7.23.2007

Viajeros...


«Los viajes son los viajeros.

Lo que vemos no es lo que vemos,

Sino lo que somos»




En una pared del centro de Cochabamba alguien escribió este graffiti: «La confusión es clarísima, tenemos que solucionar la crisis». En sintonía con este graffiti y respondiendo al tema de nuestro encuentro: «Ser contemplativo hoy en la realidad de Bolivia», Carlos de Foucauld hubiera podido escribir en una pared vecina su propia versión contemplativa: Es la gracia de Jesús la que lo hace todo, pero, aunque hay que contar con ella, hace falta también encontrar los medios que nos parezcan adecuados.


En este primer párrafo está dicho todo, pero para que los científicos no se sientan ofendidos démosle también la oportunidad de hablar:


«En la última década, ha aparecido un “movimiento” intelectual y académico denominado “transdisciplinariedad”, el cual desea ir “más allá” (trans), no sólo de la unidisciplinariedad, sino también, de la multidisciplinariedad y de la interdisciplinariedad. Aunque la idea central de este movimiento no es nueva, su intención es superar la parcelación y fragmentación del conocimiento que reflejan las disciplinarias particulares y su consiguiente hiperespecialización, y, debido a esto, su incapacidad para comprender las complejas realidades del mundo actual, las cuales se distinguen, precisamente, por la multiplicidad de los nexos, de las relaciones y de las interconexiones que las constituyen.


Las realidades del mundo actual se han ido volviendo cada vez más complejas. A lo largo de la segunda parte del siglo XX y, especialmente, en las últimas décadas, las interrelaciones y las interconexiones de los constituyentes biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales y ecológicos, tanto a nivel de las naciones como a nivel mundial, se han incrementado de tal manera, que la investigación científica clásica y tradicional se ha vuelto corta, limitada e insuficiente para abordar estas nuevas realidades. Han revelado su insuficiencia, sobre todo, los enfoques unidisciplinarios o monodisciplinarios, es decir, aquellos que, con una visión reduccionista, convierten todo lo nuevo, diferente y complejo, en algo más simple y corriente, quitándole su novedad y diferencia y convirtiendo el futuro en pasado. De esta manera, se cierra el camino a un progreso originario y creativo, y se estabiliza a la generación joven en un estancamiento mental.


En las últimas décadas, en efecto, un limitado número de académicos ha enfrentado este problema, en las universidades más progresistas del planeta, iniciando, primero, unos estudios multidisciplinarios, luego, estudios interdisciplinarios y, finalmente, estudios transdisciplinarios o metadisciplinarios; es decir, estudios que ponen el énfasis, respectivamente, en la confluencia de saberes, en su interacción e integración recíprocas, o en su transformación y superación.


El acometer esta tarea no es cosa fácil. Tiene dificultades de muy diversa naturaleza. La primera y más importante de todas es la referida al lenguaje. Las realidades nuevas no pueden ser designadas o nombradas con términos viejos, pues, al hacerlo, se pierde la comprensión y la comunicación de su novedad y, sencillamente, ¡no nos entendemos! Esto es lo que le pasó a los físicos, a principios del siglo XX, al descubrir toda la dinámica de la mecánica cuántica, irreducible a los términos de la física newtoniana anterior. Necesitamos acuñar términos nuevos, o redefinir los ya existentes, generar nuevas metáforas que revelen las nuevas interrelaciones y perspectivas, para poder abordar estas realidades que desafían nuestra mente inquisitiva. Y no sólo los términos para designar partes, elementos, aspectos o constituyentes, sino, y sobre todo, la metodología para enfrentar ese mundo nuevo y la epistemología en que ésta se apoya y le da significado, lo cual equivale a sentar las bases de un nuevo paradigma científico.» [Miguel Martínez Mígueles. Transdisciplinariedad: un enfoque para la complejidad del mundo actual]


¡Quién creyera entonces lo cerca que estamos hoy los contemplativos de los científicos! Aprovechando ese parentesco y aceptando la invitación a abrirnos a nuevos lenguajes y metáforas podríamos afirmar que la espiritualidad de Carlos de Foucauld aspira a ser hoy una espiritualidad transdisciplinaria.


Carlos de Foucauld es un hombre complejo. Pretender negar o atenuar la complejidad de su espiritualidad con la intención de afirmar una supuesta sencillez evangélica es, como lo diría nuestro primo científico: convertir todo lo nuevo, diferente y complejo, en algo más simple y corriente, quitándole su novedad y diferencia y convirtiendo el futuro en pasado. De esta manera, se cierra el camino a un progreso originario y creativo, y se estabiliza a la generación joven en un estancamiento mental. La eficacia del método evangelizador de Carlos de Foucauld, Nazaret, el «apostolado de la bondad», se afirma no en un esfuerzo de rigor moralista sino en una lucidez humana que casi nunca se explicita con la suficiente fuerza: Los indígenas nos reciben bien. Pero esto no es sincero: ceden ante la necesidad. ¿Cuánto tiempo necesitan para que sean reales los sentimientos que simulan? Quizá no los tengan jamás.


Este hecho, este no hacerse ilusiones con respecto a los “buenos sentimientos” que pudieran despertar en los otros todo su esfuerzo de bondad, no le impide establecer con ellos un tipo de comunicación descrita muy bien por su amigo el general Laperrine que se irritaba con quienes lo criticaban por no «evangelizar»: ¿Y sus conversaciones? ¿Y su ropa? Cuando alguien se presenta ante la puerta de la ermita, fray Carlos aparece, con la mirada llena de serenidad y la mano tendida, envuelto en una túnica blanca, en la cual hay cosido un corazón rojo coronado por una cruz. Esa imagen del Sagrado Corazón proclama la fe de ese hombre blanco, y toda su vida pone de manifiesto el Evangelio. Los indígenas no se equivocan. Volviendo a nuestro parentesco con ese limitado número de académicos que está enfrentado este problema de la complejidad en las universidades más progresistas del planeta, podríamos entender en la afirmación del general Laperrine que la espiritualidad de Carlos de Foucauld no sólo tiene términos para designar partes, elementos, aspectos o constituyentes, sino, y sobre todo, es una metodología para enfrentar ese mundo nuevo… lo cual equivale a sentar las bases de un nuevo modelo de espiritualidad.


Partiendo de aquí podríamos afirmar que el énfasis de la manera novedosa que tiene Carlos de Foucauld de evangelizar, su eficacia espiritual (que a nosotros nos gusta llamar «eficacia eucarística»), no está en ser muy riguroso en la explicitación y observancia de determinado código moral, o muy «religioso» en cuanto a actos de piedad o devoción, sino en saberse colocar de tal manera que los otros no se equivoquen. Ésa es su manera de comunicar la Buena Nueva, que en términos cristianos llamamos evangelización. Ésa es también, volviendo a nuestro graffiti inicial, su forma de aportar para solucionar la crisis… aunque quizá nunca logre despertar en los demás unos bonitos sentimientos que le permitan alimentar la ilusión de que no ceden ante él por pura necesidad.


¿De qué sirve una evangelización triunfalista realizada en base a grandes obras sociales o a la multiplicación de sacramentos si al final lo que logramos con todo ese alboroto es que los indígenas se equivoquen…?


Si nos ceñimos a la objetividad del lenguaje es evidente que la confusión es precisamente lo contrario a la claridad. Sin embargo, en la perspectiva de generar nuevas metáforas que revelen nuevas interrelaciones y perspectivas, nuestro graffiti puede afirmar sin ningún pudor que en la Bolivia del año 2007 la confusión es clarísima. No es una afirmación novedosa, es lo mismo que se ha venido repitiendo durante los últimos años refiriéndose, con sus propios condimentos locales, no sólo a la realidad boliviana sino mundial: es la humanidad entera la que atraviesa una confusión clarísima.


En ese contexto, de lo que se trata, para nosotros contemplativos, es de sabernos colocar en esa realidad de tal manera que quienes toquen a nuestra puerta puedan escuchar aquello que estamos llamados (y obligados) a comunicar, es decir, no se equivoquen, y para ello tenemos que encontrar los medios que sean realmente adecuados. ¿Qué es lo que estamos llamados y obligados a comunicar? Pues que Es la gracia de Jesús la que lo hace todo. Como lo esperaba Carlos de Foucauld de sus posibles compañeros de aventura: …Viéndolos se debe ver en qué consiste la vida cristiana, qué es la religión cristiana, qué es el Evangelio, quién es Jesús… deben ser un Evangelio vivo: las personas alejadas de Jesús, deben, sin libros ni palabras, conocer el Evangelio por su manera de vivir. Estamos llamadas y llamados a mostrarnos, a revelarnos a nosotros mismos. Ésa es nuestra manera eficaz de enfrentar la crisis. Y no son nuestras palabras ni nuestros libros los que nos revelan, es nuestra manera de vivir.


Sin embargo, quien hoy se atreve a vivir con la puerta abierta se halla frente a una realidad que cada día que pasa se hace más compleja, constituida por múltiples relaciones, interconexiones y nexos. Como se afirmaba más arriba: Las realidades del mundo actual se han ido volviendo cada vez más complejas. A lo largo de la segunda parte del siglo XX y, especialmente, en las últimas décadas, las interrelaciones y las interconexiones de los constituyentes biológicos, psicológicos, sociales, económicos, políticos, culturales y ecológicos, tanto a nivel de las naciones como a nivel mundial, se han incrementado de tal manera, que la investigación científica clásica y tradicional se ha vuelto corta, limitada e insuficiente para abordar estas nuevas realidades. Exactamente lo mismo podríamos afirmar en términos religiosos: nuestra espiritualidad clásica y tradicional se ha vuelto corta, limitada e insuficiente para abordar estas nuevas realidades.


¿Cómo hallar una manera de vivir que nos permita ser una revelación viva de la manera como HOY la gracia de Jesús lo hace todo? ¿Cómo desarrollar un lenguaje que de cuenta de la novedad compleja del Evangelio en el centro mismo de una realidad que nos desborda y que se multiplica en todas las direcciones posibles con una rapidez cancerosa?


Esa respuesta no nos la puede dar una palabra, un libro, una doctrina. Sólo una persona que haya sido capaz de hacer de sí mismo la revelación más plena posible de la divinidad en el centro mismo de lo humano podría comunicarnos esa experiencia. Esa persona es para nosotros Jesús de Nazaret, quien a pesar de contar a su favor con el hecho y la gracia de ser Hijo de Dios, tuvo también que encontrar, con sus propios recursos humanos, los medios que le parecieron adecuados. Invitándonos a ese itinerario espiritual, Carlos de Foucauld nos sugiere: Expulsar lejos de nosotros el espíritu militante… leyendo y releyendo sin cesar el Santo Evangelio para tener siempre delante de nosotros el espíritu, los actos, las palabras, los pensamientos de Jesús, para pensar, hablar y actuar como Jesús. Y con su realismo habitual también nos recuerda que: Esto tendrá inconvenientes, pero es mejor obedecer a Dios antes que a los hombres.


La pregunta, en palabras de Carlos de Foucauld, sería ¿cómo pensar, hablar y actuar como Jesús de Nazaret lo haría para vivir el anuncio de la Buena Nueva en medio de la complejidad de la Bolivia de hoy?


Pienso no ser exagerado al afirmar que Bolivia, corazón de América Latina, es un lugar privilegiado para realizar la búsqueda (la investigación) de una manera radicalmente novedosa de vivir. Aquí, desde el punto de vista humano y espiritual, contamos gratuitamente con informaciones que en muchos lugares el mundo ya han sido casi abolidas de la memoria de los seres humanos. Frente a la aparente pobreza de Bolivia y la aparente riqueza el mundo ultra tecnificado, habría que recordar lo que dice el escritor Manuel Vásquez Montalbán:


Inútil escrutar tan alto cielo;

inútil cosmonauta el que no sabe el nombre de las cosas que le ignoran,

el color del dolor que le mata;

inútil cosmonauta el que contempla estrellas para no ver las ratas.


