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5.20.2011

Monjes Somos Todos


San Basilio, uno de los padres de la Iglesia, es definido por los textos litúrgicos bizantinos como una «lumbrera de la Iglesia». Fue obispo en el siglo IV. Por él siente admiración tanto la Iglesia de Oriente como la de Occidente y es reconocido por su síntesis armoniosa de capacidades intelectuales y prácticas. En otras palabras por su equilibrio, por su armonía.

Para Basilio, que antes de ser obispo fue monje, todas las prácticas que comúnmente se consideran «monásticas», con la sola excepción del celibato, debían ser tenidas como patrimonio común de todos los cristianos. Y si, a la vista de tales exigencias, se quejan los cristianos y protestan aduciendo que se les quiere imponer cargas insoportables, responde simplemente que no se han tomado el Evangelio en serio. Persistió hasta el final en su negativa, de dar a los monjes otro nombre si no el de «cristianos».

San Juan Crisóstomo, contemporáneo de Basilio, va un poco más lejos y afirma por su parte que los vocablos monje y laico no se encuentran en la Biblia: «esta distinción se ha introducido por invención de los hombres. Las Escrituras nada saben de semejantes distingos, sino que quieren que todos vivan vida de monje, aun cuanto tengan mujeres».

Muchos hombres que tenían mujer y mujeres que tenían hombre se lo tomaban en serio. San Paulino de Ñola era miembro de una familia senatorial e inmensamente rica. Nació en Burdeos, donde recibió la educación correspondiente a un joven de su alcurnia. Siguió luego el cursus honorum: en 378 fue cónsul, y en 379 gobernador de Campania. En 385 se casó con la noble española Tarasia; pero al cabo de unos años de matrimonio, hacia el año 393, ambos esposos decidieron de común acuerdo vivir juntos una vida monjes.

La pareja organizó en Ñola una fraternitas monacha, es decir, según todas las apariencias, un monasterio un poco especial. El mismo dirigía a los monjes; Tarasia, a las monjas. En aquella doble comunidad no faltaban ni la soledad ni un cierto apartamiento del mundo; pero en determinadas épocas del año afluían los peregrinos y viajeros, y se establecían numerosos contactos con el mundo exterior.

Claro que por esas mismas fechas las críticas no se hacían esperar, algunas tan elocuentes que francamente da gusto leer. Rutilio Namaciano iba bordeando en una nave la costa italiana cuando, escribe: «he aquí que aparece Capria, isla repelente, llena de estos hombres que huyen de la luz. Ellos mismos se dan el nombre griego de monjes, pues quieren vivir solos, sin testigos. Temen los favores de la fortuna, al mismo tiempo que sus reveses. ¿Es posible hacerse voluntariamente infeliz por miedo de llegar a serlo? ¿Qué clase de rabia es la de esos cerebros al revés? ¡A fuerza de temer la desgracia no pueden tolerar la felicidad! Tal vez, verdaderos forzados, se inflijan ellos mismos el castigo que merecen por sus crímenes; tal vez su negro corazón esté hinchado de negra hiel».

Fernando Torres Pedroza en su libro «Monjes somos todos», acudiendo a dos «Padres» contemporáneos, Raimon Panikkar y Charles de Foucauld, se mete en el debate proponiendo que Olvidemos los monasterios y la imagen que tenemos de ellos y de la gente que los habita, y pensemos en que el Ser monje es una manera de desarrollar ciertas posibilidades humanas y espirituales que todos tenemos, independientemente de la forma concreta como cada uno escoja desarrollarlas. Pensemos que se puede Ser monje sin necesidad de vivir como nos imaginamos que viven los monjes tradicionales en sus monasterios.

