemente intrascendente, hasta lo más grande, global y complejo. Desde la forma de cocinar la sopa del día hasta las investigaciones científicas y sociales más especializadas, pasando por toda la gama posible de las creaciones artísticas y técnicas. Para eso no hace falta colocarse en un lugar especial o privilegiado, no hace falta tener colgada en la pared del living una colección impresionante de títulos universitarios, basta con echar raíces en el metro cuadrado de tierra que la vida nos impone. El hecho de implicarse no es señal de ningún tipo de autosuficiencia, de mérito o de seguridad humana. Lo que damos como contemplativos es algo que sólo es real en el momento mismo de darse, de comunicarse. Un paso más allá lo perdemos, volvemos a estar desnudos. El contemplativo no es objeto de nada, no le aporta «peso» a la realidad, no estorba de ninguna manera: La virtud del contemplativo es que dispensa de sus virtudes a los demás; su virtud positiva es a fin de cuentas la de Dios, que él realiza en su visión (Frithjof Schuon). No se implica porque sea o se sienta capaz de dar una respuesta, se implica porque no selecciona, lo acoge y lo acepta todo: se asume como implicado… y ésa es precisamente la respuesta. Mientras menos capacidades humanas tenga para justificarse la intensidad de su eficacia contemplativa será mayor. Su único premio, si es que se puede llamar así, consiste en que, como dice Santo Tomás: Es más perfecto iluminar que ver la luz solamente, y comunicar a los demás lo que se ha contemplado, que sólo contemplar.


En su camino de búsqueda de mejores condiciones de vida para sus mayorías tradicionalmente discriminadas y empobrecidas, Bolivia vive hoy, sin duda, una gran crisis. La solución a esa crisis, de una complejidad enorme, no es nada fácil. En eso todos estamos de acuerdo (aunque es un acuerdo interiormente preñado de desacuerdos). Lo que pasa allí, en el centro de esa crisis es ese Todo al cual somos enviados como contemplativos: nuestro lugar de misión. Dadas las condiciones de globalización que para bien y para mal vive hoy la humanidad, que no podemos evitar de ninguna manera, es un hecho que gran parte de las fuerzas que determinarán nuestro destino en medio de la crisis se nos imponen desde afuera y lo único que podemos hacer es tratar de establecer con ellas una negociación que nos resulte favorable. Es lo que con mayor o menor sabiduría intenta hacer el actual gobierno.


Sin embargo, a pesar de todos los condicionamientos externos disponemos de un ingrediente original que hace parte de ese tesoro que de maneras muy diversas han sabido mantener vivo todos aquellos que han quedado puerta fuera del banquete excluyente de la prosperidad. Los aparentemente vencidos y echados fuera, tejen, la mayoría de veces sin ser concientes de ello, una propuesta distinta de humanidad, un ser humano nuevo. Y a los dueños del poder les interesa que sigan ignorándolo. Para describir ese ingrediente original, nuestra participación en esa semilla de nueva humanidad, vamos a utilizar aquí una expresión de San Juan de la Cruz: una chispa de puro amor es más preciosa ante Dios, más útil para el alma y más rica en bendiciones para la Iglesia que todas las obras piadosas juntas, aun cuando, según las apariencias, uno no haga nada.


Con estas treinta y ocho palabras San Juan de la Cruz nos regala el manual más perfecto posible de eficacia contemplativa. El único objetivo que para nosotros tiene sentido es vivir esa chispa de puro amor. Suena fácil, tendemos muy rápidamente a identificar esa chispa con aquellos sentimientos que consideramos espontáneamente como «amor». Suponemos que por tener una familia, un padre y una madre, una esposa o un esposo, unos hijos, ya está garantizada nuestra experiencia de esa chispa de puro amor. ¡Cuántas veces nuestros bonitos sentimientos hacia los demás, nuestras obras piadosas, nos alimentan esa ilusión! Sin embargo, la verdad es que ninguno de nuestro lazos humanos, sean los que sean, puede llegar a tener esa calidad preciosa ante Dios. El lugar, la manera, las circunstancias, el tiempo en que Dios nos llama a cada una y cada uno a vivir esa chispa de puro amor, son un secreto que sólo Él conoce y comunica. Y Él hace muy poco caso de todas nuestras posibles «familiaridades» humanas. Nada puede ser más fuerte que nuestro propio llamado a la castidad, que no tiene nada que ver con el hecho de ser «laico» o «religioso», o con el hecho de tener o no relaciones sexuales. Nuestro único fin posible es Dios mismo y en medio de nuestra existencia Él siempre halla la manera de cortar nuestros vínculos con todo lo demás, porque es un Dios celoso que no soporta absolutos diferentes a Él.


