2.02.2007

Camino Espiritual de las Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld

Vocación

“Lo que yo busco en este momento no es un grupo de almas que entren en un marco de vida prefijado para llevar estrictamente un género de vida bien delimitado... No, actualmente lo que busco es un alma de buena voluntad, que quiera compartir mi vida, en la pobreza, la oscuridad, sin ninguna regla fija, siguiendo su llamada, como yo sigo la mía...” (Carlos de Foucauld. Dic 3/1905)


1. Las Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld, están llamadas y llamados a reconocer en sus vidas la presencia y la acción misericordiosa de Dios, Señor de lo imposible, capaz de sanar todas las heridas y hacer que los últimos, según las razones humanas, sean quienes más cerca estén de su corazón y ocupen los primeros puestos en el banquete del Reino.

Reconocen la riqueza de vida infinita que han recibido gratuitamente por ser hijas e hijos de Dios, que nada ni nadie les podrá quitar.

Acogen y celebran esa riqueza de vida que gratuitamente se les da y afirmándose en ella, sin hacer ningún caso de sus propios límites y defectos humanos, la ofrecen a los demás, gritándola con toda su vida, para que ellos puedan también reconocerla y ser felices como el corazón de Dios desea que lo sean.

2. La vida escondida que eligió Dios vivir en Jesús de Nazaret, les invita a reconocerse también como habitantes de ese Nazaret santificado por la presencia silenciosa y discreta de Dios encarnado.

3. Acogen el don de su propio Nazaret santificado y lo santifican ellos mismos por su comunión con ese gesto amoroso de Dios en la Encarnación.

4. Se abren al deseo de Dios que quiere vivir en sus corazones los mismos sentimientos que vivó el Corazón de Jesús en Nazaret.

Por eso buscan estar presentes, como Él lo estaría, en medio de todas las situaciones personales, familiares y sociales que les corresponda vivir.

5. Se niegan a sí mismos, como Dios se negó a sí mismo en Jesús de Nazaret, no por debilidad, o piedad, o moralismo, sino para afirmar en ellos la fertilidad de las hijas y los hijos de Dios.

6. Acompañan a su Hermano Mayor, Jesús, en su camino, que no es camino de esclavitud, debilidad y muerte, como puede parecerle a los ojos humanos, sino camino de liberación, de poder y de vida.

7. Y llegan con Él hasta la mesa de su Última Cena, y ofreciendo allí junto con Él el pan y el vino de sus propias vidas, todo lo bueno y todo lo malo que pueda haber en ellas, aceptan pasar por la Cruz y por la Muerte para transformarse en Eucaristía y darle a sus vidas una plenitud y una eficacia divinas.

Los que fuimos sumergidos por el bautismo en Cristo Jesús, fuimos sumergidos en Él para participar de su muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo para compartir su muerte, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, también nosotros hemos de caminar en una vida nueva. (Rom 6, 4-5)

8. Las Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld están llamadas y llamados no a “tener” fe sino a vivir de ella:

“El que vive de la fe tiene el alma llena de pensamientos nuevos, de nuevos gustos, de nuevos juicios; son horizontes nuevos los que se abren ante él (...) comienza necesariamente una vida totalmente nueva, opuesta al mundo, al que sus actos le parecen una locura (...) el camino luminoso por donde anda no aparece a los ojos de los hombres, les parece que quiere caminar en el vacío, como un loco...” (Carlos de Foucauld. Nazaret Nov 9/1897)

9. Se esfuerzan por llevar una vida totalmente nueva, opuesta al mundo, por transformar su Ser en Eucaristía, para dar testimonio de que allí donde los límites humanos dicen que no hay nada, hay en realidad un camino luminoso que se puede transitar.

10. No pueden hacer visible el camino por el que avanzan porque sólo se puede ver desde el interior de una experiencia de fe, pero su vida, que puede parecer una locura, si puede despertar en los otros el gusto por algo que está más allá y que hace posible la vida en el centro mismo de la muerte.