Raimon Panikkar, en su libro Elogio de la Sencillez, se presenta así: «Desde mi primera juventud me he sentido siempre monje, pero monje sin monasterio, es decir, sin muros, salvo los del planeta entero. E incluso éstos –así me lo parecía– tenían que ser trascendidos –probablemente por inmanencia– sin llevar un hábito o, si acaso, con los vestidos comunes a todos los miembros de la familia humana. Y también esos vestidos debían ser descartados, porque todos los vestidos culturales no son más que revelaciones parciales de aquello que ocultan: la desnudez pura de la trascendencia total, visible solamente a la mirada simple de los limpios de corazón».

Pues bien, alguien que desde su primera juventud se ha sentido monje sin monasterio, define así el Ser monje:

«Por monje, entiendo aquella persona que aspira alcanzar el fin último de la vida con todo su ser, renunciando a todo lo que no es necesario para ello, es decir, concentrándose en este único y singular objetivo. Precisamente esta singularidad, o más bien la exclusividad del fin que rehúsa todos los demás fines subordinados, aunque legítimos, distingue al camino monástico de todos los demás caminos espirituales hacia la perfección o salvación. El monje desea ser liberado, y está tan concentrado en eso que renuncia a los frutos de su acción, distinguiendo lo real de lo que no lo es, y por eso está dispuesto a seguir la praxis necesaria. Si en cierto sentido se supone que todo el mundo aspira al fin último de la vida, el monje es el más radical y exclusivo en su cometido. Todo lo que no sea medio hacia ello es ignorado; todo lo que no sea el camino es marginado».

«Pienso que el monje es la expresión de un arquetipo, arquetipo que constituye una dimensión constitutiva de la vida humana. Este arquetipo es en cada persona una cualidad única que a la vez necesita y rechaza la institucionalización. Esta concepción ha sido siempre una creencia básica de toda tradición. Los grandes monjes se han sentido siempre preocupados cuando el monje ha sido una fi gura reconocida por el mundo y ha recibido la bendición de la sociedad. El monje es una figura altamente personal. Por eso la tradición ha considerado al eremita –el idiorrítmico– como el monje perfecto.

«Mi hipótesis es que lo monacal, es decir, el arquetipo del cual el monje es una expresión, corresponde a una dimensión de lo humano, de modo que todo ser humano tiene potencialmente la posibilidad de realizar esa dimensión. Lo monacal es una dimensión que tiene que ser integrada a otras dimensiones de la vida humana para conseguir lo humano. No sólo de pan vive el hombre. Arquetipo, para mí, representa literalmente un «tipo fundamental», es decir, un constituyente básico o relativamente permanente de la vida humana. Puede también significar algo que está escondido en la naturaleza humana, porque es causa y efecto de nuestro comportamiento básico y nuestras convicciones».

Con relación a los hombres que tienen mujer y a las mujeres que tienen hombre, dice Panikkar: «Un problema que no quisiera ver excluido a priori es el de los monjes casados. La cuestión de los monjes casados debe ser considerada no solamente desde el punto de vista del monje, sino también con respecto al cambio que implica en la misma concepción del matrimonio. Los monjes casados cambiarán nuestra percepción del matrimonio, en la misma medida, por lo menos, en que ellos cambien nuestras nociones de monasticismo».

Y la mejor presentación de Charles de Foucauld a un extraño, la hizo su amigo y director espiritual, el Padre Huvelín: «Nada de raro ni de extraordinario encontrará usted en el padre De Foucauld, sino una fuerza irresistible que empuja, un instrumento duro para una ruda tarea (...) firmeza, deseo de ir hasta el final en el amor y en la entrega, de sacar todas las consecuencias, nunca desánimo, nunca (...) todas las objeciones que se le ocurren, ¡cuántas veces se me han ocurrido¡ Sólo me he rendido ante la experiencia, y tras largas pruebas (...) ¡Déjele ir y vea!»