El problema es que desde hace un buen tiempo ya nuestra comprensión de lo que es «radical» y lo que es «novedad» se viene revelando como vieja, caduca, insuficiente. Se habla por ejemplo de cosas como una nueva evangelización pero en realidad lo que se hace es regresar a metodologías que afirman lo más viejo de la vieja evangelización. Se quiere volver a preñar de significado ciertas palabras pero convirtiendo todo lo nuevo, diferente y complejo, en algo más simple y corriente, quitándole su novedad y diferencia y convirtiendo el futuro en pasado.


Gabriel García Márquez pronunció este discurso el 8 de marzo de 1999, en la sesión inaugural del foro América Latina y el Caribe frente al Nuevo Milenio, llevado a cabo en París:


Ilusiones para el Siglo XXI


«El escritor italiano Giovanni Papini enfureció a nuestros abuelos en los años cuarenta con una frase envenenada: "América está hecha con los desperdicios de Europa". Hoy no sólo tenemos razones para sospechar que es cierto, sino algo más triste: que la culpa es nuestra.


Simón Bolívar lo había previsto, y quiso crearnos la conciencia de una identidad propia en una línea genial de su Carta de Jamaica: "Somos un pequeño género humano". Soñaba, y así lo dijo, con que fuéramos la patria más grande, más poderosa y unida de la tierra. Al final de sus días, mortificado por una deuda de los ingleses que todavía no acabamos de pagar, y atormentado por los franceses que trataban de venderle los últimos trastos de su revolución, les suplicó exasperado: "Déjennos hacer tranquilos nuestra Edad Media".


Terminamos por ser un laboratorio de ilusiones fallidas. Nuestra virtud mayor es la creatividad, y sin embargo no hemos hecho mucho más que vivir de doctrinas recalentadas y guerras ajenas, herederos de un Cristóbal Colón desventurado que nos encontró por casualidad cuando andaba buscando las Indias.


(…)


A ustedes, soñadores… les corresponde la tarea histórica de componer estos entuertos descomunales. Recuerden que las cosas de este mundo, desde los transplantes de corazón hasta los cuartetos de Beethoven estuvieron en la mente de sus creadores antes de estar en la realidad. No esperen nada de siglo XXI, que es el siglo XXI el que los espera todo de ustedes. Un siglo que no viene hecho de fábrica sino listo para ser forjado por ustedes a nuestra imagen y semejanza, y que sólo será tan glorioso y nuestro como ustedes sean capaces de imaginarlo.»


Siguiendo el hilo de este discurso, y haciéndolo sonar en el centro mismo de la actual complejidad de la realidad boliviana, podríamos afirmar con Carlos de Foucauld que: Si no somos capaces de que estos pueblos se unan a nosotros, nos rechazarán. Desde luego, nosotros no venimos de afuera, no somos extranjeros, estos pueblos somos nosotros mismos que estamos llamados a ser capaces de unirnos a nosotros mismos, a nuestra propia y rica complejidad, para dejar de rechazarnos, porque Hoy tenemos razones para sospechar que la culpa de ese rechazo es en gran parte nuestra. No es otro el objetivo que hasta ahora ha tenido, y que por siempre tendrá, el proceso de Formación y Vida de la Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld: Liberar nuestra virtud mayor, la creatividad. La gracia de Jesús que lo hace todo no es otra que nuestra propia gracia de Hijas e Hijos de Dios.


Evo Morales, en su discurso de posesión como presidente, recordaba:


“Quiero decirles, para que sepa la prensa internacional, a los primeros aymaras, quechuas que aprendieron a leer y escribir, les sacaron los ojos, cortaron las manos para que nunca más aprendan a leer, escribir. Hemos sido sometidos, ahora estamos buscando cómo resolver ese problema histórico, no con venganzas, no somos rencorosos.


Estamos acá para decir, basta a la resistencia. De la resistencia de 500 años a la toma del poder para 500 años, indígenas, obreros, todos los sectores para acabar con esa injusticia, para acabar con esa desigualdad, para acabar sobre todo con la discriminación, opresión donde hemos sido sometidos como aymaras, quechuas, guaraníes.”


Como contemplativas y contemplativos podemos asumir plenamente la afirmación de que Estamos acá para decir, basta a la resistencia. El contemplativo es precisamente alguien que en comunión con el gesto eucarístico de Jesús de Nazaret, hace el tránsito de la resistencia al poder. Pero no es un tránsito inocente, políticamente neutro, es un tránsito que se hace desde aquellos a quienes les sacaron los ojos, cortaron las manos para que nunca más aprendan a leer, escribir. Es dentro de esa dinámica, que no es otra que la de la misericordia, que Carlos de Foucauld, aún sabiendo que esto tendrá inconvenientes, busca los lugares perfectos para la toma de contacto, para establecerse en pleno centro de los campamentos. Es así como se explica la eficacia eucarística de su metodología de evangelización: Expulsar lejos de nosotros el espíritu militante… leyendo y releyendo sin cesar el Santo Evangelio para tener siempre delante de nosotros el espíritu, los actos, las palabras, los pensamientos de Jesús, para pensar, hablar y actuar como Jesús.


En el Discurso al Primer Congreso Constituyente de Bolivia, el 25 de mayo de 1826, Simón Bolívar exclamaba:


« ¡Legisladores! Vuestro deber os llama a resistir el choque de dos monstruosos enemigos que recíprocamente se combaten, y ambos os atacarán a la vez: la tiranía y la anarquía forman un inmenso océano de opresión, que rodea a una pequeña isla de libertad, embestida perpetuamente por la violencia de las olas y de los huracanes, que la arrastran sin cesar a sumergirla. Mirad el mar que vais a surcar con una frágil barca, cuyo piloto es tan inexperto.»


La validez y actualidad de sus palabras, dirigidas hoy, 181 años después a la Asamblea Constituyente de Sucre, es evidente. Los dos mismos monstruos desatados: la tiranía y la anarquía, continúan atacándonos a la vez. Seguimos intentando surcar el mar en una frágil barca, y, como se empeñan en remarcar cada día los medios de comunicación: nuestro piloto es inexperto…


Frente a esta realidad que algunos días puede parecer destinada ineludiblemente al caos, caen bien algunas afirmaciones del pensador Edgar Morin:


« ¿Civilizar la Tierra? ¿Pasar de la especie humana a la humanidad? ¿Pero qué esperar del Homo sapiens demens? ¿Cómo ocultar el gigantesco y terrorífico problema de las carencias del ser humano? En todo tiempo, por todas partes, dominación y explotación han predominado sobre la ayuda mutua y la solidaridad; en todo tiempo, por todas partes, el odio y el desprecio han predominado sobre la amistad y la comprensión, por todas partes las religiones de amor y las ideologías de fraternidad han aportado más odio e incomprensión que amor y fraternidad.»


«Debemos superar la repulsión ante lo que no se adecua a nuestras normas y tabúes, y superar la enemistad contra el extranjero, sobre el que proyectamos nuestros temores a lo desconocido y lo extraño. Ello exige un esfuerzo recíproco procedente de ese extranjero, pero hay que comenzar por comenzar...»


«Las únicas resistencias están en las fuerzas de cooperación, comunicación, comprensión, amistad, comunidad, amor, siempre que estén acompañadas por la perspicacia y la inteligencia, cuya ausencia puede, por el contrario, favorecer las fuerzas de la crueldad... Son siempre las más débiles, pero gracias a ellas hay sociedades vivibles, familias amantes, amistades, amores, abnegaciones, caridades, compasiones, entusiasmos y, gracias a ellas, de caos en tumbo, de tumbo en caos, el mundo funciona, caín-sinamente sin verse total y permanentemente sumergido por la barbarie. Estas virtudes comportan en sí mismas crueldad para quien les es exterior, antagonista o simplemente indiferente, pero son ellas las que hacen vivible la vida, no deseable la muerte; son ellas las que, en el nivel de los humanos, mantienen lo que hay de más precioso y que, al mismo tiempo, es lo más mortal y amenazado, y el amor por encima de todo.»


«Estas débiles fuerzas son las que nos permiten creer en la vida, y la vida lo que nos permite creer en estas débiles fuerzas. Sin ellas, sólo habría el horror de la pura coerción, de la destrucción en masa, de la desintegración generalizada. La peor crueldad del mundo y lo mejor de la bondad del mundo están en el hombre.»


«Debemos resistirnos a lo que separa, a lo que desintegra, a lo que aleja, sabiendo que la separación, la desintegración, el alejamiento ganarán la partida. La resistencia es lo que acude en ayuda de esas débiles fuerzas, es lo que defiende lo frágil, lo perecedero, lo hermoso, lo auténtico, el alma. Es lo que puede abrir una brecha en el caparazón de la indiferencia para, de sonrisa en sonrisa, consolar los llantos. Sonreír, reír, bromear, jugar, acariciar, abrazar es también resistir.»


«Resistir, resistir primero a nosotros mismos, nuestra indiferencia y nuestra falta de atención, nuestro cansancio y nuestro desaliento, nuestros malos impulsos y mezquinas obsesiones. Resistir por/para/con amistad, caridad, piedad, compasión, ternura, bondad. La resistencia a la crueldad del mundo debe intentar mantener la unión en la separación, atar lo que es libre dejándolo libre, provocar el arrepentimiento concediendo el perdón.»


«La aventura sigue siendo desconocida. Tal vez la era planetaria se hunda antes de haber podido florecer. Tal vez la agonía de la humanidad sólo produzca muerte y ruinas. Pero lo peor no es seguro todavía, no todo está todavía decidido. Sin que exista por ello certidumbre, ni siquiera probabilidad, hay posibilidad de un porvenir mejor.»


«La tarea es inmensa e incierta. No podemos sustraernos a la desesperanza, ni a la esperanza. La misión y la dimisión son igualmente imposibles. Debemos armarnos de una «ardiente paciencia». Estamos en vísperas, no de la lucha final, sino de la lucha inicial.»


«Proseguir el esfuerzo cósmico desesperado que, en el humano, toma la forma de una resistencia a la crueldad del mundo es lo que yo denominaría esperanza.»


Lo expresado hasta aquí es un buen resumen de lo que hoy en Bolivia estamos llamadas/os a vivir como Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld. Es nuestro aporte contemplativo. Dicho en otras palabras: un contemplativo es alguien que, mediante la experiencia de su propio ser de Hija o Hijo de Dios, HACE la claridad en medio de la confusión y soluciona la crisis. En palabras de Carlos de Foucauld: Veamos las cosas como son, a la gran luz de la fe, que ilumina nuestros pensamientos con una claridad tan luminosa que nos hace ver las cosas con una visión diferente de la de las pobres almas del mundo. La costumbre de mirar las cosas a la luz de la fe nos eleva por encima de la niebla y el barro de este mundo y nos transporta a otra atmósfera, a pleno sol, a una calma serena, a una paz luminosa, por encima de la región de las nubes, los vientos y las tempestades, fuera de la zona del crepúsculo y de la noche.