11. Para ellas y ellos Ser Eucaristía es la respuesta definitiva de Dios a todas sus búsquedas humanas.

Pero no es una respuesta teórica sino una invitación a ponerse de rodillas, porque lo que Dios les propone no es que “comprendan” sino que asuman, que multipliquen la eficacia eucarística sobre el mundo mediante el ofrecimiento eucarístico de sus propias vidas.

Ámense los unos a los otros como yo los he amado... Jn 13, 34

12. Este ofrecimiento eucarístico de sus vidas los invita a vivir en cada uno de sus encuentros humanos, a la manera de la Virgen María, el gozo de saber que son sus propias entrañas las que acogen y comunican al Salvador.

13. No tratan primero de creer en la eucaristía, ni de adorar la eucaristía, ni de asistir a la celebración de la eucaristía, sino que se esfuerzan por Ser ellos mismos eucaristía.

Por creer en ella, adorarla y celebrarla en su manera de vivir los acontecimientos que la vida les impone, como seres humanos resucitados que han empezado ya una vida nueva.

Participan con gozo y fe, en la celebración y la adoración de la eucaristía que Cristo resucitado vive en su cuerpo místico, la Iglesia.

14. Como hijas e hijos se dejan alimentar por el magisterio de la Iglesia y velan junto con ella haciendo caso de la interpelación de Jesús en el Huerto de Getsemaní: ¿Cómo pueden dormir? Levántense y oren para que no caigan en la tentación. (Lc 23, 46)

15. El fruto que están llamados a dar no es una construcción exterior a ellos mismos. Su seguridad y su felicidad nacen de saber que lo que está sucediendo en sus entrañas es YA el fruto.

16. Se vacían de sí mismos en un gesto de confianza total y colocan toda su vida en las manos de Dios para que sea Él quien les indique su lugar.

Y cuando están allí, en el lugar donde han sido llevados por el Espíritu, dejan que su Ser sea su eficacia, se ocupan de lo fundamental, el Reino de Dios y su Justicia, y esperan que el resto se les dé por añadidura.


Misión

“Nada de raro ni de extraordinario encontrará usted en el padre De Foucauld, sino una fuerza irresistible que empuja, un instrumento duro para una ruda tarea (...) firmeza, deseo de ir hasta el final en el amor y en la entrega, de sacar todas las consecuencias, nunca desánimo, nunca (...) todas las objeciones que se le ocurren, ¡cuántas veces se me han ocurrido¡ Sólo me he rendido ante la experiencia, y tras largas pruebas (...) ¡Déjele ir y vea¡”
(P. Huvelín. Ag 25/1901)

17. Las Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld son llamadas y llamados a ponerse de pie en el Nazaret en el cual la vida los haya criado y anunciar que el Espíritu de Dios está sobre ellos y los ha ungido para llevar buenas noticias a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, para devolver la vista a los ciegos, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19).

18. Viven todos los acontecimientos de su vida personal, familiar y de su pueblo, esforzándose por ser testigos agradecidos de la manera como Dios sana todas las heridas y construye la vida en medio de la muerte.

Pero no sólo se esfuerzan en ser testigos sino que hacen todo lo que pueden hacer, usando al máximo sus talentos humanos, para afirmar y fortalecer esa construcción sanadora y liberadora de Dios, luchando permanentemente contra la tentación de creerse ellos mismos los constructores.

19. No olvidan nunca que como hijos e hijas de Dios son plenamente responsables y deben tomar todas las iniciativas que estén a su alcance para construir un mundo en el que efectivamente los últimos sean los primeros, tal y como sucede en el corazón del Padre, y como debe suceder en su propio corazón de Hermanas y Hermanos Laicos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld.

20. Hacen todo lo humanamente posible pero como su vocación no los llama a una eficacia solamente humana sino eucarística, viven un proceso constante, individual y comunitario, de discernimiento y educación espiritual, que les permita dejarse conducir y modelar por la sabiduría divina.