Más allá de cualquier discurso o concepción religiosa, un monje no es más que un ser humano que aspira alcanzar el fin último de la vida con todo su ser. ¿Qué ser humano, independientemente de todos sus condicionamientos sociales, religiosos o culturales no desea alcanzar el fin último de la vida con todo su ser? Incluso los actos humanos más destructivos manifiestan también de alguna manera esa aspiración. No reconocer y aceptar nuestra irrevocable identidad y vocación monástica es lo que nos hunde personal y socialmente en el desorden, en el sufrimiento, en la desarmonía. Sin ser raros ni extraordinarios, una fuerza irresistible nos empuja, somos instrumentos duros para una ruda tarea, pero utilizar los medios necesarios es un problema de opción.

De eso se trata este libro: «Monjes somos todos».



Http://www.elaleph.com/libro/Monjes-somos-todos-de-Fernando-Torres-Pedroza/212754/

1.27.2009

"Consecuencias" del Monje


… al igual que se forman los ventisqueros cuando cesa el viento, así mismo cuando cesa la verdad surge una institución. Pero la verdad sigue soplando por las alturas y al final acaba por destruirla.

Henry David Thoreau


Desde el punto de vista de sus consecuencias, un monje es un ser humano capaz de hacer cesar su propio viento para obedecer al ventisquero que se forma después, obedeciendo hasta el extremo de llegar a ser institución, pero sin dejar de ser también, en las alturas, ese viento que sigue soplando y al final acaba por destruirla. Para ser monje se necesita ineludiblemente una institución, y mientras más fuerte mejor, pero dentro de ella, siendo fiel a ella, es un ser humano radicalmente des-institucionalizado que vive-anticipando una libertad absoluta en el sentido del memorial eucarístico, porque cuando cesa la verdad surge una institución. Como lo expresa Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia: «La Eucaristía hace presente el sacrificio de la Cruz, no se le añade y no lo multiplica. Lo que se repite es su celebración memorial, la «manifestación memorial» (memorialis demonstratio), por la cual el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo se actualiza siempre en el tiempo.» Ser manifestación memorial es la única forma de «demostrar», actualizándolo en el tiempo, el único y definitivo sacrificio redentor de Cristo. La Eucaristía no es institución, es memorial.


Por eso si en el presente siglo los hombres y mujeres que sean memorial no toman el volante, la humanidad definitivamente se irá al despeñadero. Obvio. A estas alturas y simas de la aventura humana el poder tiene que estar en manos de quienes sean capaces de ser al mismo tiempo institución y viento porque sólo ellos pueden impedir que cese la verdad. La verdadera y por lo tanto la única política humana tiene que ser forzosamente Eucarística, memorial. Política en el sentido de esta definición que da el diccionario: «Hábil para tratar a la gente o dirigir un asunto: hay que ser muy político para llevar a cabo este proyecto sin ofender a ninguno de los afectados.» Y hoy por hoy, la institución más hábil para tratar a la gente y dirigir sus asuntos sin ofender a ninguno de los afectados, es, sin duda, la institución monástica. En términos de Vida no podemos añadir ni multiplicar nada, por ahí lo único que logramos es exacerbar nuestros tumores; de lo que se trata es de actualizar en nuestro tiempo y circunstancias la plenitud que ya somos y que no podemos dejar de ser de ninguna manera: El hombre sabio, entonces, cuando ha de gobernar, sabe cómo no hacer nada. Al dejar las cosas estar, descansa en su naturaleza original. Aquel que gobierne respetará al gobernado ni más ni menos que en la medida en que se respete a sí mismo. Si ama su propia persona lo suficiente como para dejarla descansar en su verdad original, gobernará a los demás sin hacerles daño. Dejadlo que evite que los profundos impulsos de sus entrañas entren en acción. Dejadlo estar tranquilo, sin mirar, sin oír. Dejadlo estar sentado como un cadáver, con el poder del dragón vivo en torno de sí. En completo silencio, su voz será como el trueno. Sus movimientos serán invisibles, como los de un espíritu, pero los poderes del Cielo irán con ellos. Inalterado, sin hacer nada, verá todas las cosas madurar a su alrededor. ¿De dónde sacará tiempo para gobernar? (Thomas Merton comentando/parafraseando al filósofo chino Chuang Tzu)


Y continúa Thoreau:


Este mundo es un lugar de ajetreo. ¡Qué incesante bullicio! Casi todas las noches me despierta el resoplido de la locomotora. Interrumpe mis sueños No hay domingos. Sería maravilloso ver a la humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados para los dólares y los céntimos. Un irlandés, al verme tomar notas en el campo, dio por sentado que estaba calculando mis ganancias. ¡Si un hombre se cae por la ventana de niño y se queda inválido o si se vuelve loco por temor a los indios, todos lo lamentan principalmente porque eso le incapacita para... trabajar! Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar.