El contemplativo no es alguien que marche hacia adelante en ese camino, es alguien que regresa. No somos seres vivos ni seres muertos, somos seres resucitados. Ese sentido de resucitados, de hacer parte de un pueblo que regresa después de haber vivido una gran victoria, que es profundamente bíblico y cristiano, es el único fundamento indestructible de la resistencia. En realidad resistir es no resistir porque ya ganamos. Lo que hacemos es volver a tomar posesión de la herencia que nos corresponde. Es de esa conciencia de lo que se habla, y no de otra cosa, cuando se dice: Expulsar lejos de nosotros el espíritu militante…


Gran parte de lo que hoy aparece en la vida de nuestro propio pueblo (de nuestros propios pueblos…) como incapacidad para avanzar en ese camino que se llama «desarrollo» tiene que ver con un tipo de eficacia diferente que sólo puede ser reconocida con la mirada de otros seres humanos: es una chispa de puro amor. Como contemplativos y contemplativas estamos llamadas y llamados a ser esos otros seres humanos que en medio de la crisis son testigos de lo que en realidad está sucediendo, es decir, de los que en Dios está sucediendo. Más que ser o querer ser los protagonistas, los orientadores, somos quienes aprenden a dejarse llevar. Desde luego esa gran parte de eficacia diferente no lo es todo, mucha basura que se ha acumulado en el camino, deformaciones, vicios, errores. Es por eso que nadie, ni siquiera la Hija o el Hijo de Dios que ya somos y que regresa, nos puede liberar de la responsabilidad de discernir, de encontrar los medios que nos parezcan adecuados. Por eso somos misioneros y nos reconocemos implicados en todo.


Cuando San Juan de la Cruz dice que esa chispa de puro amor es más útil para el alma y más rica en bendiciones para la Iglesia que todas las obras piadosas juntas, no está haciendo un ejercicio de piedad poética, está hablando de eficacia en los términos más pragmáticos que se puedan concebir. En el lugar en donde más falta objetiva harían obras piadosas un contemplativo lo que busca es la chispa de puro amor porque sabe que esa chispa guarda el secreto que hará posible que todas las respuestas que se den a las necesidades concretas conduzcan realmente a algo que merezca el nombre de «desarrollo». Evidentemente, aunque les suene mal a unos oídos como los nuestros exageradamente acostumbrados a un lenguaje “piadoso”, el único lugar en que nos resulta posible hallar esa chispa es en nosotros mismos. Y aquí tenemos que recordar que No hay ningún «egoísmo» posible en la actitud del contemplativo, pues su «yo» es el mundo, el «prójimo». Lo que se realiza en el microcosmos irradia en el macrocosmos, a causa de la analogía de todos los órdenes cósmicos. La realización espiritual es una especia de «magia» que se comunica necesariamente al ambiente. El equilibrio del mundo tiene necesidad de contemplativos (Frithjof Schuon).


Sólo quien ha sido dócil a la propuesta vocacional que le hace Dios y ha logrado hallar en sí mismo esa chispa de puro amor (en el lugar y en las circunstancias que le son impuestas), está en condiciones de dar. No de darse a si mismo sino de dar el aporte que la realidad espera de él para construir el Reino de Dios. Sólo así se puede ser padre o madre, o esposo o esposa, o hijo o hermano de alguien. No de ese alguien que nosotros quisiéramos o nos gustaría sino de ese alguien que se nos da. En otras palabras, y para ser más exacto, lo que me permite a mí (como vocación) ser el esposo de mi esposa no es lo que yo haga por ella o sienta por ella, no es que viva con ella durante cincuenta años o que engendremos juntos diez hijos, es que yo cumpla cabalmente la vocación que en el secreto más profundo de mi propia intimidad Dios me regala. Ése es el tipo de parentesco que les corresponde a los Hijos y las Hijas de Dios… sólo así se puede construir familia, humanidad, iglesia.