21. Se abren a las novedades del Espíritu que puede construir, sanar y liberar de formas que a ellas y ellos mismos les pueden parecer humanamente incomprensibles.

22. No buscan intencionalmente ningún tipo de fracaso o de ineficacia humana, pero no evitan en su camino con Jesús de Nazaret el paso doloroso y oscuro de la Cruz, de la semilla que debe morir para dar fruto.

23. Su vocación los empuja a buscar con pasión en cada hecho de su vida personal, familiar y de su pueblo, la forma concreta de vivir su obediencia eucarística, porque saben que es así como pueden participar eficazmente en la construcción del Reino de Dios.

24. Una obediencia eucarística que inevitablemente pasa por la negación de sí mismos, y que los llevará a asumir actitudes que vistas desde fuera de una experiencia de fe pueden parecer negligencias, infidelidades o cobardías.

25. A pesar de todas sus inevitables contradicciones y vacilaciones humanas, intentan no quedarse nunca a medio camino. Su obediencia eucarística los empuja, como al Hermano Carlos, a buscar una manera de ir siempre hasta el final en el amor y en la entrega, de sacar todas las consecuencias.

26. Su testimonio, su Ser que busca adecuarse cada vez más al ritmo y a la manera como Dios construye, hace que sin salir del mundo no sean del mundo y con su presencia defiendan de la acción del maligno el corazón de todas las situaciones en las que deban intervenir. (Jn 17, 14-15)

27. Quizá muchas veces la necesidad de sobrevivir y sostener a sus familias les obligue a participar en iniciativas y trabajos humanos que les impidan cualquier forma de expresión de su fidelidad profunda al ritmo y a la manera como Dios construye.

Tal vez tengan que asumir condiciones de trabajo y de vida abiertamente injustas y opresoras, en medio de las cuales no podrán hacer nada distinto a callar y obedecer.

En esas circunstancias extremas están llamados y llamadas a transformar su impotencia en misericordia.

Su respuesta será la misma que la de Jesús de Nazaret ante la cadena de injusticias con las que fue llevado hasta la cruz. Aparentemente se calló, se resignó, no luchó, pero en realidad estaba enfrentando y derrotando al mal, no en sus manifestaciones externas sino en su raíz: el corazón del hombre.

Desde la condición de víctima torturada y condenada injustamente, y ante la ceguera de quienes lo interpelaban diciendo: ya que salvó a otros que se salve a sí mismo (Lc 23, 35) pidió perdón por sus verdugos porque no sabían lo que hacían (Lc 23, 34).

28. Por eso, aún en medio de sus inevitables luchas por obtener para ellos, para sus familias y para su pueblo condiciones de vida más dignas y justas, ofrecen sus vidas para que Dios vuelva a demostrar en ellas, como lo hizo en la vida de Jesús de Nazaret, que el extremo del amor, la justicia, no podrá ser nunca el resultado de cálculos y organizaciones humanas sino el resultado de la misericordia.

29. En el secreto más íntimo de su propio ser, al interior de sus familias y caminando codo a codo con su pueblo, deben tener el coraje de anunciar como Buena Noticia, lo que a los ojos humanos parece ser el silencio y la impotencia de Dios ante el mal del mundo.

30. Pero todo su ser debe también dar testimonio de que su comunión con ese aparente silencio e impotencia de Dios los hace plenamente humanos y felices, aun viviendo en medio de circunstancias profundamente inhumanas y dolorosas.

Pueden llegar a ser destruidos pero no pueden ser alcanzados por la muerte. Su destrucción no es un regreso a la nada ni una claudicación ante el mal. Es el paso de la semilla que con su muerte hace posible la fertilidad.