El monje toma notas en el campo no para calcular sus ganancias sino para investigar la forma de parar su incesante trabajar. Sin embargo, hay que resaltarlo: está en el campo y toma notas en un simple cuaderno para escribir ideas. En medio del resoplido de la locomotora irrumpe con su domingo. Es el anuncio que en él o ella se hace memorial. Su tarea es hacer que en sí mismo la humanidad descanse por una vez. Es siempre un ser humano que se calló por la ventana de niño y quedó inválido o se volvió loco, alguien incapacitado para… trabajar. No puede ser cómplice del crimen y por eso no le queda otra que la poesía, sin olvidar, claro, que «un poeta es la cosa menos poética del mundo.» (Keats)


Violentando cajas fuertes


Como garantía contra los ladrones que roban bolsos,

desvalijan equipajes y revientan cajas fuertes,

uno debe asegurar todas las propiedades

con cuerdas, cerrarlas con candados,

acerrojarlas con cerrojos.

Esto (para los propietarios)

es del más elemental sentido común.

Pero cuando aparece un ladrón fuerte, se lleva todo,

se lo echa a la espalda y sigue su camino,

con un solo temor:

que cedan las cuerdas, candados y cerrojos.

Así, lo que el mundo llama buen negocio

noes más que una forma de amasar un botín,

empaquetarlo y asegurarlo,

formando una carga cómoda

para los ladrones más audaces.

¿Quién hay, entre los llamados inteligentes,

que no desperdicie su tiempo amasando

un botín para un ladrón mayor que él?


***


En la tierra de Khi, de pueblo a pueblo,

se podía oír el canto de los gallos, el ladrido de los perros.

Los pescadores lanzaban sus redes,

los campesinos araban los anchos campos,

todo estaba pulcramente señalado con líneas de demarcación.

En quinientas millas cuadradas

había templos para los antepasados,

altares para los dioses de los campos y espíritus del grano.

Cada cantón, condado y distrito

era gobernado con arreglo a las leyes y estatutos...

Hasta que una mañana el fiscal general, Tien Khang Tzu,

liquidó al rey y se apoderó de todo el Estado.

¿Quedó acaso conforme con robar la tierra?

No, se apoderó también de las leyes y de los estatutos,

y con ellos de todos los abogados,

por no mencionar a la policía.

Todos formaban parte del mismo paquete.


Por supuesto, la gente llamaba ladrón a Khan Tzu,

pero lo dejaban tranquilo

viviendo tan feliz como los Patriarcas.

Ningún pequeño Estado levantaba la voz contra él,

ningún gran Estado hizo el más mínimo movimiento en su contra.

Así que durante doce generaciones el estado de Khi

perteneció a su familia.

Nadie interfirió sus derechos inalienables.


***


El invento

de los pesos y medidas

hace más fácil el robo.

La firma de contratos, la implantación de sellos,

hacen más seguro el robo.

Enseñar amor y obligaciones

suministra un lenguaje adecuado

con el cual demostrar que el robo

es en realidad para el bien de todos.

Un hombre pobre ha de ser ahorcado,

por robar una hebilla de cinturón,

pero si un hombre rico roba todo un Estado

es aclamado como el estadista del año.


De modo que,

si queréis escuchar los mejores discursos

sobre el amor, el deber, la justicia, etc.,

escuchad a los hombres de Estado.

Pero cuando el arroyo se seca,

nada crece en el valle.