De todas estas cosas Bolivia, nuestra Bolivia, el Corazón de América Latina, es una excelente maestra… aun cuando, según las apariencias, parezca que no hace nada. Y aquí, en el párrafo final, volvemos al título que le dio a nuestro documento el poeta portugués Fernando Pessoa. El Corazón de América latina está de viaje, pero el viaje son los viajeros, somos nosotros mismos. Muchos, adentro y afuera, quieren que veamos lo que a ellos les parece, lo que creen que está bien. Sin embargo, en medio de la crisis nuestro oficio es resistir: Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

4.11.2007

Amores Dificiles


Es tal la cantidad de desinformación acumulada en torno a nuestra identidad divina que no sirve de nada pretender llegar a ella utilizando los caminos oficiales y bien pavimentados, tenemos que encontrar un atajo. Y a propósito de atajos he aquí algo que dijo el poeta ruso Joseph Brodsky durante la inauguración de la primera feria del libro de Turín, Italia, en 1988:

«La manera de desarrollar buen gusto en literatura es leer poesía. Si piensan que estoy hablando por partidismo profesional, que estoy tratando de defender los intereses de mi gremio, están equivocados: no soy sindicalista. La clave consiste en que siendo la forma suprema de la locución humana, la poesía no es sólo la más concisa, la más condensada manera de transmitir la experiencia humana; ofrece también los criterios más elevados posibles para cualquier operación lingüística, especialmente sobre papel.

Mientras más poesía lee uno, menos tolerante se vuelve a cualquier forma de verbosidad, ya sea en el discurso político o filosófico, en historia, estudios sociales o en el arte de la ficción. El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida al parecer como un atajo hacia cualquier tema concebible, la poesía impone una gran disciplina a la prosa. Le enseña no sólo el valor de cada palabra sino también los patrones mentales mercuriales de la especie, alternativas a una composición lineal, la destreza de evitar lo evidente, el énfasis en el detalle, la técnica del anticlímax. Sobre todo, la poesía desarrolla en la prosa ese apetito por la metafísica que distingue a una obra de arte de las meras belles lettres. Hay que admitir, sin embargo, que en este aspecto particular la prosa ha demostrado ser una discípula más bien perezosa».

La Bolivia que es rehén de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de su herencia espiritual indígena, es un excelente atajo hacia cualquier tema concebible. Relacionarse con ella le impone una gran disciplina a la prosa, es decir, a los argumentos contaminados de esa racionalidad occidental tan poco apetente de metafísica y por eso mucho más parecida a las meras belles lettres que a la verdadera obra de arte. Esa Bolivia enseña no sólo el valor de cada palabra sino también los patrones mentales mercuriales de la especie. Es por eso que resultan tan grotescos (y hacen tanto daño) los intentos de los propio bolivianos de interpretarla utilizando no el buen gusto de su poesía sino la verbosidad de un periodismo prosaico mal aprendido y de quinta categoría. Es claro, pero no sobra decirlo, que ser vulnerable al lenguaje poético no tiene nada que ver con refinamientos intelectuales. En poesía no se convence con argumentos eruditos sino con la visión de ese más allá siempre un poco velado al que sólo es posible llegar transitando el atajo que se nos ofrece. Y para utilizar un atajo más vale un buen machete, una cantimplora llena de agua y unas botas impermeables, que un automóvil que sólo sirve para ser usado en lugares previa y largamente domesticados. Pero hay todavía una dificultad anterior y mayor que deben enfrentar quienes se atreven a los atajos: La ley actual no es más que la acumulación de intentos interminables de impedir al hombre que cumpla sus deseos de cambiar la vida por un instante de poesía. Es cierto que los hombres que necesitan ese cambio no son muchos; pero los hay, y es contra ellos que la ley se erige, para degradarlos en lo posible (Yukio Mishima). La espiritualidad indígena sabe que SER consiste en cumplir el deseo de cambiar la vida por un instante de poesía; y ese saber no es espiritualmente democrático sino dictatorial porque impone una sola opción: todo o nada. No hay negociación que logre la tolerancia a permanecer en un punto intermedio. Cualquier punto intermedio mata la poesía. Pero ese saber no puede comunicarse sino mediante la disciplina, el rigor y la condensación del lenguaje poético que ofrece los criterios más elevados posibles para cualquier operación lingüística. Más que lenguaje, en el sentido burdo de lo que hemos llegado a entender como lenguaje, es un hundimiento vertiginoso (ritual) en ese instante de poesía que (se sabe) es el único capaz de cambiarlo todo; y de ese hundimiento surgen las alternativas a una composición lineal, la destreza de evitar lo evidente, el énfasis en el detalle, la técnica del anticlímax.