El ver del contemplativo no es teoría, su ver es el hecho de implicarse. ¿Implicarse en qué? En todo. ¿Qué es todo? Todo es desde lo más pequeño, cotidiano y aparentemente intrascendente, hasta lo más grande, global y complejo. Desde la forma de cocinar la sopa del día hasta las investigaciones científicas y sociales más especializadas, pasando por toda la gama posible de las creaciones artísticas y técnicas. Para eso no hace falta colocarse en un lugar especial o privilegiado, no hace falta tener colgada en la pared del living una colección impresionante de títulos universitarios, basta con echar raíces en el metro cuadrado de tierra que la vida nos impone. El hecho de implicarse no es señal de ningún tipo de autosuficiencia, de mérito o de seguridad humana. Lo que damos como contemplativos es algo que sólo es real en el momento mismo de darse, de comunicarse. Un paso más allá lo perdemos, volvemos a estar desnudos. El contemplativo no es objeto de nada, no le aporta «peso» a la realidad, no estorba de ninguna manera: La virtud del contemplativo es que dispensa de sus virtudes a los demás; su virtud positiva es a fin de cuentas la de Dios, que él realiza en su visión (Frithjof Schuon). No se implica porque sea o se sienta capaz de dar una respuesta, se implica porque no selecciona, lo acoge y lo acepta todo: se asume como implicado… y ésa es precisamente la respuesta. Mientras menos capacidades humanas tenga para justificarse la intensidad de su eficacia contemplativa será mayor. Su único premio, si es que se puede llamar así, consiste en que, como dice Santo Tomás: Es más perfecto iluminar que ver la luz solamente, y comunicar a los demás lo que se ha contemplado, que sólo contemplar.


En su camino de búsqueda de mejores condiciones de vida para sus mayorías tradicionalmente discriminadas y empobrecidas, Bolivia vive hoy, sin duda, una gran crisis. La solución a esa crisis, de una complejidad enorme, no es nada fácil. En eso todos estamos de acuerdo (aunque es un acuerdo interiormente preñado de desacuerdos). Lo que pasa allí, en el centro de esa crisis es ese Todo al cual somos enviados como contemplativos: nuestro lugar de misión. Dadas las condiciones de globalización que para bien y para mal vive hoy la humanidad, que no podemos evitar de ninguna manera, es un hecho que gran parte de las fuerzas que determinarán nuestro destino en medio de la crisis se nos imponen desde afuera y lo único que podemos hacer es tratar de establecer con ellas una negociación que nos resulte favorable. Es lo que con mayor o menor sabiduría intenta hacer el actual gobierno.


Sin embargo, a pesar de todos los condicionamientos externos disponemos de un ingrediente original que hace parte de ese tesoro que de maneras muy diversas han sabido mantener vivo todos aquellos que han quedado puerta fuera del banquete excluyente de la prosperidad. Los aparentemente vencidos y echados fuera, tejen, la mayoría de veces sin ser concientes de ello, una propuesta distinta de humanidad, un ser humano nuevo. Y a los dueños del poder les interesa que sigan ignorándolo. Para describir ese ingrediente original, nuestra participación en esa semilla de nueva humanidad, vamos a utilizar aquí una expresión de San Juan de la Cruz: una chispa de puro amor es más preciosa ante Dios, más útil para el alma y más rica en bendiciones para la Iglesia que todas las obras piadosas juntas, aun cuando, según las apariencias, uno no haga nada.


Con estas treinta y ocho palabras San Juan de la Cruz nos regala el manual más perfecto posible de eficacia contemplativa. El único objetivo que para nosotros tiene sentido es vivir esa chispa de puro amor. Suena fácil, tendemos muy rápidamente a identificar esa chispa con aquellos sentimientos que consideramos espontáneamente como «amor». Suponemos que por tener una familia, un padre y una madre, una esposa o un esposo, unos hijos, ya está garantizada nuestra experiencia de esa chispa de puro amor. ¡Cuántas veces nuestros bonitos sentimientos hacia los demás, nuestras obras piadosas, nos alimentan esa ilusión! Sin embargo, la verdad es que ninguno de nuestro lazos humanos, sean los que sean, puede llegar a tener esa calidad preciosa ante Dios. El lugar, la manera, las circunstancias, el tiempo en que Dios nos llama a cada una y cada uno a vivir esa chispa de puro amor, son un secreto que sólo Él conoce y comunica. Y Él hace muy poco caso de todas nuestras posibles «familiaridades» humanas. Nada puede ser más fuerte que nuestro propio llamado a la castidad, que no tiene nada que ver con el hecho de ser «laico» o «religioso», o con el hecho de tener o no relaciones sexuales. Nuestro único fin posible es Dios mismo y en medio de nuestra existencia Él siempre halla la manera de cortar nuestros vínculos con todo lo demás, porque es un Dios celoso que no soporta absolutos diferentes a Él.


El contemplativo no es alguien que marche hacia adelante en ese camino, es alguien que regresa. No somos seres vivos ni seres muertos, somos seres resucitados. Ese sentido de resucitados, de hacer parte de un pueblo que regresa después de haber vivido una gran victoria, que es profundamente bíblico y cristiano, es el único fundamento indestructible de la resistencia. En realidad resistir es no resistir porque ya ganamos. Lo que hacemos es volver a tomar posesión de la herencia que nos corresponde. Es de esa conciencia de lo que se habla, y no de otra cosa, cuando se dice: Expulsar lejos de nosotros el espíritu militante…


Gran parte de lo que hoy aparece en la vida de nuestro propio pueblo (de nuestros propios pueblos…) como incapacidad para avanzar en ese camino que se llama «desarrollo» tiene que ver con un tipo de eficacia diferente que sólo puede ser reconocida con la mirada de otros seres humanos: es una chispa de puro amor. Como contemplativos y contemplativas estamos llamadas y llamados a ser esos otros seres humanos que en medio de la crisis son testigos de lo que en realidad está sucediendo, es decir, de los que en Dios está sucediendo. Más que ser o querer ser los protagonistas, los orientadores, somos quienes aprenden a dejarse llevar. Desde luego esa gran parte de eficacia diferente no lo es todo, mucha basura que se ha acumulado en el camino, deformaciones, vicios, errores. Es por eso que nadie, ni siquiera la Hija o el Hijo de Dios que ya somos y que regresa, nos puede liberar de la responsabilidad de discernir, de encontrar los medios que nos parezcan adecuados. Por eso somos misioneros y nos reconocemos implicados en todo.


Cuando San Juan de la Cruz dice que esa chispa de puro amor es más útil para el alma y más rica en bendiciones para la Iglesia que todas las obras piadosas juntas, no está haciendo un ejercicio de piedad poética, está hablando de eficacia en los términos más pragmáticos que se puedan concebir. En el lugar en donde más falta objetiva harían obras piadosas un contemplativo lo que busca es la chispa de puro amor porque sabe que esa chispa guarda el secreto que hará posible que todas las respuestas que se den a las necesidades concretas conduzcan realmente a algo que merezca el nombre de «desarrollo». Evidentemente, aunque les suene mal a unos oídos como los nuestros exageradamente acostumbrados a un lenguaje “piadoso”, el único lugar en que nos resulta posible hallar esa chispa es en nosotros mismos. Y aquí tenemos que recordar que No hay ningún «egoísmo» posible en la actitud del contemplativo, pues su «yo» es el mundo, el «prójimo». Lo que se realiza en el microcosmos irradia en el macrocosmos, a causa de la analogía de todos los órdenes cósmicos. La realización espiritual es una especia de «magia» que se comunica necesariamente al ambiente. El equilibrio del mundo tiene necesidad de contemplativos (Frithjof Schuon).


Sólo quien ha sido dócil a la propuesta vocacional que le hace Dios y ha logrado hallar en sí mismo esa chispa de puro amor (en el lugar y en las circunstancias que le son impuestas), está en condiciones de dar. No de darse a si mismo sino de dar el aporte que la realidad espera de él para construir el Reino de Dios. Sólo así se puede ser padre o madre, o esposo o esposa, o hijo o hermano de alguien. No de ese alguien que nosotros quisiéramos o nos gustaría sino de ese alguien que se nos da. En otras palabras, y para ser más exacto, lo que me permite a mí (como vocación) ser el esposo de mi esposa no es lo que yo haga por ella o sienta por ella, no es que viva con ella durante cincuenta años o que engendremos juntos diez hijos, es que yo cumpla cabalmente la vocación que en el secreto más profundo de mi propia intimidad Dios me regala. Ése es el tipo de parentesco que les corresponde a los Hijos y las Hijas de Dios… sólo así se puede construir familia, humanidad, iglesia.


De todas estas cosas Bolivia, nuestra Bolivia, el Corazón de América Latina, es una excelente maestra… aun cuando, según las apariencias, parezca que no hace nada. Y aquí, en el párrafo final, volvemos al título que le dio a nuestro documento el poeta portugués Fernando Pessoa. El Corazón de América latina está de viaje, pero el viaje son los viajeros, somos nosotros mismos. Muchos, adentro y afuera, quieren que veamos lo que a ellos les parece, lo que creen que está bien. Sin embargo, en medio de la crisis nuestro oficio es resistir: Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

4.11.2007

Amores Dificiles


Es tal la cantidad de desinformación acumulada en torno a nuestra identidad divina que no sirve de nada pretender llegar a ella utilizando los caminos oficiales y bien pavimentados, tenemos que encontrar un atajo. Y a propósito de atajos he aquí algo que dijo el poeta ruso Joseph Brodsky durante la inauguración de la primera feria del libro de Turín, Italia, en 1988:

«La manera de desarrollar buen gusto en literatura es leer poesía. Si piensan que estoy hablando por partidismo profesional, que estoy tratando de defender los intereses de mi gremio, están equivocados: no soy sindicalista. La clave consiste en que siendo la forma suprema de la locución humana, la poesía no es sólo la más concisa, la más condensada manera de transmitir la experiencia humana; ofrece también los criterios más elevados posibles para cualquier operación lingüística, especialmente sobre papel.

Mientras más poesía lee uno, menos tolerante se vuelve a cualquier forma de verbosidad, ya sea en el discurso político o filosófico, en historia, estudios sociales o en el arte de la ficción. El buen estilo en prosa es siempre rehén de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de la dicción poética. Hija del epitafio y del epigrama, concebida al parecer como un atajo hacia cualquier tema concebible, la poesía impone una gran disciplina a la prosa. Le enseña no sólo el valor de cada palabra sino también los patrones mentales mercuriales de la especie, alternativas a una composición lineal, la destreza de evitar lo evidente, el énfasis en el detalle, la técnica del anticlímax. Sobre todo, la poesía desarrolla en la prosa ese apetito por la metafísica que distingue a una obra de arte de las meras belles lettres. Hay que admitir, sin embargo, que en este aspecto particular la prosa ha demostrado ser una discípula más bien perezosa».

La Bolivia que es rehén de la precisión, rapidez e intensidad lacónica de su herencia espiritual indígena, es un excelente atajo hacia cualquier tema concebible. Relacionarse con ella le impone una gran disciplina a la prosa, es decir, a los argumentos contaminados de esa racionalidad occidental tan poco apetente de metafísica y por eso mucho más parecida a las meras belles lettres que a la verdadera obra de arte. Esa Bolivia enseña no sólo el valor de cada palabra sino también los patrones mentales mercuriales de la especie. Es por eso que resultan tan grotescos (y hacen tanto daño) los intentos de los propio bolivianos de interpretarla utilizando no el buen gusto de su poesía sino la verbosidad de un periodismo prosaico mal aprendido y de quinta categoría. Es claro, pero no sobra decirlo, que ser vulnerable al lenguaje poético no tiene nada que ver con refinamientos intelectuales. En poesía no se convence con argumentos eruditos sino con la visión de ese más allá siempre un poco velado al que sólo es posible llegar transitando el atajo que se nos ofrece. Y para utilizar un atajo más vale un buen machete, una cantimplora llena de agua y unas botas impermeables, que un automóvil que sólo sirve para ser usado en lugares previa y largamente domesticados. Pero hay todavía una dificultad anterior y mayor que deben enfrentar quienes se atreven a los atajos: La ley actual no es más que la acumulación de intentos interminables de impedir al hombre que cumpla sus deseos de cambiar la vida por un instante de poesía. Es cierto que los hombres que necesitan ese cambio no son muchos; pero los hay, y es contra ellos que la ley se erige, para degradarlos en lo posible (Yukio Mishima). La espiritualidad indígena sabe que SER consiste en cumplir el deseo de cambiar la vida por un instante de poesía; y ese saber no es espiritualmente democrático sino dictatorial porque impone una sola opción: todo o nada. No hay negociación que logre la tolerancia a permanecer en un punto intermedio. Cualquier punto intermedio mata la poesía. Pero ese saber no puede comunicarse sino mediante la disciplina, el rigor y la condensación del lenguaje poético que ofrece los criterios más elevados posibles para cualquier operación lingüística. Más que lenguaje, en el sentido burdo de lo que hemos llegado a entender como lenguaje, es un hundimiento vertiginoso (ritual) en ese instante de poesía que (se sabe) es el único capaz de cambiarlo todo; y de ese hundimiento surgen las alternativas a una composición lineal, la destreza de evitar lo evidente, el énfasis en el detalle, la técnica del anticlímax.