Cuando el montículo se aplana,

el hueco junto a él se llena.

Y cuando los hombres de Estado y los abogados

y los predicadores del deber desaparecen,

no hay tampoco más robos

y el mundo queda en paz.


Moraleja: cuanto más acumules principios éticos

y deberes y obligaciones,

para meter en cintura a todo el mundo,

más botín acumulas para los ladrones como Khang.

Por medio de argumentos éticos y principios morales,

se demuestra finalmente

que los mayores crímenes eran necesarios,

y que de hecho fueron un señalado beneficio

para la humanidad.


(Chuang Tzu, leído, «interpretado», por Thomas Merton)


El monje demuestra, hace memorial con su ser de lo verdaderamente necesario. Es eficaz y no hace daño porque ama su propia persona lo suficiente como para dejarla descansar en su verdad original, evitando que los profundos (y artificiales) impulsos de sus entrañas entren en acción. Gobierna, es decir, trata a la gente, dirige los asuntos, lleva a cabo los proyectos, sin ofender a ninguno de los afectados, viendo todas las cosas madurar a su alrededor.

Identidad Monástica


Si hubiera que darle un nombre a lo monástico entendido como un ingrediente o un matiz de la identidad humana, yo lo llamaría ritmo. El monje, que todo ser humano ES, aspira a que su vida tenga el ritmo de Dios. La Verdad hecha carne no puede ser otra cosa que ritmo.


El Diccionario de la Lengua Española da cuatro definiciones de ritmo:


1. Orden al que se sujeta la sucesión de los sonidos en la música.

2. Ordenación armoniosa y regular, basada en los acentos y el número de sílabas, que puede establecerse en el lenguaje.

3. Orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas.

4. Velocidad a que se desarrolla algo.


Todo aquello que «no es verdad» no es otra cosa que una distorsión del ritmo. Pero esto no quiere decir que exista un ritmo ideal e inamovible al cual todo lo que suceda deba sujetarse mecánica o moralistamente. Afirmar que Dios es ritmo es sólo una forma de afirmar que Dios es silencio porque la interpretación simultanea de todos los ritmos posibles (es decir, lo que hace Dios: música) va más allá de cualquier posibilidad humana de percepción, nos desborda por completo. Y frente al silencio no nos queda otra que obedecer aquello que se nos revela. Una de las revelaciones del orden al que se sujeta la sucesión de los sonidos de la música divina es Jesús de Nazaret: una ordenación armoniosa y regular, basada en los acentos… que puede establecerse en el lenguaje. Obedecer lo que se nos revela en Jesús de Nazaret es darle a nuestra vida un orden acompasado en la sucesión o acaecimiento de las cosas: imprimirle la velocidad pertinente (verdadera) a nuestro propio desarrollo. La verdad no es una imposición desde afuera, es la revelación de lo que sucede adentro, una manifestación, una epifanía, una interpretación musical de identidad.


«En ese momento se acercaron algunos fariseos que le dijeron: "Aléjate de aquí, porque Herodes quiere matarte". El les respondió: "Vayan a decir a ese zorro: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos, como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos, y tú no quisiste! Por eso, a ustedes la casa les quedará vacía. Les aseguro que ya no me verán más, hasta que llegue el día en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

(Lucas 13,31-35)


Ante el avance de la muerte que lo quiere copar, los colmillos del zorro, el monje Jesús de Nazaret afirma su propio ritmo: hoy y mañana expulso a los demonios y realizo curaciones, y al tercer día habré terminado. Pero debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado, porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén. Con su ritmo, que es su manera de hacer vida, lo que defiende es el lugar en que «debe» morir: Jerusalén, precisamente aquel que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados. Y debe morir allí para ser eficaz, para que su fracaso humano, su imposibilidad de reunir bajo sus alas a los pollitos, haga que la casa les quede vacía, es decir, desencadene un ritmo que anticipe ese día (que vendrá después pero que ya sucede) en que digan: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! Quien sabe vivir al ritmo que le permite morir en el lugar en que «debe» morir, aunque experimente la frustración y el vacío cosecha bendiciones. Es lo que nos envía a que vayamos a decirle al zorro, nuestro propio camino hacia Jerusalén. Un anuncio musical.