Ahora que, cuando la poesía ha sido reprimida brutalmente y obligada a negarse a sí misma para que un cuerpo humano pueda sobrevivir, cuando la conciencia de su propio valor le ha sido arrancada de su memoria, las dos vertientes de su ofrecimiento, su todo y su nada, se profundizan tanto que terminan siendo dos atajos que desembocan directamente en el cielo o en el infierno. No hay territorios intermedios, es cierto, pero el cielo y el infierno tienen mucho que ver el uno con el otro, no están tan separados como suponemos, se incluyen entre si. Allí, en medio de ese drama la poesía alcanza su nivel más alto. Desde el punto de vista del crecimiento interno que necesita una vocación poética, un lugar y unos seres humanos en los que haya sucedido eso, son ideales por el rigor que imponen; siempre y cuando, claro, se esté en condiciones de ser vulnerable a la poesía que se esconde (a una gran profundidad) tras una apariencia de máscara rígida y monótona. Si se toma el atajo de la poesía el lugar al que se llega es siempre la propia poesía; en ella la experiencia de lo otro se da de forma radical pero en un proceso de toma profunda del propio territorio. No se sale, se entra para llegar a un fondo en el que todos los fondos confluyen y se hacen uno. Por eso es la forma suprema de la locución humana, la formulación de la eterna pregunta:
¿Por qué no se permite a algunos llevar a cabo lo que es hermoso mientras lo feo y lo repugnante, que se cumple con el único fin de obtener dinero, se halla libremente tolerado e incluso encuentra estímulos? (Yukio Mishima).


Pero la propia poesía, la de todos, vengamos de donde vengamos, también ha sido de muchas maneras reprimida brutalmente y obligada a negarse a sí misma. Quizá no hasta el extremo de arrancar de su memoria la conciencia de su propio valor, pero si hasta el extremo de lograr una docilidad a La ley actual que no es más que la acumulación de intentos interminables de impedir al hombre que cumpla sus deseos de cambiar la vida por un instante de poesía. Esa ley puede mantenerse mientras logre que nuestra expresión humana se mantenga limitada a los términos de una prosa sin ese apetito por la metafísica que distingue a una obra de arte de las meras belles lettres. Por eso el cambio, y me refiero al cambio en los términos más concretos y materiales posibles, sociopolíticos, no puede nacer sino del reencuentro del ser humano, de todo el ser humano, con su propia poesía. No sirven de mucho los análisis, la concientización, los consensos: los únicos que nos pueden llevar a eso diferente que no es más que nuestra propia realidad divina son los atajos.

2.13.2007

¿No es éste el hijo del carpintero?


Según la tradición más comúnmente aceptada, Jesús vivió treinta años de su vida en Nazaret y dedicó sólo sus tres años finales a la llamada «vida pública». Eso quiere decir que vivió el noventa y uno por ciento de su vida en Nazaret, y apenas el nueve por ciento lo dedicó al anuncio más o menos explícito de lo que ahora los cristianos llamamos Evangelio, Buena Nueva. Y aún en esos tres años finales, el Evangelio nos dice que muchas veces intentó pasar desapercibido, buscó los lugares apartados y solitarios, evadió el acoso de las multitudes.

La manera como Jesús vivió esos treinta primeros años no le dejó entrever a sus vecinos nada extraordinario. Fue tan común y corriente, tan parecido a lo que vivían todos los hombres de su pueblo y de su misma condición social, que cuando lo ven retornar a su patria precedido por una gran fama, exclaman escandalizados: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto? (Mt 13, 54-56).

La reacción de sus vecinos deja ver claro lo seguros que estaban de que alguien como ellos, que viviera en sus mismas condiciones, que tuviera las mismas carencias y oportunidades en la vida, no podía de ninguna manera llegar a ser alguien importante y reconocido. Estaban destinados a ser para siempre unos don nadie y punto, ahí terminaba su historia. Ni se les ocurría la posibilidad de que pudiera ser de otra manera.

Sabían bien que el poder que mostraba su vecino no se lo daba ningún privilegio hereditario, social, religioso o académico. No era uno de esos afortunados que por tener muñeca con algún poderoso hubiera logrado matricularse en una escuela especial. Tampoco era alguien que hubiera establecido algún tipo de relación que le permitiera escalar social o religiosamente. Era simplemente el hijo del carpintero y el hecho de que su familia viviera en una casa igual a la de todos, y tuviera que trabajar como las demás para poder sobrevivir, les daba derecho a sospechar y descalificarlo.