Ahora que, cuando la poesía ha sido reprimida brutalmente y obligada a negarse a sí misma para que un cuerpo humano pueda sobrevivir, cuando la conciencia de su propio valor le ha sido arrancada de su memoria, las dos vertientes de su ofrecimiento, su todo y su nada, se profundizan tanto que terminan siendo dos atajos que desembocan directamente en el cielo o en el infierno. No hay territorios intermedios, es cierto, pero el cielo y el infierno tienen mucho que ver el uno con el otro, no están tan separados como suponemos, se incluyen entre si. Allí, en medio de ese drama la poesía alcanza su nivel más alto. Desde el punto de vista del crecimiento interno que necesita una vocación poética, un lugar y unos seres humanos en los que haya sucedido eso, son ideales por el rigor que imponen; siempre y cuando, claro, se esté en condiciones de ser vulnerable a la poesía que se esconde (a una gran profundidad) tras una apariencia de máscara rígida y monótona. Si se toma el atajo de la poesía el lugar al que se llega es siempre la propia poesía; en ella la experiencia de lo otro se da de forma radical pero en un proceso de toma profunda del propio territorio. No se sale, se entra para llegar a un fondo en el que todos los fondos confluyen y se hacen uno. Por eso es la forma suprema de la locución humana, la formulación de la eterna pregunta:
¿Por qué no se permite a algunos llevar a cabo lo que es hermoso mientras lo feo y lo repugnante, que se cumple con el único fin de obtener dinero, se halla libremente tolerado e incluso encuentra estímulos? (Yukio Mishima).


Pero la propia poesía, la de todos, vengamos de donde vengamos, también ha sido de muchas maneras reprimida brutalmente y obligada a negarse a sí misma. Quizá no hasta el extremo de arrancar de su memoria la conciencia de su propio valor, pero si hasta el extremo de lograr una docilidad a La ley actual que no es más que la acumulación de intentos interminables de impedir al hombre que cumpla sus deseos de cambiar la vida por un instante de poesía. Esa ley puede mantenerse mientras logre que nuestra expresión humana se mantenga limitada a los términos de una prosa sin ese apetito por la metafísica que distingue a una obra de arte de las meras belles lettres. Por eso el cambio, y me refiero al cambio en los términos más concretos y materiales posibles, sociopolíticos, no puede nacer sino del reencuentro del ser humano, de todo el ser humano, con su propia poesía. No sirven de mucho los análisis, la concientización, los consensos: los únicos que nos pueden llevar a eso diferente que no es más que nuestra propia realidad divina son los atajos.

2.13.2007

¿No es éste el hijo del carpintero?


Según la tradición más comúnmente aceptada, Jesús vivió treinta años de su vida en Nazaret y dedicó sólo sus tres años finales a la llamada «vida pública». Eso quiere decir que vivió el noventa y uno por ciento de su vida en Nazaret, y apenas el nueve por ciento lo dedicó al anuncio más o menos explícito de lo que ahora los cristianos llamamos Evangelio, Buena Nueva. Y aún en esos tres años finales, el Evangelio nos dice que muchas veces intentó pasar desapercibido, buscó los lugares apartados y solitarios, evadió el acoso de las multitudes.

La manera como Jesús vivió esos treinta primeros años no le dejó entrever a sus vecinos nada extraordinario. Fue tan común y corriente, tan parecido a lo que vivían todos los hombres de su pueblo y de su misma condición social, que cuando lo ven retornar a su patria precedido por una gran fama, exclaman escandalizados: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto? (Mt 13, 54-56).

La reacción de sus vecinos deja ver claro lo seguros que estaban de que alguien como ellos, que viviera en sus mismas condiciones, que tuviera las mismas carencias y oportunidades en la vida, no podía de ninguna manera llegar a ser alguien importante y reconocido. Estaban destinados a ser para siempre unos don nadie y punto, ahí terminaba su historia. Ni se les ocurría la posibilidad de que pudiera ser de otra manera.

Sabían bien que el poder que mostraba su vecino no se lo daba ningún privilegio hereditario, social, religioso o académico. No era uno de esos afortunados que por tener muñeca con algún poderoso hubiera logrado matricularse en una escuela especial. Tampoco era alguien que hubiera establecido algún tipo de relación que le permitiera escalar social o religiosamente. Era simplemente el hijo del carpintero y el hecho de que su familia viviera en una casa igual a la de todos, y tuviera que trabajar como las demás para poder sobrevivir, les daba derecho a sospechar y descalificarlo.

Aún hoy en pleno siglo XXI la mayoría de los cristianos siguen considerando este tiempo vivido por Jesús en Nazaret como una simple “preparación” de los que realmente serían importantes: sus últimos tres años de fama y poder que lo convirtieron en un personaje. Aún hoy la valoración que se hace de lo que vivió Jesús en Nazaret tiende a quedarse en un plano más bien superficial, se considera como un gesto de “buena voluntad” de Dios, una manera de congratularse con nosotros, como cuando un rico va de visita y se disfraza de pobre para que el pobre no se sienta avergonzado de su pobreza.

No tenemos por qué extrañarnos: hemos optado por construir un mundo y un tipo de ser humano para el cual lo que vale es lo que se hace, lo que se dice, lo que se ve, no lo que se es. El que vale es el que tiene títulos, amigos con influencia, estructuras que lo respalden, cargos de poder social o político o religioso que lo hagan aparecer como importante. Nuestra manera de percibir a Dios no puede ser ajena a las orientaciones más profundas de nuestro ser.

Sin embargo, lo que vive Jesús en Nazaret no es un teatro, es una opción por el ser. No por cualquier ser sino por el ser humano más plenamente desarrollado en todos sus sentidos posibles. Asumir que la Encarnación del Hijo de Dios fue un mero disfraz, o un puro gesto de buena voluntad, le quita a nuestra fe todo su sentido y la convierte en un discurso humano que sirve para justificar “religiosamente” nuestra opción por las apariencias.

El Hijo de Dios no hace teatro: nace como hombre en el lugar y en las circunstancias en las cuales es posible desarrollarse más plenamente como ser humano a imagen y semejanza de su Padre. En Nazaret Jesús no es un Dios que “parece” hombre, es Dios siendo plenamente hombre y plenamente Dios. Pero atreverse a Ser en lugar de parecer es un camino demasiado riesgoso porque en él podemos descubrir que nuestro verdadero desarrollo humano nos quiere conducir a algo que no nos gusta, que nadie valora como importante: ser un simple hijo de carpintero.

Jesús, Dios encarnado, que nace en las condiciones humanas en las cuales nació, no busca parecer muy bueno, o muy débil, o muy tierno, para obtener nuestra adhesión sentimental. Nace como el primero de los Hombres Nuevos de una Nueva Creación. Está empezándolo todo otra vez, no sintiendo lástima, ni juzgando. Y lo que nos dicen sus primeros treinta años de vida es que la forma de participar como seres humanos Nuevos en esa Nueva Creación pasa por la obediencia a Nazaret. En eso consistió la aventura espiritual del Hermano Carlos de Foucauld, del beato Carlos de Jesús, en aprender a obedecer a Nazaret.

Obedecer a Nazaret porque las riquezas están aquí, no hay que ir a buscarlas a ninguna parte. Parece no haber nada, parece que la arena gris e insípida de lo cotidiano lo cubre todo, parece una realidad tan cercana y familiar que a nadie se le ocurriría esconder justamente allí un tesoro. Pero es verdad, lo que tanto anhelamos lo tenemos al alcance de la mano todos los días. ¿Cómo entender y asimilar ésto?

La encarnación del Hijo de Dios fue un hecho real lleno de consecuencias dentro de las cuales vivimos inmersos. ¿Acaso vemos el aire que respiramos? ¿Acaso alguien que se hunde en el océano puede ver la totalidad de la masa de agua que lo está envolviendo? Lo mismo sucede con la vida y su mensaje, lo perdemos de vista por estar sumergidos en él de cuerpo entero y porque muy pocas veces tenemos la oportunidad de apreciar desde afuera la intensidad real de la existencia en medio de la cual somos acogidos permanentemente.

El peso y el misterio que tiene para Jesús el tiempo vivido en Nazaret, es el mismo peso y el mismo misterio que tiene para todo ser humano su propio ser. Es fácil conocer lo que una persona hace, o dice, o piensa, pero no es fácil saber lo que una persona es. No es fácil ni siquiera para la propia persona. Más allá de los límites de nuestra intimidad más profunda, todos representamos un cierto papel social. Hacemos, pensamos, hablamos, y con todo eso creamos y sostenemos una imagen que nos permite ocupar determinado lugar, mantener ciertos privilegios. Por eso, quienes se exaltaron con lo que Jesús hacía, o decía, pero no se dejaron tocar por el misterio más profundo de lo que Él era más allá de todas sus inevitables imágenes, vivieron la cruz como el final de una ilusión.

En esa hora crucial Jesús hubiera podido afirmarse en alguna de sus apariencias: de reformador social y político, de profeta, de gran sanador, de hombre muy sabio, y parado allí hubiera movido fuerzas a su favor y tal vez impedido su muerte. Sin embargo, la fidelidad a su ser más profundo lo llevó a renunciar a esa lucha para no mentirse a sí mismo, para no quedarse a medio camino; no se vendió a ninguna de las apariencias que sus propios talentos humanos le ofrecían, no traicionó el lugar en el cual se formó como persona a imagen y semejanza de su Padre: no renunció a ser el hijo del carpintero de Nazaret. Y fue esa opción, ese fracaso en términos humanos, el que le dio a su aventura espiritual una eficacia capaz de atravesar los siglos encarnándose nuevamente en todas las situaciones humanas.

Hoy sabemos que esa eficacia es una eficacia eucarística y que está al alcance de cualquier ser humano que como Él decida ser fiel a su identidad de hijo o hija de Dios. Es de eso mismo de lo que nos da testimonio el fracaso humano y la eficacia eucarística del hermano Carlos de Jesús.

No son nuestros afanes, nuestras construcciones y nuestros argumentos, es nuestro ser de hijos e hijas de Dios el que le anuncia a los pobres la Buena Nueva, proclama la liberación a los cautivos, devuelve la vista a los ciegos, da libertad a los oprimidos y proclama el año de gracia del Señor. Por eso es lógico que sea precisamente en Nazaret, el lugar donde Jesús aprendió a ser, que se explicite a sí mismo y anuncie la unción que el Espíritu del Señor ha hecho sobre Él (lc 4, 18-19).