El monje, mediante su fidelidad al ritmo que le revela Jesús de Nazaret, siendo dócil al orden al que se sujeta la sucesión de los sonidos en la música que se le da, escoge todos los acentos, interpreta todas las posibilidades musicales: hace silencio, es eco de Dios.


El desarrollo inarmónico y desacompasado de lo humano genera ritmos aparentes. Es una manera de afirmar que en realidad niega. «Disparos sobre una idea», como dice Benjamín Constant del ingenio. Efectivamente, el ingenio mata la idea, el problema, la pregunta. Es la costumbre más nefasta que se pueda adquirir. Hay un automatismo del ingenio del que hay que huir como de la peste y del que es necesario curarse si uno llega a contraerlo. El ingenio es una debilidad, sobre todo cuando es premeditado, quiero decir, explotado. (A. Artaud). El ingenio que no está en sintonía con el modo de hacer de Dios no genera música sino ruido, interferencia, es la costumbre más nefasta que se pueda adquirir.


Ese automatismo del ingenio que es el sustento dinámico del tumor que hoy se llama «civilización» es la enfermedad de la que el monje intenta curarse. Sabe que en el orden del espíritu, cualquier producción hecha sin necesidad es un pecado contra el espíritu (A. Artaud), por eso se impone un ritmo dentro del cual todo lo que hace responde exclusivamente a una necesidad espiritual. No cede ante su propia debilidad explotándose a si mismo en el sentido del tumor, se niega a ser cómplice. La única premeditación que acepta es la de la revelación que se le hace. Vive sólo el afán de cada día porque sabe que el resto es añadidura. Es así como su ser genera el vacío que preña la realidad con la espera de la bendición. Así reúne a los hijos de Jerusalén como la gallina reúne bajo sus alas a los pollitos.


El monje opta por ser bendición, es el motivo de su obediencia. Su ser es un vacío disponible dentro del cual Dios vuelve a tejer una sucesión armónica que tiene consecuencias «inesperadas» sobre la realidad. Es así como construye, negándose a matar la idea, el problema, la pregunta. Por eso R. Panikkar puede afirmar que Quizá los nuevos monasterios deberían ser centros donde se estudie y se cultive la verdadera “construcción” del mundo… realizando… un estudio contemplativo o una aproximación profunda a los problemas, de modo que no se consideren como simples cuestiones técnicas o como simples datos informativos, científicos o logísticos. Los dilemas globales de hoy no están sujetos a soluciones inmediatas o técnicas. El silencio del monje no es huida ni claudicación, es un estudio contemplativo, una aproximación profunda a los problemas, una forma de buscar soluciones sin considerar los dilemas globales de hoy como simples cuestiones técnicas o simples datos informativos, científicos o logísticos.


Y continúa Panikkar: aquí me siento impulsado a hacer una propuesta concreta… Va en contra de mi estilo, porque la historia demuestra que las cuestiones de este calibre no pueden ser resueltas organizando comisiones, sino más bien con el esfuerzo y la experiencia de unas pocas almas valientes. Quisiera transmitir la urgencia de construir una comisión o un grupo, o un simposio sobre la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo. Esto podría quizá crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial. El tiempo no puede estar ya más maduro. Más que la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo, habría que decir la formación monástica del mundo contemporáneo.


El esfuerzo y la experiencia de esas pocas almas valientes ya está convocando a ese simposio sobre la formación monástica en (de) nuestro mundo contemporáneo. La madurez del tiempo así lo impone. Se nos ha encomendado la responsabilidad de crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial, somos los anfitriones.


… en estos principios entiendo está todo el bien para lo de adelante; porque como hallan el camino, por él se van las de después.