“El Padre me ama porque yo mismo doy mi vida,
y la volveré a tomar. Nadie me la quita, sino que yo mismo
la voy a entregar. En mis manos está el entregarla, y también el recobrarla...” (
Jn 11, 17-18)

31. Su Misión es defender la vida y la cumplen no porque sean especialmente fuertes, o porque tengan una sabiduría humana que les diga cómo hacerlo, sino porque dejan que en ellos suceda de manera gratuita tal y como Dios lo desea, porque no la estorban, porque son dóciles al camino misterioso que ella usa para circular en medio de la muerte y repetir el milagro de la fertilidad.

32. Perseveran porque saben que:

“En el momento en que Jacob está de camino, pobre, solo, cuando se acuesta en la tierra desnuda, en el desierto, para descansar tras un largo camino a pie, en el momento en que está en esa dolorosa situación del viajero aislado, en medio de un largo viaje en país extranjero y salvaje, sin refugio, en el momento en que se halla en esa triste condición es cuando Dios lo colma de favores incomparables...”
(Carlos de Foucauld)


Oración

“Todo lo que no es la simple adoración del Amado, lo veo de tal modo igual a cero, que se me caen las manos apenas dejo el pie del sagrario”. (Carlos de Foucauld)

33. Las Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld, en su camino de oración están llamadas y llamados a llegar al extremo de percibir con el Hermano Carlos que la simple adoración del Amado es no sólo la fuente que alimenta todas sus acciones, sino la acción humana más eficaz que pueden realizar.

Y es acción porque después de haber amado a los suyos que están en el mundo, son empujados a amarlos hasta el fin, y es en el silencio y en la quietud de la adoración, cara a cara con Dios, sin ningún intermediario, donde pueden llevar a cabo el hundimiento definitivo de su Ser en el misterio de la eficacia del amor divino.

34. La eficacia del amor divino es la que desarrolla su Ser de hijas e hijos de Dios, y los hace capaces de participar eficazmente en la construcción del Reino de Dios y su justicia en el mundo.

“Yo soy muy feliz; no me alejo apenas del Sagrario: ¿Qué puedo desear más y encontrar mejor? La soledad no me pesa para nada, al contrario, me resulta muy dulce, tan dulce que si buscara mi consuelo, no la rompería jamás”. (Carlos de Foucauld)

35. Se alimentan con el cuerpo y la sangre de Jesús que a través de la celebración de la eucaristía en la Iglesia el mismo Jesús les ofrece cada día, y piden allí la gracia de ser fieles a su vocación de ser ellos mismos eucaristía en medio del mundo.

36. En el silencio y en la quietud de la adoración eucarística se realiza en ellas y ellos la misma transformación que se llevó a cabo en Jesús de Nazaret luego de entregarse a sí mismo, su cuerpo y su sangre, para ser comido y bebido por sus discípulos.

Pero no llegan allí por pura creencia o devoción sino que son conducidos por el Espíritu. Él reconoce que ellas y ellos acogen su vocación, y tienen el deseo sincero de ser fieles a la misión a la cual se los envía.

No llegan a ponerse de rodillas ante el Sagrario con las manos vacías, sino llevando su realidad humana de cada día molida, amasada y hecha pan por la fidelidad a su opción de Ser eucaristía.

37. Su oración es una forma de expresar que su manera propia de comulgar con el cuerpo y la sangre de Jesús es haciéndose ellos mismos materia consumible y bebible.

Aceptan dar en la fe ese paso que los hunde en una oscuridad inexplicable, y se vacían de sí mismos para que Dios los utilice como le plazca y sirvan a su proyecto de inundar con misericordia todos los rincones de las realidades humanas, y del universo entero.

38. Quien se vive a sí mismo como eucaristía no puede “hacer” oración: Es oración.

Quien “hace” oración realiza un esfuerzo voluntarioso para salir de sí mismo y dirigirse a un objeto exterior.

En cambio, quien Es oración se acepta plenamente, acepta con gusto su realidad de hija o hijo de Dios, no lucha consigo mismo sino que suelta su humanidad, con absoluta confianza, en las manos de Dios, que espera solamente un si para intervenir y derramar abundante gracia.