Sin embargo, la novedad que su gesto y su mirada implican es tan radical que haría falta que sus vecinos nazarenos nacieran de nuevo para que pudieran comprenderlo. Frente al rechazo, seguramente muy doloroso, de quienes con su convivencia cotidiana y su propio ser le han enseñado a formarse tal y como es, Jesús se repite el refrán: médico, cúrate a ti mismo, y comprende mejor lo que su misión le exige: ofrecer la posibilidad de volver a nacer de nuevo.

Admirar el camino espiritual del Hermano Carlos de Jesús, o encontrar en él referencias que nos animen en nuestro propio caminar, no quiere decir que seamos sus seguidores, somos en realidad seguidoras y seguidores de Jesús de Nazaret. Pero lo que nos enseña Jesús de Nazaret con la totalidad de su ser y no sólo con las “enseñanzas” que podamos entresacar, o incluso “inventar” nosotros mismos manipulando sus muchas y a veces conflictivas imágenes, es que seguirlo a Él no consiste en seguir a otro distinto de nosotros mismos.

Jesús de Nazaret nos remite a nuestra propia identidad de Hijas e Hijos de Dios y hace efectiva toda la riqueza de vida humana y divina que se esconde allí mediante su opción por una eficacia eucarística. Lo admirable de una experiencia espiritual es reconocer en ella la manera como un hombre o una mujer entra en comunión profunda con su ser de Hija o Hijo de Dios, la forma como Dios brilla y se revela plenamente a sí mismo encarnándose en una identidad humana particular. Pero no se puede hacer de esa admiración el intento de vivir una experiencia espiritual propia usando el camino de otro, ni siquiera el camino de Jesús de Nazaret.

Es decir, en el camino de nuestro seguimiento Jesús de Nazaret no es otro, somos nosotros mismos, cada una y cada uno de nosotros. Y seguirlo a Él no consiste en “imitarlo”, consiste en ser lo que Él nos revela que somos. Los daños que puede causar un falso sentido de la imitación, los muestra bien el gran escultor Miguel Ángel cuando le preguntaron lo que pensaba acerca de los escultores que buscaban “imitarlo” y respondió: «Mi estilo está destinado a hacer muchos imbéciles».

En su sentido verdadero, la imitación de la que tanto habla el Hermano Carlos habría que explicarla más bien como lo hace la mística carmelita Isabel de la Trinidad: «Seamos para con Él una humanidad suplementaria en la cual pueda renovar plenamente su misterio». Fue éso lo que hizo el Hermano Carlos de Jesús con la totalidad de su vida, más allá de las muchas imágenes que a lo largo de su caminar espiritual él mismo pudo entender y proponer a veces como definitivas.

Carlos de Foucauld no terminó siendo el ser humano que le pareció que su vocación religiosa le exigía, no terminó siendo el ser humano que su propia voluntad, o inteligencia, o devoción, quiso que fuera: terminó siendo el ser humano que Dios necesitaba para «renovar en él plenamente su misterio». Y para lograrlo tuvo que abandonar en el camino, tal como lo hizo Jesús de Nazaret, todas las imágenes en las que sus límites humanos pretendieron encerrarlo, hasta morir completamente solo en medio del desierto, dando con su propio fracaso humano el paso hacia el interior de la eficacia eucarística.

«Cuando el grano de trigo que cae en tierra no muere, queda solo, si muere, da muchos frutos. Yo no he muerto, por eso estoy solo. Recen por mi conversión, para que muriendo dé fruto».

A partir de aquí vale la pena que acompañemos un poco al hermano Carlos en su lectura de Santa Teresa:

«… para comenzar con algún fundamento se me ocurrió considerar nuestra alma como un castillo todo de diamante o cristal muy claro, en el que hay muchas habitaciones, así como en el cielo hay muchas moradas. Si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso donde Dios tienen sus deleites.

Pues ¿cómo será la habitación donde un rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes, se deleita? No hallo yo cosa con la cual comparar la gran hermosura de un alma, y su gran capacidad. Nuestro entendimiento, por agudo que fuera, no logra comprenderla, porque Dios mismo nos dice que nos crió a su imagen y semejanza…

No es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no nos entendamos a nosotros mismos, ni sepamos quiénes somos. ¿No sería gran ignorancia, hijas mías, que le preguntaran a uno quién es y uno no se conociera, ni supiera quién fue su padre, ni su madre, ni cuál es su tierra?

Pues si esto sería gran bestialidad, es mayor aún la que hay en nosotras cuando no intentamos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en nuestros cuerpos, y sólo porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe, sabemos que tenemos alma. Pero sin considerar los bienes que puede haber en esa alma, y quién está dentro de ella, y su gran valor. Por eso tenemos tan poco cuidado en conservar su hermosura, todo se nos va en cuidar nuestra apariencia y lo que hay fuera del castillo…

(…) Hemos de ver pues cómo podemos entrar en tan hermoso y deleitoso castillo. Parece que digo un disparate, porque si este castillo es nuestra propia alma, claro está que no necesitamos entrar en él porque nosotros mismos somos el castillo. Igual desatino parecería decirle a alguien que entrara en una habitación estando ya dentro.

Pero tenemos que entender que va mucho de estar a estar. Hay muchas almas que se quedan en las afueras del castillo, donde sólo viven los guardianes. Y no les importa nada entrar, ni saben qué hay en tan precioso lugar, ni quién está dentro, ni cuántas habitaciones tiene.

… son las almas que no tienen oración como un cuerpo paralítico o tullido, que aunque tiene pies y manos no los puede mandar. Hay almas tan enfermas y acostumbradas a estarse en cosas exteriores, que no tienen remedio y parece que no pueden entrar dentro de sí mismas. Tienen tanta costumbre de tratar con las sabandijas y bestias que están en las afueras del castillo, que ya parecen una de ellas. Su naturaleza es muy rica y pueden tener conversación nada menos que con Dios, pero no lo entienden.

Si estas almas no procuran remediar su gran miseria, se quedarán hechas estatuas de sal por no volver la cabeza hacia sí mismas. Y, hasta donde yo puedo entender, la puerta para entrar en ese castillo es la oración.

…pensar que hemos de entrar en el cielo y no entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios y pidiéndole muchas veces misericordia, Es desatino…»

Carlos de Foucauld vivó su obediencia a Nazaret en dos direcciones complementarias. Una, que podríamos señalar como volver la cabeza hacia sí mismo: la entrada en el castillo interior de su propio ser. La expresa de esta manera: «Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice o se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida en que Jesús vive en nosotros». Y la otra, que lo llama a vivir una solidaridad radical con los más pobres: «Yo creo que no hay palabra del Evangelio que me haya impresionado tanto y transformado más mi vida que ésta: «todo lo que hacen a uno de estos pequeños, es a mí que lo hacen».

Tal como él lo vivó, el camino hacia la solidaridad real y radical con los pequeños pasa no por la medida de su propia voluntad o deseo o lucidez humana, sino por la medida en que Jesús vive en él. Y ése es un proceso complejo y difícil que no se da de una sola vez y para siempre sino que construye en una lucha diaria, en una búsqueda permanente. Descubrir lo que Jesús, viviendo en él, haría frente a cada circunstancia de la vida, no es un interrogante que pueda responder repitiendo siempre una misma fórmula. Necesita, como en el Evangelio, saber sacar de él mismo, cada día, cosas viejas y cosas nuevas.

Todo esto podría tomarse como pura especulación espiritual, castillos en el aire. Sin embargo, si lo contemplamos con el telón de fondo de la actual realidad de nuestro país podemos percibir las dimensiones del llamado que se nos hace. El resultado de las últimas elecciones revela el deseo, la necesidad y la esperanza que tiene Bolivia de volver a comenzar de nuevo como país, corrigiendo las injusticias y deformidades de los últimos quinientos años de su historia. Un reto nada fácil teniendo en cuenta los enemigos internos y externos que deberá vencer en ese camino.


Los enemigos externos son fácilmente reconocibles porque forman un bloque muy bien organizado. El sistema económico neoliberal, las empresas transnacionales, el gran imperio del norte con sus poderosísimos medios tecnológicos y militares. También sabemos con claridad que sus armas incluyen la manipulación, el bloqueo, el engaño, la corrupción y la compra de conciencias, las imposiciones económicas desiguales, y en último caso el uso directo de su aplastante poderío militar.

Respecto a nuestros enemigos internos no podemos hacernos ilusiones fáciles. La esperanza de cambio, si no se sostiene en hombres y mujeres capaces de transformarse a si mismos, no pasará de ser una ilusión, un reacomodo superficial del escenario que a pesar de las buenas intenciones de algunos no logrará generar un desarrollo sostenible que mejore efectivamente las condiciones de vida de los más pobres.

Releyendo a Santa Teresa, junto con el Hermano Carlos, desde la realidad boliviana de hoy, podríamos decir que “sería desatino pretender entrar en el cielo de un país nuevo, sin entrar en nosotros para conocernos y considerar seriamente lo que debemos cambiar para ser mujeres y hombres nuevos, capaces de construir y sostener un nuevo país”.

No con el ánimo de ser aguafiestas, ni con el ánimo de ser profetas pesimistas, pero sí dejándonos iluminar por el caminar de otros cristianos en momentos y circunstancias pasadas de nuestra historia latinoamericana, es pertinente recordar aquí las palabras del sacerdote jesuita Xavier Gorostiaga, que participó directamente en todo el proceso de la revolución sandinista. Haciendo un repaso de las causas del fracaso de la revolución, y luego de reconocer la gran incidencia que tuvo la agresión y el bloqueo económico norteamericano, termina diciendo:

«…Sin embargo, considero que fue la inconsecuencia ética con los valores promulgados por la revolución popular sandinista, los que hicieron fracasar el intento: las luchas internas por el poder dentro de la dirección nacional; el personalismo de los dirigentes que buscaban el éxito de sus propios proyectos más que la consolidación de un proyecto alternativo; la lejanía creciente del pueblo y de los cuadros medios que provocó un aburguesamiento de la cúpula revolucionaria; la ideologización trasnochada en algunos dirigentes que no aceptaban el mercado como una realidad económica… la falta de respeto a las identidades campesina, indígena, y de la mujer y a la religiosidad popular…».

Al interior de la Familia Espiritual de Carlos de Foucauld, la Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón busca ofrecer instrumentos que le permitan a quienes sean llamados por Dios a esa vocación, crecer de forma integral en una doble dirección.

Por un lado, ayudarlos a penetrar en la belleza y riqueza de su propio castillo interior, para reconocer y asumir gozosamente la hermosura de su alma, y su gran capacidad. Y, al mismo tiempo, permitiendo que Jesús viva en ellas y ellos, vivir una solidaridad eficaz con los pequeños, con los más pobres. Una solidaridad que no pueda ser derrotada de ninguna manera. Ese proceso de educación humana y espiritual pasa, en nuestro caso, por la obediencia a Nazaret.

Una obediencia que en contra de todas las lógicas humanas termina desembocando en la mayor de las libertades:

«Estoy siempre preparado. Vivo al día. Haré aquello que me parezca lo mejor, según las circunstancias. Vayamos ahora a donde podamos ir; cuando las puertas se abran en otra parte, allá iremos: a cada día le basta su pena; hagamos en el momento presente lo que mejor podamos hacer».

Sólo recorriendo ese camino podremos vencer en nosotros…la inconsecuencia ética… las luchas internas por el poder…el personalismo… la búsqueda del éxito de los propios proyectos más que la consolidación de un proyecto alternativo… la lejanía creciente del pueblo… el aburguesamiento… la ideologización… la falta de respeto a las identidades campesina, indígena, y de la mujer y a la religiosidad popular...