Santa Teresa de Jesús


Desde un punto de vista objetivo, vivimos un tiempo y unas circunstancias en las que apenas si alcanzaremos a ocuparnos de (nuevamente) principiar. No somos gente que vaya a ver lo de adelante. El camino que seamos capaces de construir sólo lo notarán quienes vengan después. Es lo que una lectura mesurada y objetiva de los datos que se nos imponen nos dice que debemos esperar. Sin embargo, hacer camino, así sea uno que por ahora tenga mucho de invisible, implica tomar opciones concretas cada día, y en tiempos tan confusos es imposible predecir qué desarrollo y qué resonancia inmediata pueden tener esas opciones. Por ahí puede resultar que somos una generación destinada, en contra de todas sus evidencias, a ver el florecimiento de lo inesperado. Es objetivo, irónicamente objetivo, permanecer abiertos también a esa posibilidad.


Éste es el pentagrama sobre el cual La Fraternidad Monástica del Sagrado Corazón tiene que ir colgando las notas de su propio aporte, en comunión con el gran desplazamiento espiritual que vive la humanidad y siendo fieles a las opciones que definen su identidad y vocación particular y que le permitirán principiar como estamos llamados a hacerlo. Tenemos que ir generando una familia espiritual muy amplia, capaz de darle abrigo y alimento a una gran diversidad, pero capaz también de realizar fielmente todos los desplazamientos que ese principio -que no nos inventamos nosotros sino que nos es dado- nos señale como necesarios e innegociables. En la práctica significa ser blandos y rígidos al mismo tiempo.


Lo que se nos ha dado y de lo cual somos responsables, es una semilla. Nadie ha visto todavía cuál será la forma que tendrá esa planta, por eso, después de haber sembrado nos toca estar muy atentos a todo lo que brote del terreno porque no sabemos cuáles son los cuidados necesarios para llegar hasta el fruto. A medida que crece tenemos que ir aprendiendo con ella, pero anticipándonos el mínimo suficiente y tomando previsiones para que los cambios inevitables del clima no la aplasten antes de que tenga un tamaño y una fuerza interna que le permitan defenderse sola. Quizá sea un tipo de planta que germina fácilmente pero de la cual sólo están llamados a sobrevivir los brotes más fuertes, o puede ser lo contrario, un tipo de cultivo destinado a producir rápido e intensivamente. No podemos instalarnos en nuestros propios gustos y expectativas porque nos haríamos muy lentos para acoger las sorpresas y novedades que nos salgan al paso, pero tampoco podemos olvidar que es en nuestro Ser más profundo donde reside la respuesta que Dios espera de nosotros. No nos va a exigir lo que no somos, pero tampoco estamos seguros de saber lo que realmente somos.


Sin embargo, tal parece que sólo después de pasar (minuciosamente) por la muerte somos capaces de entender que la única salida es caminar juntos. Es lo que la historia nos señala. Sea como sea las cosas deben hacerse a «nuestra» manera. Todo medio para conseguir ese fin está justificado. Al otro lado piensan lo mismo y usan los mismos medios justificándolos con sus propios argumentos. Conclusión: uno de los dos debe morir. Pero como ninguno de los dos muere, el sufrimiento, la destrucción y la muerte se extienden a su antojo. No hay sino una manera eficaz de hacer opción por los pobres: haciendo opción por eso más grande que es lo único capaz de disolver la limitación humana: la misericordia. Eficacia en los términos más concretos socioeconómicos y políticos. Para que los pobres mejoren lo que ponen en su plato cada día lo que hace falta no es ser más luchadores sino más «grandes». Es el camino de Jesús de Nazaret. O todo y todos avanzamos, o nada y ninguno avanza. Es el gran dilema que, también como monjes, nos corresponde enfrentar hoy.