Aún hoy en pleno siglo XXI la mayoría de los cristianos siguen considerando este tiempo vivido por Jesús en Nazaret como una simple “preparación” de los que realmente serían importantes: sus últimos tres años de fama y poder que lo convirtieron en un personaje. Aún hoy la valoración que se hace de lo que vivió Jesús en Nazaret tiende a quedarse en un plano más bien superficial, se considera como un gesto de “buena voluntad” de Dios, una manera de congratularse con nosotros, como cuando un rico va de visita y se disfraza de pobre para que el pobre no se sienta avergonzado de su pobreza.

No tenemos por qué extrañarnos: hemos optado por construir un mundo y un tipo de ser humano para el cual lo que vale es lo que se hace, lo que se dice, lo que se ve, no lo que se es. El que vale es el que tiene títulos, amigos con influencia, estructuras que lo respalden, cargos de poder social o político o religioso que lo hagan aparecer como importante. Nuestra manera de percibir a Dios no puede ser ajena a las orientaciones más profundas de nuestro ser.

Sin embargo, lo que vive Jesús en Nazaret no es un teatro, es una opción por el ser. No por cualquier ser sino por el ser humano más plenamente desarrollado en todos sus sentidos posibles. Asumir que la Encarnación del Hijo de Dios fue un mero disfraz, o un puro gesto de buena voluntad, le quita a nuestra fe todo su sentido y la convierte en un discurso humano que sirve para justificar “religiosamente” nuestra opción por las apariencias.

El Hijo de Dios no hace teatro: nace como hombre en el lugar y en las circunstancias en las cuales es posible desarrollarse más plenamente como ser humano a imagen y semejanza de su Padre. En Nazaret Jesús no es un Dios que “parece” hombre, es Dios siendo plenamente hombre y plenamente Dios. Pero atreverse a Ser en lugar de parecer es un camino demasiado riesgoso porque en él podemos descubrir que nuestro verdadero desarrollo humano nos quiere conducir a algo que no nos gusta, que nadie valora como importante: ser un simple hijo de carpintero.

Jesús, Dios encarnado, que nace en las condiciones humanas en las cuales nació, no busca parecer muy bueno, o muy débil, o muy tierno, para obtener nuestra adhesión sentimental. Nace como el primero de los Hombres Nuevos de una Nueva Creación. Está empezándolo todo otra vez, no sintiendo lástima, ni juzgando. Y lo que nos dicen sus primeros treinta años de vida es que la forma de participar como seres humanos Nuevos en esa Nueva Creación pasa por la obediencia a Nazaret. En eso consistió la aventura espiritual del Hermano Carlos de Foucauld, del beato Carlos de Jesús, en aprender a obedecer a Nazaret.

Obedecer a Nazaret porque las riquezas están aquí, no hay que ir a buscarlas a ninguna parte. Parece no haber nada, parece que la arena gris e insípida de lo cotidiano lo cubre todo, parece una realidad tan cercana y familiar que a nadie se le ocurriría esconder justamente allí un tesoro. Pero es verdad, lo que tanto anhelamos lo tenemos al alcance de la mano todos los días. ¿Cómo entender y asimilar ésto?

La encarnación del Hijo de Dios fue un hecho real lleno de consecuencias dentro de las cuales vivimos inmersos. ¿Acaso vemos el aire que respiramos? ¿Acaso alguien que se hunde en el océano puede ver la totalidad de la masa de agua que lo está envolviendo? Lo mismo sucede con la vida y su mensaje, lo perdemos de vista por estar sumergidos en él de cuerpo entero y porque muy pocas veces tenemos la oportunidad de apreciar desde afuera la intensidad real de la existencia en medio de la cual somos acogidos permanentemente.

El peso y el misterio que tiene para Jesús el tiempo vivido en Nazaret, es el mismo peso y el mismo misterio que tiene para todo ser humano su propio ser. Es fácil conocer lo que una persona hace, o dice, o piensa, pero no es fácil saber lo que una persona es. No es fácil ni siquiera para la propia persona. Más allá de los límites de nuestra intimidad más profunda, todos representamos un cierto papel social. Hacemos, pensamos, hablamos, y con todo eso creamos y sostenemos una imagen que nos permite ocupar determinado lugar, mantener ciertos privilegios. Por eso, quienes se exaltaron con lo que Jesús hacía, o decía, pero no se dejaron tocar por el misterio más profundo de lo que Él era más allá de todas sus inevitables imágenes, vivieron la cruz como el final de una ilusión.