2.12.2007

Hijos

Un hijo es siempre, de una o de otra manera, la consecuencia del tipo de relación que viven sus padres. No es el resultado de un aporte, por muy fuerte y grande que éste pueda ser, ni es la sumatoria más o menos mecánica de dos aportes: es el fruto de la relación establecida entre esos dos aportes. Más que los aportes en sí mismos pesa la relación que establecen. Es imposible dispensar a un hijo de las consecuencias de la relación que lo trajo al mundo. Por eso para ser buen padre o buena madre no hace falta tener muchos talentos, mucho que aportar, basta con saber relacionarse. De hecho, algo de lo peor que le puede suceder a un hijo es tener padres que pongan el acento en los talentos que ellos le pueden aportar (y que a él se le impone el deber de desarrollar) y no en la calidad de su relación de pareja. La calidad humana de un hijo no puede ser sino una añadidura, una consecuencia inevitable de la calidad de relación que viven sus padres.
Dios quiere probar a Abraham y le dice: Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y vete a la región de Moriah. Allí me lo ofrecerás en holocausto, en un cerro que yo te indicaré. Abrahán sabe que lo mejor para su hijo se esconde no en las buenas intenciones de su propio amor, por grande y previsivo que sea, sino en la voluntad de Dios sobre él, por muy oscura y dolorosa que pueda parecerle, y no duda un solo segundo en hacer lo que se le dice. La obediencia inmediata a una orden tan “aparentemente” cruel es la única forma que tiene él, el elegido, de evitar que la vida de su hijo sea destruida por las consecuencias de su propia relación con el absoluto. Para ser padre, sin dañar al hijo, hay que hacer voto de castidad.

La única manera de por lo menos atenuar en los hijos las propias deformidades, es haciéndose a un lado y dejando que los otros sean también su padre y su madre. Obviamente, no en el sentido de renunciar a la propia responsabilidad, ni de abrir ingenuamente la puerta al primer aparecido. Esos otros son los otros con los que formo una comunidad, mi comunidad, mi verdadera familia. De hecho, la única que puede formar a un ser humano es una comunidad.

Sólo hay una Tristeza...

León Bloy en «La Mujer Pobre»:

«Clotilde tiene hoy cuarenta y ocho años, aunque demuestra no menos de un siglo. Más hermosa que antes, se parece a una columna de plegarias, la última columna de un templo derruido por los cataclismos...Casi nunca se la ve sentarse. Siempre en camino de una iglesia a otra, de uno a otro cementerio, no se detiene sino para arrodillarse, y se diría que no conoce otra actitud...No pide limosna. Se limita a recibir con una dulce sonrisa lo que le ofrecen, y lo da en secreto a los desdichados...Los cristianos cómodos y bien vestidos a quienes molesta lo Sobrenatural y dicen a la Prudencia: “Tú eres mi hermana”, la consideran trastornada, pero el pueblo humilde es respetuoso con ella y algunas pordioseras de iglesia la creen una santa..."Todo lo que sucede es digno de adoración" – dice frecuentemente, con el aire de una criatura mil veces colmada que no encontrase otra fórmula para expresar los movimientos de su corazón o de su mente, sea en la ocasión de una peste universal, sea en el momento de verse devorada por las fieras...Muerto Leopoldo, cuyo cuerpo no fue encontrado entre los anónimos y espantosos escombros, Clotilde trató de ajustar su vida a aquel precepto evangélico cuya observancia rigurosa es considerada más intolerable que el suplicio mismo del fuego. Vendió cuanto poseía y donó el importe a los pobres, convirtiéndose de la noche a la mañana en una mendiga...-Debe ser usted muy desdichada, mi pobre señora – le dijo una vez un sacerdote, que por fortuna era un verdadero padre, al verla anegada en lágrimas junto al Santo Sacramento expuesto. – Soy completamente dichosa – le contestó ella - . No se entra en el Paraíso mañana, ni pasado mañana, ni dentro de diez años, se entra hoy, cuando se es pobre y se está crucificada...Un solo testigo de su pasado, Lázaro Druida, la ve todavía algunas veces. Es el único vínculo que no ha roto. El alto pintor...es demasiado grande para que lo visitara la fortuna, cuya práctica secular es hacer girar su rueda entre las inmundicias...De tanto en tanto va a poner en el alma del profundo artista un poco de su paz, de su grandeza misteriosa; luego vuelve a su inmensa soledad, en medio de las calles llenas de gente. – Sólo hay una tristeza – le dijo la última vez - , y es la de no ser santos...»

2.07.2007

Hacer el Bien

«Se hace el bien, no en la medida de lo que se dice o se hace, sino en la medida de lo que se es, en la medida en que Jesús vive en nosotros» (Carlos de Foucauld)


El texto probablemente más antiguo que se refiere a la tradición cristiana de la «Cena del Señor» lo escribió el apóstol Pablo en el año 55:

Lo que el Señor Jesucristo me enseñó, es lo mismo que yo les he enseñado a ustedes: La noche en que el Señor Jesús fue entregado para que lo mataran en la cruz, tomó en sus manos pan, dio gracias a Dios, lo partió en pedazos y dijo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado en favor de ustedes. Cuando coman de este pan, acuérdense de mí”. Después de cenar, Jesús tomó en sus manos la copa y dijo: “Esta copa de vino es mi sangre. Con ella, Dios hace un nuevo compromiso con ustedes. Cada vez que beban de esta copa, acuérdense de mí”. Así que, cada vez que ustedes comen de ese pan o beben de esa copa, anuncian la muerte del Señor Jesús hasta el día en que él vuelva. Por eso, el que come el pan o bebe la copa del Señor indignamente peca contra el cuerpo y la sangre del Señor. Cada uno, pues, examine su conciencia y luego podrá comer el pan y beber la copa (1 Cor. 11, 23-28).

A la luz de lo que el Señor Jesucristo le enseñó a Pablo, una lectura y una comprensión eucarística de la actual realidad boliviana pasa inevitablemente por la pregunta acerca de cuál fue la eficacia de Jesús de Nazaret.

Según la tradición más comúnmente aceptada, Jesús vivió treinta años de su vida en Nazaret y dedicó sólo sus tres años finales a la llamada «vida pública». Eso quiere decir que vivió el noventa y uno por ciento de su vida en Nazaret, y apenas el nueve por ciento lo dedicó al anuncio más o menos explícito de lo que ahora los cristianos llamamos Evangelio, Buena Nueva. La manera como Jesús vivió esos treinta primeros años no le dejó entrever a sus vecinos nada extraordinario. Fue tan común y corriente, tan parecido a lo que vivían todos los hombres de su pueblo y de su misma condición social, que cuando lo ven retornar a su patria precedido por una gran fama, exclaman escandalizados: ¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas ¿no están todas entre nosotros? Entonces, ¿de dónde le viene todo esto? (Mt 13, 54-56).

La reacción de sus vecinos deja ver claro lo seguros que estaban de que alguien como ellos, que viviera en sus mismas condiciones, que tuviera las mismas carencias y oportunidades en la vida, no podía de ninguna manera llegar a ser importante y reconocido. Ellos estaban destinados a ser para siempre unos don nadie y punto, ahí terminaba su historia. Ni se les ocurría la posibilidad de que pudiera ser de otra manera. Sabían bien que el poder que revelaba su vecino no se lo daba ningún privilegio hereditario, social, religioso o académico. No era uno de esos afortunados que por tener muñeca con algún poderoso hubiera logrado matricularse en una escuela especial. Tampoco era alguien que hubiera establecido algún tipo de relación que le permitiera escalar social o religiosamente. Era simplemente el hijo del carpintero y el hecho de que su familia viviera en una casa igual a la de todos, y tuviera que trabajar como las demás para poder sobrevivir, les daba derecho a sospechar y descalificarlo.

Aún hoy en pleno siglo XXI la mayoría de los cristianos siguen considerando este tiempo vivido por Jesús en Nazaret como una simple “preparación” de los que realmente serían importantes: sus últimos tres años de fama y poder que lo convirtieron en un personaje. Aún hoy la valoración que se hace de lo que vivió Jesús en Nazaret tiende a quedarse en un plano más bien superficial, se considera como un gesto de “buena voluntad” de Dios, una manera de congratularse con nosotros, como cuando un rico va de visita y se disfraza de pobre para que el pobre no se sienta avergonzado de su pobreza. No tenemos por qué extrañarnos: aunque a veces queramos pensar de otra manera, en la práctica hemos optado por construir un mundo y un tipo de ser humano para el cual lo que vale es lo que se hace, lo que se dice, lo que se ve, no lo que se es. El que vale es el que tiene títulos, amigos con influencia, estructuras que lo respalden, cargos de poder social o político o religioso que lo hagan aparecer como importante. Nuestra manera de percibir a Dios no puede ser ajena a las orientaciones y opciones más profundas de nuestro ser.

Sin embargo, lo que vive Jesús en Nazaret no es un teatro, es una opción por el SER. No por cualquier ser sino por el ser humano más plenamente desarrollado en todos sus sentidos posibles. Asumir que la Encarnación del Hijo de Dios fue un mero disfraz, o un gesto de condescendencia, le quita a nuestra fe todo su sentido y la convierte en un simple discurso humano que sirve para justificar “religiosamente” nuestra opción por las apariencias. El Hijo de Dios no hace teatro: nace como hombre en el lugar y en las circunstancias en las cuales es posible desarrollarse más plenamente como ser humano a imagen y semejanza de su Padre. En Nazaret Jesús no es un Dios que “parece” hombre, es Dios siendo plenamente hombre y plenamente Dios. Pero atreverse a ser es un camino demasiado riesgoso en el que nos podemos estancar a la altura de un simple hijo de carpintero, por eso optamos por parecer y usamos la fe como un argumento más para justificarnos.

Jesús, Dios encarnado, que nace en las condiciones humanas en las cuales nació, no busca parecer muy bueno, o muy débil, o muy tierno, para obtener nuestra adhesión sentimental. Nace como el primero de los Hombres Nuevos de una Nueva Creación. Está empezándolo todo otra vez, no condesciendo, ni sintiendo lástima, ni juzgando. Y lo que nos dicen sus primeros treinta años de vida es que la forma de participar como seres humanos Nuevos en esa Nueva Creación pasa por la obediencia a Nazaret.

El peso y el misterio que tiene para Jesús el tiempo vivido en Nazaret, es el mismo peso y el mismo misterio que tiene para todo ser humano su propio SER. Es fácil conocer lo que una persona hace, o dice, o piensa, pero no es fácil saber lo que una persona es. No es fácil ni siquiera para la propia persona. Más allá de los límites de nuestra intimidad más profunda, todos representamos un cierto papel social. Hacemos, pensamos, hablamos, y con todo eso creamos y sostenemos una imagen que nos permite ocupar determinado lugar. Por eso, quienes se exaltaron con lo que Jesús hacía, o decía, pero no se dejaron tocar por el misterio más profundo de lo que Él era más allá de todas sus inevitables imágenes, vivieron la cruz como el final de una ilusión.

En esa hora crucial Jesús hubiera podido afirmarse en alguna de sus apariencias: de reformador social y político, de profeta, de gran sanador, de hombre muy sabio, y parado allí hubiera movido fuerzas a su favor y tal vez impedido su muerte. Sin embargo, la fidelidad a su ser más profundo lo llevó a renunciar a esa lucha para no mentirse a sí mismo, para no quedarse a medio camino; no se vendió a ninguna de las apariencias que sus propios talentos humanos le ofrecían, no traicionó el lugar en el cual se formó como persona a imagen y semejanza de su Padre: no renunció a ser el hijo del carpintero de Nazaret. Y fue esa opción, ese fracaso en términos humanos, el que le dio a su aventura espiritual una eficacia capaz de atravesar los siglos encarnándose nuevamente en todas las situaciones humanas. Hoy sabemos que esa eficacia es una eficacia eucarística y que está al alcance de cualquier ser humano que como Él decida ser fiel a su identidad de hijo o hija de Dios.