¿En qué consiste ser «grande»? En no distraerse. El problema son las distracciones. Si cada ser humano permaneciera en «su» lugar, si no cediera a la tentación de ocupar otros lugares que no le corresponden, reinarían el orden y la armonía. Cesaría la muerte. Nuestro paso obligado por la muerte es el camino hacia la toma de posesión de nuestro lugar. Cada uno de nosotros va a morir todas las veces que le hagan falta hasta cumplir ese objetivo. En eso consiste vivir. Lo único que existe es la vida, la muerte no es más que un síntoma de desorden.


Cuando Jesús decide callarse y no toma el camino de la lucha, de la resistencia, lo que hace es permanecer en su lugar. Las consecuencias que los otros le obligan a cargar por ello, la cruz, son el resultado de su ignorancia: no saben lo que hacen. El que se deja manipular por la ignorancia de los demás, se distrae, parece que reacciona, que lucha, podría tener argumentos para defenderse, pero en realidad lo que hace es ceder al desorden, permitir que la muerte suceda y le suceda.


La medida de la fidelidad al propio lugar, es decir, la medida de la propia grandeza (de la propia santidad) es la que determina nuestra capacidad real de construir, de hacer vida. Ser «grandes» (ser santos) en un mundo habitado por seres que en su mayoría no saben lo que hacen, implica ser capaces de cargar con las consecuencias de un desencuentro permanente: cargar con la cruz. No es un asunto de coraje, es un asunto de lucidez espiritual, de fidelidad al propio lugar. Es así como vivimos nuestra ciudadanía espiritual en Jerusalén.


Estamos en un mundo que es menester pensar lo que pueden pensar de nosotros para que hagan efecto nuestras palabras.

Teresa de Jesús


¡Ay Teresa, qué cosas dices! Entonces hay que lograr que lo que puedan pensar de nosotros sea lo «necesario», según la situación y los interlocutores, para que hagan efecto nuestras palabras. He ahí la necesidad de que nuestro lenguaje espiritual tenga los acentos necesarios para que lo que anunciamos haga efecto. Quien convence es el Ser, y un Ser es una determinada acentuación. En el imperio de los disfraces, de las manipulaciones mediáticas, no nos queda otra que ser capaces de pasar, con nuestro ser, por encima de los ropajes del otro, para establecer comunicación con su ser, porque sólo a ese nivel se puede dar un verdadero diálogo.


Eso quiere decir que se puede dar perfectamente el caso de estar comunicándonos muy profundamente con otro que cree o piensa que no se está comunicando con nosotros, o incluso que somos sus enemigos. No sabemos en quién nuestras palabras harán efecto realmente, es decir, no serán sólo intercambio de ropajes, de apariencias, sino sacramento, comunión. Y muchos de quienes creen o piensan estarse comunicando porque usan entre ellos muchas palabras, pueden estar en realidad a años luz de encontrarse. Nunca se sabe con quien uno se está realmente comunicando porque las resonancias y sintonías que surgen entre los diferentes acentos, entre los diferentes seres, se nos escapan.


Por eso, cuando lo interpelan diciéndole: -Oye, tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablar contigo, Él contestó: ¿quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo: Aquí están mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que pone por obra el designio de mi Padre del cielo, ése es hermano mío y hermana y madre (Mat. 12, 47-50). Es una corrección espiritual de formas. Hacer la voluntad de Dios es lo que nos permite la manifestación real de nuestro ser. Por eso sólo quienes hacen la voluntad de Dios son dueños de su ser y pueden establecer comunicación, aunque en el plano de las apariencias humanas no den señales de estarse comunicando. Es a ese nivel que se desarrollan nuestros verdaderos parentescos, que hacemos parte de una «familia». Por eso, a pesar de que en esa circunstancia concreta pareciera que la comunicación entre Jesús y su madre se cuestionara, incluso que se rompiera, nadie como ellos estaban en una más plena comunicación en el sentido de que ponían por obra, fielmente, el designio del Padre sobre cada uno. Son técnicas monásticas, contemplativas, de comunicación, que como anfitriones de ese simposio tenemos que saber utilizar.


¡Vamos a morir a Jerusalén!