Y con la nueva mirada de fe que la gracia recibida despierta en ellas y ellos, saben reconocer en cada realidad, oscura o luminosa, feliz o sufriente, un sagrario que los invita a ponerse de rodillas y adorar.

39. En su oración aprenden a reconocerse y aceptarse a sí mismos, a sus familias, y a su pueblo, como habitantes de ese Nazaret santificado por la presencia silenciosa del Dios encarnado.

Y se disponen para regresar a sus vidas cotidianas a responder amor con amor, dejándose conducir por el Espíritu que quiere que ellas y ellos se encarnen en su propia realidad de la misma manera y con la misma eficacia que Jesús en Nazaret.

40. La unidad entre su fe y su vida es una responsabilidad que toca desde luego todas sus opciones y responsabilidades humanas, pero en última instancia es un misterio que sólo la voluntad de Dios conoce y puede realizar.

Por eso su oración es una solicitud permanente de luz, un esfuerzo de discernimiento, pero también es una forma de aceptación, dolorosa y gozosa al mismo tiempo, de todo aquello que siendo voluntad de Dios contradiga sus luces y sus opciones humanas.






12.07.2006

Caminar sobre las aguas

La Vida nos espera en Jesús y queremos ir hacia ella como Pedro: Señor, si eres tú, mándame ir donde ti... (Mt 14,28). Ilusionados por nuestros buenos deseos, se nos olvida que Él, que nuestra vida, nos espera, sí, pero caminando sobre las aguas en medio de una tempestad. Su orden, la orden de la vida que nos llama, es clara y fuerte: ¡Ven!, y damos uno o dos pasos sobre las aguas picadas, pero la “conciencia” del peligro en que nos encontramos termina imponiéndose y nos echa encima el lastre del miedo que nos empuja hacia el desastre. ¿Cómo sostener la confianza en ese instante precioso en que logramos ignorar la imposibilidad racional de hacer lo que en ese instante ya estamos haciendo: caminando sobre las aguas en dirección a Jesús? El gesto del cual somos responsables y que nos capacita para movernos hacia la Vida que nos llama, consiste en volver cada día y en cada situación concreta a colocar los pies sobre ese sostén invisible e irracional capaz de mantenernos a flote en medio de la tormenta y permitirnos llegar hasta Él... volver a nosotros mismos.

10.18.2006

Santidad


Si no nos diera (qué será: miedo? pudor?) tendríamos que afirmar abiertamente que cada vez creemos menos en las intervenciones humanas. Es decir, prácticamente ya no creemos para nada en las intervenciones humanas. Y da miedo porque al fin de cuentas dependemos de esas intervenciones para sostener nuestra vida y la ilusión de que nos hacemos inmunes al sufrimiento, pero sabemos que esa vida sostenida con miedo es apenas una «vidita» minúscula. La verdadera Vida nos espera más allá, en el descaro total de los que no defienden nada y lo aceptan todo. ¿Algún día sentiremos en el pecho el pálpito humano que quizá sientan los que lanzan su vida por esa pendiente y se atreven a correr los riesgos que semejante paso conlleva? Mejor dicho: ¿algún día sentiremos lo que sienten los santos? ¿O acaso los santos, aunque se atreven, sólo sienten lo que estamos sintiendo? ¿Cómo saberlo?

Santidad. El caso no es empeñarse en eliminar por completo nuestras basuras sino en aprender a convivir con ellas evitando al máximo la contaminación, aunque para ello sea necesario desarrollar un método profiláctico tan eficiente que permita no contaminarse aunque se tenga que revolcar uno todo el día entre inmundicias. Sin ser ilusos, lo sano (¿lo santo?), accesible para nosotros, es mantener un nivel de basuras que no nos desborden y dejarnos tocar sólo por un tipo de infecciones no mucho más fuertes que nuestras defensas naturales y que puedan ser por lo menos controladas con los medicamentos que tenemos a mano. Si logramos sostener ese equilibrio le daremos espacio a nuestras defensas naturales para que se fortalezcan y ganaremos fuerzas para incinerar un poco más de basuras cada día.