En esa hora crucial Jesús hubiera podido afirmarse en alguna de sus apariencias: de reformador social y político, de profeta, de gran sanador, de hombre muy sabio, y parado allí hubiera movido fuerzas a su favor y tal vez impedido su muerte. Sin embargo, la fidelidad a su ser más profundo lo llevó a renunciar a esa lucha para no mentirse a sí mismo, para no quedarse a medio camino; no se vendió a ninguna de las apariencias que sus propios talentos humanos le ofrecían, no traicionó el lugar en el cual se formó como persona a imagen y semejanza de su Padre: no renunció a ser el hijo del carpintero de Nazaret. Y fue esa opción, ese fracaso en términos humanos, el que le dio a su aventura espiritual una eficacia capaz de atravesar los siglos encarnándose nuevamente en todas las situaciones humanas.

Hoy sabemos que esa eficacia es una eficacia eucarística y que está al alcance de cualquier ser humano que como Él decida ser fiel a su identidad de hijo o hija de Dios. Es de eso mismo de lo que nos da testimonio el fracaso humano y la eficacia eucarística del hermano Carlos de Jesús.

No son nuestros afanes, nuestras construcciones y nuestros argumentos, es nuestro ser de hijos e hijas de Dios el que le anuncia a los pobres la Buena Nueva, proclama la liberación a los cautivos, devuelve la vista a los ciegos, da libertad a los oprimidos y proclama el año de gracia del Señor. Por eso es lógico que sea precisamente en Nazaret, el lugar donde Jesús aprendió a ser, que se explicite a sí mismo y anuncie la unción que el Espíritu del Señor ha hecho sobre Él (lc 4, 18-19).

Sin embargo, la novedad que su gesto y su mirada implican es tan radical que haría falta que sus vecinos nazarenos nacieran de nuevo para que pudieran comprenderlo. Frente al rechazo, seguramente muy doloroso, de quienes con su convivencia cotidiana y su propio ser le han enseñado a formarse tal y como es, Jesús se repite el refrán: médico, cúrate a ti mismo, y comprende mejor lo que su misión le exige: ofrecer la posibilidad de volver a nacer de nuevo.

Admirar el camino espiritual del Hermano Carlos de Jesús, o encontrar en él referencias que nos animen en nuestro propio caminar, no quiere decir que seamos sus seguidores, somos en realidad seguidoras y seguidores de Jesús de Nazaret. Pero lo que nos enseña Jesús de Nazaret con la totalidad de su ser y no sólo con las “enseñanzas” que podamos entresacar, o incluso “inventar” nosotros mismos manipulando sus muchas y a veces conflictivas imágenes, es que seguirlo a Él no consiste en seguir a otro distinto de nosotros mismos.

Jesús de Nazaret nos remite a nuestra propia identidad de Hijas e Hijos de Dios y hace efectiva toda la riqueza de vida humana y divina que se esconde allí mediante su opción por una eficacia eucarística. Lo admirable de una experiencia espiritual es reconocer en ella la manera como un hombre o una mujer entra en comunión profunda con su ser de Hija o Hijo de Dios, la forma como Dios brilla y se revela plenamente a sí mismo encarnándose en una identidad humana particular. Pero no se puede hacer de esa admiración el intento de vivir una experiencia espiritual propia usando el camino de otro, ni siquiera el camino de Jesús de Nazaret.

Es decir, en el camino de nuestro seguimiento Jesús de Nazaret no es otro, somos nosotros mismos, cada una y cada uno de nosotros. Y seguirlo a Él no consiste en “imitarlo”, consiste en ser lo que Él nos revela que somos. Los daños que puede causar un falso sentido de la imitación, los muestra bien el gran escultor Miguel Ángel cuando le preguntaron lo que pensaba acerca de los escultores que buscaban “imitarlo” y respondió: «Mi estilo está destinado a hacer muchos imbéciles».

En su sentido verdadero, la imitación de la que tanto habla el Hermano Carlos habría que explicarla más bien como lo hace la mística carmelita Isabel de la Trinidad: «Seamos para con Él una humanidad suplementaria en la cual pueda renovar plenamente su misterio». Fue éso lo que hizo el Hermano Carlos de Jesús con la totalidad de su vida, más allá de las muchas imágenes que a lo largo de su caminar espiritual él mismo pudo entender y proponer a veces como definitivas.