No son nuestros afanes, nuestras construcciones y nuestros argumentos, es nuestro SER de hijos e hijas de Dios el que le anuncia a los pobres la Buena Nueva, proclama la liberación a los cautivos, devuelve la vista a los ciegos, da libertad a los oprimidos y proclama el año de gracia del Señor. Por eso es lógico que sea precisamente en Nazaret, el lugar donde Jesús aprendió a ser el hombre que era, que se explicite a sí mismo y anuncie la unción que el Espíritu del Señor ha hecho sobre Él (lc 4, 18-19). Sin embargo, la novedad que su gesto y su mirada implican es tan radical que haría falta que sus vecinos nazarenos nacieran de nuevo para que pudieran comprenderlo. Frente al rechazo, seguramente muy doloroso, de quienes con su convivencia cotidiana y su propio ser le han ayudado a formarse tal y como es, Jesús se repite el refrán: médico, cúrate a ti mismo, y comprende mejor lo que su misión le exige: ofrecer la posibilidad de volver a nacer de nuevo.

Lo que nos revela Jesús de Nazaret con la totalidad de su ser y no sólo con las “enseñanzas” que podemos entresacar, o incluso “inventar” nosotros mismos a partir de sus muchas y a veces conflictivas imágenes, es que seguirlo a Él no consiste en seguir a otro distinto de nosotros mismos. Jesús de Nazaret nos remite a nuestra propia identidad de Hijas e Hijos de Dios y hace efectivo todo el caudal de vida humana y divina que se esconde allí mediante su opción por una eficacia eucarística. Lo admirable de una experiencia espiritual es reconocer en ella la manera como un hombre o una mujer entra en comunión profunda con su SER de Hija o Hijo de Dios, la forma como Dios brilla y se revela plenamente a sí mismo encarnándose en una identidad humana. Pero no se puede hacer de esa admiración el intento de vivir una experiencia espiritual propia usando el camino de otro, ni siquiera el camino de Jesús de Nazaret.

Es decir: Jesús de Nazaret no es otro, somos nosotros mismos, cada una y cada uno de nosotros. Y seguirlo a Él no consiste en “imitarlo”, consiste en ser lo que Él nos revela que somos. En palabras de la carmelita Isabel de la Trinidad: «Seamos para con Él una humanidad suplementaria en la cual pueda renovar plenamente su misterio». Fue eso lo que hizo el Hermano Carlos de Jesús con la totalidad de su aventura espiritual, más allá de las muchas imágenes que a lo largo de su caminar él mismo pudo entender y proponer a veces como definitivas. Carlos de Foucauld no terminó siendo el ser humano que le pareció que su vocación religiosa le exigía, no terminó siendo el ser humano que su propia voluntad, o inteligencia, o devoción, quiso que fuera: terminó siendo el ser humano que Dios necesitaba que fuera para poder «renovar en él plenamente su misterio». Y para lograrlo tuvo que abandonar en el camino, tal como lo hizo Jesús de Nazaret, todas las imágenes en las que sus límites humanos pretendieron encerrarlo, hasta morir completamente solo en medio del desierto, dando con su propio fracaso humano el paso hacia el interior de la eficacia eucarística.

Al llegar a la otra orilla del lago, encontraron a Jesús y le preguntaron:
–Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
Jesús les dijo:
–Les aseguro que ustedes no me buscan porque hayan visto las señales milagrosas, sino porque han comido hasta hartarse. No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y les da vida eterna. Esta es la comida que les dará el Hijo del hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él.
Le preguntaron:
– ¿Qué debemos hacer para que nuestras obras sean las obras de Dios?
Jesús les contestó:
–La obra de Dios es que crean en aquel que él ha enviado.
– ¿Y qué señal puedes darnos –le preguntaron- para que, al verla, te creamos? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Dios les dio a comer pan del cielo.”
Jesús les contestó:
–Les aseguro que no fue Moisés quien les dio el pan del cielo. ¡Mi Padre es quien da el verdadero pan del cielo! Porque el pan que Dios da es aquel que ha bajado del cielo y da vida al mundo.
Ellos le pidieron:
–Señor, danos siempre ese pan.
Y Jesús les dijo:
–Yo soy el pan que da vida. El que viene a mí, nunca más tendrá hambre, y el que en mí cree, nunca más tendrá sed. Pero, como ya les dije, ustedes no creen aunque me hayan visto. Todos los que el Padre me da vienen a mí, y a los que vienen a mí no los echaré fuera. Porque no he venido del cielo para hacer mi propia voluntad, sino para hacer la voluntad de mi Padre, que me ha enviado. Y la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite el día último. Porque la voluntad de mi Padre es que todo aquel que ve al Hijo de Dios y cree en él, tenga vida eterna, y yo le resucitaré en el día último.
Por eso los judíos comenzaron a murmurar de Jesús, porque había dicho: “Yo soy el pan que ha bajado del cielo.” Y decían:
–Este es Jesús, el hijo de José. Nosotros conocemos a su padre y a su madre: ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo?
Jesús les dijo:
–Dejen de murmurar. Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre, que me ha enviado; y yo lo resucitaré el día último. En los libros de los profetas se dice: ‘Dios instruirá a todos.’Así que todos los que escuchan al Padre y aprenden de él vienen a mí.
“No es que alguien haya visto al Padre. El único que ha visto al Padre es el que ha venido de Dios. Les aseguro que quien cree tiene vida eterna. Yo soy el pan que da vida. Sus antepasados comieron el maná en el desierto, y sin embargo murieron; pero yo hablo del pan que baja del cielo para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo.”
Los judíos se pusieron a discutir unos con otros:
– ¿Cómo puede este darnos a comer su propio cuerpo?
Jesús les dijo:
–Les aseguro que si no comen el cuerpo del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré el día último. Porque mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre vive unido a mí, y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él. De la misma manera, el que me coma vivirá por mí. Hablo del pan que ha bajado del cielo. Este pan no es como el maná que comieron sus antepasados, que murieron a pesar de haberlo comido. El que coma de este pan, vivirá para siempre.


Bolivia 2007

Independientemente de cualquier valoración objetiva acerca de su desempeño, gran parte de quienes rechazan al actual presidente Evo Morales lo hacen por ser quien es. Suponen, aunque no todos se atreven a decirlo en voz alta, que alguien que haya nacido en el lugar y en las condiciones en las que él nació, alguien que tenga su misma formación, su misma cultura, no merece esa dignidad o no está en condiciones de asumirla digna y eficazmente. Y afirmados en esa posición, conciente o inconcientemente racista, están dispuestos a hacer lo que sea con tal de evitar que semejante «escándalo» siga ocurriendo en la patria.

Sin embargo, es bueno no confundirse: más allá del miedo a lo que Evo Morales representa en términos de la distribución de fuerzas en la actual realidad boliviana, lo que no quieren enfrentar es el llamado a dejar lo viejo y comenzarlo todo otra vez desde el principio: el llamado a nacer de nuevo.

La Bolivia de hoy es una nación que tiene el privilegio de estar atravesando una esquina histórica en la que sería posible atreverse a nacer de nuevo. Por eso su responsabilidad espiritual de cara a toda la humanidad es tan grande. Hoy por hoy Bolivia no está en la cola sino en la vanguardia de las búsquedas más cruciales que los seres humanos deberemos realizar en el presente siglo. No sólo porque haya sabido colocarse en esa esquina en la que sería posible atreverse a nacer de nuevo, sino sobre todo porque tiene la información necesaria para vivir ese renacimiento, porque ha sabido mantener vivo a pesar de todos sus pesares un depósito de sabiduría cultural y espiritual que es la semilla de una alternativa real y sistemática al imperio de muerte que cada vez copa más espacios en el mundo.

Fuera de Bolivia son muchos los que apuestan a favor de Evo Morales, no tanto por una valoración objetiva de su desempeño como presidente, sino porque lo ven como un símbolo de ese «atreverse a nacer de nuevo» que ellos añoran desde sus propias circunstancias existenciales, sin saber cómo hacerlo, o desengañados por intentos fallidos en el pasado. Más que por Evo Morales apuestan a favor de algo todavía oscuro y confuso que en ellos mismos está pidiendo una oportunidad de SER. Si no existiera Evo Morales tendrían que inventarlo.

De puertas hacia dentro las cosas se ven y son de otra manera. Independientemente del rechazo más o menos racista a Evo Morales, el problema objetivo es qué hacer con un pueblo, con varios pueblos, que luego de siglos de silencio quieren atreverse, con todo derecho y justicia, a decir su palabra. Algunos en medio de su ceguera no entienden, o se niegan a entender, las proporciones y la profundidad de lo que se juega en la Bolivia del año 2006. Le tienen tanto temor a lo diferente, a lo alternativo, que estarían dispuestos, si pudieran hacerlo, a devolver la película y regresar al pasado. Este temor que para unos es simple ceguera, paro otros es la conciencia clara de sus propios privilegios amenazados. Son éstos últimos los que muy hábilmente han sabido distraer la atención del tema de fondo: la posibilidad de comenzarlo todo otra vez desde el principio, y pretenden generar pánico convocando fantasmas extranjeros: el comunismo, Cuba, Venezuela. Lo que no calculan es que por ahí podrían terminar despertando no sólo fantasmas sino monstruos tan terribles como el de la violencia fratricida.

La posibilidad de comenzarlo todo otra vez desde el principio no es un slogan publicitario para la constituyente, es la novedad radical que la Palabra de esos pueblos silenciados durante tantos siglos puede aportar hoy no sólo a Bolivia sino a toda la humanidad. Una novedad que cuestiona incluso el significado de la palabra palabra, y que nos invita a abrirnos a formas nuevas de comunicación, de organización, de construcción de lo social. Formas que por el significado y las consecuencias que tienen hoy se pueden llamar «nuevas», pero que son en realidad antiquísimas, milenarias.

No perder de vista la grandeza de lo que se juega en la actual realidad boliviana no quiere decir ser ingenuos o cerrar los ojos a lo pequeño, a lo inmediato, a las realidades y necesidades cotidianas de la gran mayoría pobre del país. En ese sentido no dejan de tener cierta medida de razón quienes afirman que con esos bonitos análisis de antropólogos, sociólogos y teólogos no se puede llenar el plato del almuerzo cada día. Y también tienen razón quienes llaman la atención acerca de una posible idealización del aporte que las culturas originarias pueden hacer hoy. No se puede ignorar que la historia vivida y la limitación “original,” que cargamos los seres humanos vengamos de donde vengamos, también han echado encima de las semillas que aún se mantienen vivas una cantidad inmensa de basura que no es fácil separar y echar al fuego.

¿Qué hacer como cristianos ante una situación tan compleja? ¿Cómo aportar a la construcción de un hoy más justo y fraterno para las mayorías del país, integrando las semillas de vida que la realidad nos coloca hoy sobre la mesa? ¿Cómo ser esas mujeres y esos hombres nuevos capaces de estar a la altura de un momento histórico tan rico pero también tan arduo, tan difícil? Sin ofrecer recetas imposibles o conclusiones fáciles, quizá lo que se nos pide es que seamos capaces de orientarnos en medio de esa realidad compleja con un sentido que se podría llamar: olfato eucarístico. Tenemos que aprender a ser eficaces de la manera como Jesús de Nazaret nos revela con la totalidad de lo que Él es: eficaces por la calidad de nuestro SER.

Sin negar nada de lo humano, como el hijo de Dios encarnado, tenemos que asumir que nuestras reales soluciones, como hijas e hijos de Dios, no son humanas sino divinas. Es decir, tenemos que atrevernos a SER eucaristía. Se nos olvida que como cristianos no estamos llamados a buscar o a anunciar una solución: estamos llamados a dar testimonio: a SER la solución. Tenemos que ocupar nuestro sitio en la realidad de tal manera que el que coma nuestro cuerpo y beba nuestra sangre tenga vida eterna. Sólo quienes tienen una vida eterna pueden dar la medida de la complejidad de la realidad y pueden discernir, aportar para construir Vida.