Santidad siglo XXI. Hay un Proyecto que en sí mismo no tiene un objetivo que cumplir sino que se ocupa exclusivamente de crear el espacio y las condiciones que hacen posible el cumplimiento y desarrollo de todos los demás proyectos. Lo que Hace no es ser eficaz en ningún sentido particular sino establecer vínculos, propiciar asociaciones, incitar desplazamientos. Es como el sistema operativo de un computador, que no es un programa con funciones específicas determinadas y delimitadas sino que está ahí como telón de fondo para permitir (haciendo todo lo que haga falta hacer de la manera más discreta y eficiente posible…) que los programas “corran” y cumplan cabalmente las funciones para las que fueron creados. Pónganle el nombre que quieran a ese proyecto: contemplativo, místico, artístico. Yo agregaría: Nazaret. Espiritualmente hablando no es momento de crear nuevos programas -estamos saturados de programas-, es momento de actualizar y agilizar el viejo y fatigado sistema operativo antes de que nuestra totalidad colapse en el caos interno generado por tantos programas queriendo correr desenfrenadamente al mismo tiempo. Cuestión de colocarle acentos a las prioridades.

10.16.2006

Señales


Ustedes me buscan, no porque han visto señales, sino porque han comido panes y se han saciado. Obren, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les da el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre Dios ha marcado con su sello.

Cierto es que la tendencia humana más fuerte consiste en buscar aquello que llena el estómago, pero también cierto es que hay hombres y mujeres -quizá la mayoría- que no tienen oportunidad de ver señales porque no hay casi nadie que se dedique a ese oficio: generar señales. Y generar señales consiste en obrar, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que les da el Hijo del hombre. No importa que los seres humanos permanezcan encerrados en su tendencia desaforada a buscar solamente aquello que les llena el estómago “hasta saciarse”, por más que quieran no pueden arrancar de sus entrañas esa brújula interna que los hace desear, a favor de lo mejor de sí mismos, de su identidad divina, ver señales. Y cuando logran ver una señal les brotan de donde menos esperan, gestos, palabras y sentimientos de vida eterna. Ser cristiano, ser seguidor o seguidora de Jesús de Nazaret, es dedicarse al oficio de generar señales, no porque dejemos de responder a las necesidades del estómago, sino porque solamente quienes viven ya la vida eterna, quienes generan y reconocen las señales, pueden vivir una justicia divina, la única que multiplica el pan para todos y todas sin imponer ninguna forma de injusticia o de opresión a nadie. Quien genera señales provoca, quien provoca despierta, y quien despierta vive y hace posible que otros vivan la vida eterna.

9.22.2006

Monjes hoy

“Por monje, monachos, entiendo aquella persona que aspira alcanzar el fin último de la vida con todo su ser, renunciando a todo lo que no sea necesario para ello, es decir, concentrándose en este único y singular objetivo. Precisamente esta singularidad, o más bien la exclusividad del fin que rehúsa todos los demás fines subordinados, aunque legítimos, distingue al camino monástico de todos los demás caminos espirituales hacia la perfección o salvación. El monje se encuentra como mínimo en el deseo de ser liberado, y está tan concentrado en eso que renuncia a los frutos de su acción, distinguiendo lo real de lo que no lo es, y por eso está dispuesto a seguir la praxis necesaria. Si en cierto sentido se supone que todo el mundo aspira al fin último de la vida, el monje es el más radical y exclusivo en su cometido. Todo lo que no sea medio hacia ello es ignorado; todo lo que no sea el camino es marginado.”