Carlos de Foucauld no terminó siendo el ser humano que le pareció que su vocación religiosa le exigía, no terminó siendo el ser humano que su propia voluntad, o inteligencia, o devoción, quiso que fuera: terminó siendo el ser humano que Dios necesitaba para «renovar en él plenamente su misterio». Y para lograrlo tuvo que abandonar en el camino, tal como lo hizo Jesús de Nazaret, todas las imágenes en las que sus límites humanos pretendieron encerrarlo, hasta morir completamente solo en medio del desierto, dando con su propio fracaso humano el paso hacia el interior de la eficacia eucarística.

«Cuando el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo, si muere, da muchos frutos. Yo no he muerto, por eso estoy solo. Recen por mi conversión, para que muriendo dé fruto».

A partir de aquí vale la pena que acompañemos un poco al hermano Carlos en su lectura de Santa Teresa:

«… para comenzar con algún fundamento se me ocurrió considerar nuestra alma como un castillo todo de diamante o cristal muy claro, en el que hay muchas habitaciones, así como en el cielo hay muchas moradas. Si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso donde Dios tienen sus deleites.

Pues ¿cómo será la habitación donde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes, se deleita? No hallo yo cosa con la cual comparar la gran hermosura de un alma, y su gran capacidad. Nuestro entendimiento, por agudo que fuera, no logra comprenderla, porque Dios mismo nos dice que nos crió a su imagen y semejanza…

No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no nos entendamos a nosotros mismos, ni sepamos quiénes somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que le preguntaran a uno quién es y uno no se conociera, ni supiera quién fue su padre, ni su madre, ni cuál es su tierra?

Pues si esto sería gran bestialidad, es mayor aún la que hay en nosotras cuando no intentamos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en nuestros cuerpos, y sólo porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Pero sin considerar los bienes que puede haber en esa alma, y quién está dentro de ella, y su gran valor. Por eso tenemos tan poco cuidado en conservar su hermosura, todo se nos va en cuidar nuestra apariencia y lo que hay fuera del castillo…

(…) Hemos de ver pues cómo podemos entrar en tan hermoso y deleitoso castillo. Parece que digo un disparate, porque si este castillo es nuestra propia alma, claro está que no necesitamos entrar en él porque nosotros mismos somos el castillo. Igual desatino parecería decirle a alguien que entrara en una habitación estando ya dentro.

Pero tenemos que entender que va mucho de estar a estar. Hay muchas almas que se quedan en las afueras del castillo, donde sólo viven los guardianes. Y no les importa nada entrar, ni saben qué hay en tan precioso lugar, ni quién está dentro, ni cuántas habitaciones tiene.

… son las almas que no tienen oración como un cuerpo paralítico o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar. Hay almas tan enfermas y acostumbradas a estarse en cosas exteriores, que no tienen remedio y parece que no pueden entrar dentro de sí mismas. Tienen tanta costumbre de tratar con las sabandijas y bestias que están en las afueras del castillo, que ya parecen una de ellas. Su naturaleza es muy rica y pueden tener conversación nada menos que con Dios, pero no lo entienden.

Si estas almas no procuran remediar su gran miseria, se quedarán hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí mismas. Y, hasta donde yo puedo entender, la puerta para entrar en ese castillo es la oración.

…pensar que hemos de entrar en el cielo y no entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios y pidiéndole muchas veces misericordia, Es desatino…»

Carlos de Foucauld vivó su obediencia a Nazaret en dos direcciones complementarias. Una, que podríamos señalar como volver la cabeza hacia sí mismo: la entrada en el castillo interior de su propio ser. La expresa de esta manera: «Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice o se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida en que Jesús vive en nosotros». Y la otra, que lo llama a vivir una solidaridad radical con los más pobres: «Yo creo que no hay palabra del Evangelio que me haya impresionado tanto y transformado más mi vida que ésta: «todo lo que hacen a uno de estos pequeños, es a mí que lo hacen».

Tal como él lo vivó, el camino hacia la solidaridad real y radical con los pequeños pasa no por la medida de su propia voluntad o deseo o lucidez humana, sino por la medida en que Jesús vive en él. Y ése es un proceso complejo y difícil que no se da de una sola vez y para siempre sino que construye en una lucha diaria, en una búsqueda permanente. Descubrir lo que Jesús, viviendo en él, haría frente a cada circunstancia de la vida, no es un interrogante que pueda responder repitiendo siempre una misma fórmula. Necesita, como en el Evangelio, saber sacar de él mismo, cada día, cosas viejas y cosas nuevas.