Hay algo que se podría considerar “positivo” en el pesimismo y la desesperanza de quienes no creen en las posibilidades de una mejora de la situación del país: en el fondo tienen la conciencia de que no existe ese programa salvador, venga de donde venga, que pueda llenar el plato de comida en la mesa de los pobres: no creen ya en las señales milagrosas. Lo malo de esa desesperanza es que casi siempre termina generando una rapiña egoísta: como no hay solución posible para el gran problema me ocupo de comer hasta hartarme, sin importar lo que le pase a los demás.

Vivir SIENDO eucaristía es lo único que nos permite cargar y soportar sin falsas ilusiones la imposibilidad de soluciones humanas, pero de una manera que no es resignación o abandono sino que nos transforma en canales a través de los cuales la realidad entra en contacto con la verdadera solución: Les aseguro que si no comen el cuerpo del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré el día último. Porque mi cuerpo es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.

El llamado cristiano a trabajar por la verdadera comida, por ese pan que no es como el maná que comieron sus antepasados, que murieron a pesar de haberlo comido, muchas veces ha servido de argumento a quienes han querido utilizar la fe para defender sus privilegios. Siempre ha sido más cómodo ponerse del lado de quienes tienen el poder y señalar el “error” de los que desde abajo buscan cambiar esa situación construyendo algo nuevo. Sin embargo, más que entender la realidad como una balanza con dos platillos en sus extremos, el cristiano entiende que es el lugar donde está llamado a nacer de nuevo del agua y del Espíritu, el lugar donde debe atreverse a SER un ser humano nuevo de una nueva creación. Esa es su forma de entender el significado de la palabra cambio.

Y es en este contexto donde la Palabra (con mayúscula) de esos pueblos silenciados durante tanto tiempo revela su significado. Pero para escucharla hace falta tener un olfato eucarístico. Olfato porque no son nuestros oídos el órgano capaz de comprender un significado que ni siquiera está expresado en eso que nosotros entendemos como palabra (con minúscula). ¿Acaso después de tantos siglos de silencio y resistencia van a ser tan ingenuos como para desperdiciar este momento histórico volviendo a caer en las trampas de una palabra que no ha hecho más que negarlos y discriminarlos? El cristiano que hoy no tenga el olfato eucarístico suficientemente desarrollado corre el riesgo de que su buena voluntad termine siendo utilizada por quienes apertrechados en sus privilegios si comprenden que la Palabra de esos pueblos contiene la semilla de una nueva creación y saben que la única manera de mantenerlos es volviendo a silenciarla.

Hoy en Bolivia el Maestro nos sale al encuentro al otro lado del lago. Pero la palabra que nos dirige desde allí no es la nuestra, no es ésa con la cual estamos acostumbrados a mirarnos nuestro propio ombligo, es la Palabra de aquellos que buscan despertarse luego de un silencio milenario. El ser humano viejo que debe morir para darle paso a uno nuevo insiste en defenderse: ¿Y qué señal puedes darnos para que, al verla, te creamos? ¿Cómo podremos ser capaces de ver las señales de lo nuevo si no nos dejamos conducir por quienes mantienen vivas todavía semillas que la vieja palabra no ha logrado corromper? Si queremos llegar con el Maestro hasta el otro lado del lago nos toca correr el riesgo del viaje, arriesgar la vida en la tormenta. Quienes desde la comodidad de la orilla pretenden juzgar a los que se atreven lo único que harán será seguir alimentándose con la comida que se acaba… siendo cómplices de la muerte.

La afirmación de Jesús de ser el pan que da vida no es palabra, es acto: El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna. La Vida no se puede anunciar, no se puede escuchar, hay que comerla y beberla. Pero el que da la Vida, el que se deja comer y beber no hace su propia voluntad sino la voluntad de su Padre que lo ha enviado. Es así como puede cumplir con su responsabilidad de no perder a ninguno de los que se le han dado. Como seguidores de Jesús de Nazaret hoy en Bolivia estamos llamados a defender la unidad, a no dejar que ninguno se pierda. Pero cumplir esa responsabilidad no es palabra, es acto, es hacer el viaje junto con los que se han subido en la barca y enfrentan la tormenta para intentar llegar al otro lado.

SER eucaristía no es “tener” fe, es vivir de la fe. Y en la práctica, el que vive de la fe tiene el alma llena de pensamientos nuevos, de nuevos gustos, de nuevos juicios; son horizontes nuevos los que se abren ante él (…) comienza necesariamente una vida totalmente nueva, opuesta al mundo, al que sus actos le parecen una locura (…) el camino luminoso por donde anda no aparece a los ojos de los hombres, les parece que quiere caminar en el vacío como un loco (Carlos de Foucauld).

Desde luego el discernimiento que nos corresponde hacer hoy no es nada fácil. Si dejamos que sea el ser humano viejo que se esconde en nosotros mismos el que decida, ciertamente no podremos ver ni escuchar los pensamientos nuevos, los nuevos gustos, los nuevos juicios, los horizontes nuevos que hoy el Maestro nos quiere comunicar desde la otra orilla de la realidad Boliviana. Como cristianos sabemos que humanamente nadie da la medida para enfrentar semejante reto, pero también sabemos que como hijas e hijos de Dios vive también en nosotros un ser humano nuevo que tiene el olfato suficientemente desarrollado como para orientarnos en medio de la oscuridad y llevarnos al puerto. También sabemos que ese olfato no es el olfato de un SER que se queda afuera, que no se compromete, sino el olfato de alguien que desde adentro se ofrece como comida y bebida, como alimento verdadero. Ese ser humano nuevo no se obedece a sí mismo, no hace su propia voluntad, obedece la voluntad del que lo ha enviado. Por eso su paso por la cruz es inevitable.

Hoy en Bolivia volvemos a ser los seguidores del hijo de un carpintero que se llamaba José, nacido en un caserío miserable, alejado de los centros de poder de un gran imperio, con tan mala fama que todos pensaban que no podía salir nada bueno de él. Su formación fue tal que sus propios vecinos lo reconocían y lo juzgaban solamente como “el hijo del carpintero”. Ese hijo de carpintero armado con la certeza que le daba su dignidad de Hijo de Dios fue descubriendo en sí mismo capacidades que lo convirtieron en una persona con poder, tanto que las multitudes quisieron hacerlo rey. Y cuando estaba en la mejor posición, cuando con un poco de organización y estrategia hubiera podido ser la cabeza de un movimiento importante en la capital misma de su país, opta por no obedecerse a sí mismo sino a alguien que llamaba mi Padre, y termina, en un gesto completamente inexplicable, ofreciendo su propia sangre y carne como alimento capaz de dar un tipo de vida no sólo abundante sino eterna. Esa fue su eficacia que más que con palabras expresó colgado en una cruz. Actuando así le heredó a sus seguidores una fuerza mayor que la del imperio.


Tiempo de Celebración


Para los cristianos la eucaristía es más que una tradición y una repetición ritual de ese acto realizado por el mismo Jesús. Así lo expresó Juan Pablo II en su Encíclica ECCLESIA DE EUCHARISTIA:

“La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: «He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza. Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es «fuente y cima de toda la vida cristiana». «La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo». Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor. (…) Los Apóstoles que participaron en la Última Cena, ¿comprendieron el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo? Quizás no. Aquellas palabras se habrían aclarado plenamente sólo al final del Triduum sacrum, es decir, el lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. En esos días se enmarca el mysterium paschale; en ellos se inscribe también el mysterium eucharisticum.”


Mientras la semilla no termine de caer en tierra y muera para dar fruto, siempre nos encontramos en ese lapso que va de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. Pero hay momentos históricos, como el que actualmente vive Bolivia, en los que la intensidad del sentido que se juega en ese lapso se remarca doblemente. Es aquí, en medio de las oscuridades y los sobresaltos del camino, donde nos toca responder la pregunta: ¿comprendimos el sentido de las palabras que salieron de los labios de Cristo?... Quizá no. No estamos llamados a vivir de la eucaristía como si fuéramos parásitos de un rito, estamos llamados a vivir de la eucaristía en el sentido de SER nosotros mismos eucaristía. Pero ésa, más que una experiencia individual es una experiencia de Iglesia, una experiencia de Comunidad.

¿Cómo ser comunidad, ser Iglesia, en la Bolivia de hoy, sin dejarnos arrastrar por propuestas que ofrecen estilos de convivencia que no son acordes a la dignidad que tenemos todas y todos de SER hijas e hijos de Dios, pero también sin estorbar la acción del Espíritu que quiere echar vino nuevo en cántaros nuevos? ¿Cómo vivir este momento histórico que se nos ofrece como espacio de celebración eucarística de ese tránsito misterioso y doloroso de la muerte hacia la vida? Si los cristianos no somos eucaristía ¿qué podemos aportarle a la celebración de nuestros ritos eucarísticos?

El único poder más grande que todos los imperios es el poder de la misericordia. El borrón y cuenta nueva absoluta, el milagro de volver a nacer. Pero ese poder nos lo reveló alguien que en sí mismo es la señal de una opción Divina: Jesús de Nazaret. No podemos SER eucaristía sin acompañar esa opción, sin correr en comunidad los mismos riesgos que corrió nuestro Maestro, sin realizar hoy nuestro propio tránsito eclesial de la tarde del jueves hasta la mañana del domingo. Es época de muerte, muchas muertes se fermentan en el hoy del mundo y de la humanidad, pero por eso mismo, para nosotros los cristianos es también época de vida. De vida no en el sentido de que arrinconados por el temor a lo nuevo nos constituyamos en defensores de lo viejo. De vida en el sentido de ser dóciles a las muertes que el Espíritu necesita que nosotros experimentemos para transformarnos en mujeres y hombres capaces de acoger al ser humano nuevo que ya está llegando.

Eucarísticamente hablando la realidad que atraviesa hoy Bolivia, el corazón de América Latina, es de una densidad y una riqueza infinitas. Somos, en un rincón menospreciado del imperio esa Nazaret en la que el hijo del carpintero vuelve a nacer con el rostro de muchos pueblos relegados y despreciados. No esperemos como Iglesia que ese Jesús nos hable con viejos y caducos lenguajes, no esperemos que nos repita nuestras cansadas certezas, o que nos afirme en nuestras actuales instalaciones. No estamos llamados a ser una comunidad que se conforma con ser testiga formal y muda del misterio pascual, del misterio eucarístico. Estamos llamados a SER una comunidad que encarna ese misterio, que realiza la Vida de Dios, de Dios que es novedad absoluta, en medio de un mundo cercado por la muerte.

Hay un bello mito Quechua que se expresa con la palabra Pachakuty, que significa el retorno a los periodos originarios, el vuelco total y el transito a un estado de mayor sabiduría. Y en el capítulo 13 del Evangelio de Mateo, dice Jesús: Todo maestro de la Ley que se convierte en discípulo del reino de Dios, se parece al que va a su bodega y de allí saca cosas nuevas y cosas viejas. El complemento de estas dos afirmaciones hoy en Bolivia es evidente: para ser discípulos del Reino tenemos sacar cosas viejas de nuestra bodega, retornar a los periodos originarios, vivir un vuelco total y entrar en un estado mayor de sabiduría, pero también tenemos que saber sacar cosas nuevas, atrevernos a construir lo que parece imposible, sabiendo que nuestros actos parecen una locura (…) el camino luminoso por donde andamos no aparece a los ojos de los hombres, les parece que queremos caminar en el vacío como locos…