Todo esto podría tomarse como pura especulación espiritual, castillos en el aire. Sin embargo, si lo contemplamos con el telón de fondo de la actual realidad de nuestro país podemos percibir las dimensiones del llamado que se nos hace. El resultado de las últimas elecciones revela el deseo, la necesidad y la esperanza que tiene Bolivia de volver a comenzar de nuevo como país, corrigiendo las injusticias y deformidades de los últimos quinientos años de su historia. Un reto nada fácil teniendo en cuenta los enemigos internos y externos que deberá vencer en ese camino.


Los enemigos externos son fácilmente reconocibles porque forman un bloque muy bien organizado. El sistema económico neoliberal, las empresas transnacionales, el gran imperio del norte con sus poderosísimos medios tecnológicos y militares. También sabemos con claridad que sus armas incluyen la manipulación, el bloqueo, el engaño, la corrupción y la compra de conciencias, las imposiciones económicas desiguales, y en último caso el uso directo de su aplastante poderío militar.

Respecto a nuestros enemigos internos no podemos hacernos ilusiones fáciles. La esperanza de cambio, si no se sostiene en hombres y mujeres capaces de transformarse a si mismos, no pasará de ser una ilusión, un reacomodo superficial del escenario que a pesar de las buenas intenciones de algunos no logrará generar un desarrollo sostenible que mejore efectivamente las condiciones de vida de los más pobres.

Releyendo a Santa Teresa, junto con el Hermano Carlos, desde la realidad boliviana de hoy, podríamos decir que “sería desatino pretender entrar en el cielo de un país nuevo, sin entrar en nosotros para conocernos y considerar seriamente lo que debemos cambiar para ser mujeres y hombres nuevos, capaces de construir y sostener un nuevo país”.

No con el ánimo de ser aguafiestas, ni con el ánimo de ser profetas pesimistas, pero sí dejándonos iluminar por el caminar de otros cristianos en momentos y circunstancias pasadas de nuestra historia latinoamericana, es pertinente recordar aquí las palabras del sacerdote jesuita Xavier Gorostiaga, que participó directamente en todo el proceso de la revolución sandinista. Haciendo un repaso de las causas del fracaso de la revolución, y luego de reconocer la gran incidencia que tuvo la agresión y el bloqueo económico norteamericano, termina diciendo:

«…Sin embargo, considero que fue la inconsecuencia ética con los valores promulgados por la revolución popular sandinista, los que hicieron fracasar el intento: las luchas internas por el poder dentro de la dirección nacional; el personalismo de los dirigentes que buscaban el éxito de sus propios proyectos más que la consolidación de un proyecto alternativo; la lejanía creciente del pueblo y de los cuadros medios que provocó un aburguesamiento de la cúpula revolucionaria; la ideologización trasnochada en algunos dirigentes que no aceptaban el mercado como una realidad económica… la falta de respeto a las identidades campesina, indígena, y de la mujer y a la religiosidad popular…».

Al interior de la Familia Espiritual de Carlos de Foucauld, la Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón busca ofrecer instrumentos que le permitan a quienes sean llamados por Dios a esa vocación, crecer de forma integral en una doble dirección.

Por un lado, ayudarlos a penetrar en la belleza y riqueza de su propio castillo interior, para reconocer y asumir gozosamente la hermosura de su alma, y su gran capacidad. Y, al mismo tiempo, permitiendo que Jesús viva en ellas y ellos, vivir una solidaridad eficaz con los pequeños, con los más pobres. Una solidaridad que no pueda ser derrotada de ninguna manera. Ese proceso de educación humana y espiritual pasa, en nuestro caso, por la obediencia a Nazaret.

Una obediencia que en contra de todas las lógicas humanas termina desembocando en la mayor de las libertades:

«Estoy siempre preparado. Vivo al día. Haré aquello que me parezca lo mejor, según las circunstancias. Vayamos ahora a donde podamos ir; cuando las puertas se abran en otra parte, allá iremos: a cada día le basta su pena; hagamos en el momento presente lo que mejor podamos hacer».

Sólo recorriendo ese camino podremos vencer en nosotros…la inconsecuencia ética… las luchas internas por el poder…el personalismo… la búsqueda del éxito de los propios proyectos más que la consolidación de un proyecto alternativo… la lejanía creciente del pueblo… el aburguesamiento… la ideologización… la falta de respeto a las identidades campesina, indígena, y de la mujer y a la religiosidad popular...