“Mi hipótesis es que lo monacal, es decir, el arquetipo del cual el monje es una expresión, corresponde a una dimensión de lo humanum, de modo que todo ser humano tiene potencialmente la posibilidad de realizar esa dimensión. Lo monacal es una dimensión que tiene que ser integrada a otras dimensiones de la vida humana para conseguir lo humanum. No sólo de pan vive el hombre.”

“Me hago eco de la tradición que ve al monje como un ser solitario (no un aislado), viviendo quizá en una familia (espiritual), pero no como miembro de un mundo encerrado en sí mismo. La vocación monástica es esencialmente personal.”

“Creo que la tarea monástica más urgente hoy es buscar a Dios por los caminos de la política, la sociedad, la economía, la ciencia y la cultura, y no buscarlo perpetuando instituciones automarginadas y apolíticas, olímpicamente distanciadas de las cuestiones económicas, que rehúsan con aires de superioridad las disputas científicas, y se proclaman refinadamente supraculturales. Un Dios así sería una abstracción, no un Dios viviente ni ciertamente (en el ejemplo de la tradición judeo-cristiana-islámica) el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob”.

“Primero: necesidad de formación. El primer paso hacia la formación es una in-formación autentica. Las tradiciones monásticas, en general, no tienen suficiente conocimiento del estado del mundo, el cual empeora y se debilita de día en día. Con esto no quiero decir que deban ser informados, a través de los medios modernos de comunicación o periódicos, de la última noticia de lo que está ocurriendo en algún lugar, etc., que sólo serviría para distorsionar la visión y la perspectiva genuina de la aventura global de la realidad en su camino hacia el centro, hacia su destino como quiera que lo interpretemos. Pero hay una gran falta de información. Esta arrogante despreocupación o desinterés o indiferencia ante las cuestiones del mundo, actualmente sólo puede aparecer como la menos monástica de las virtudes, ya que fomenta la crueldad de la indiferencia, la insensibilidad y la ignorancia culpable. Muchos anacoretas de tiempos antiguos se hicieron cenobitas con el fin de ser medios de edificación para sus hermanos.

Quizá los nuevos monasterios deberían ser centros donde se estudie y se cultive la verdadera “construcción” del mundo.

Segundo: un estudio contemplativo o una aproximación profunda a estos problemas, de modo que no se consideren como simples cuestiones técnicas o como simples datos informativos, científicos o logísticos. Los dilemas globales de hoy no están sujetos a soluciones inmediatas o técnicas, así que todo lo que hemos estado diciendo aquí acerca de la contemplación debería tener un apoyo directo en el modo como abordamos los problemas humanos urgentes de la vida de cada día: sociedad, política, ciencia, cultura, etc.

Debería surgir una metodología sui generis que integre la actividad de la contemplación y la vida de acción contemplativa. No quisiera que se interpretasen mal mis palabras como si tal estudio se tuviese que reducir sólo a cuestiones sociológicas. Un conocimiento en profundidad de la propia tradición, por ejemplo, es igualmente imperativo. Además, ya no podemos conocernos a nosotros mismos correctamente sin conocer a nuestros vecinos, e incluso sus opiniones sobre nosotros. El conocimiento de otras tradiciones espirituales es también un imperativo monástico.

Tercero: una invitación a la acción. Para el monasticismo, invitar a la acción no significa activismo o un simple politiqueo.

(…)

El monasticismo tradicional convertía los monasterios en un politeuma (pertenencia al cuerpo social, unidad política), un modelo de comunidad en simbiosis con el mundo del entorno. Pero lo que una vez fue simbiosis puede convertirse en parasitismo si no se restablecen la comunicación y la comunión. Esta visión del monje se puede interpretar como idealista y utópica. Me reconfortó leer en el suplemento de la Nueva Enciclopedia Católica (1979) que el “instinto monástico es profético”. Sin querer identificar los dos carismas, no se puede negar que el nuevo monje ya no se siente satisfecho con una fuga mundi e intenta realizar una consecratio mundi de forma muy especial, una consagración de las estructuras espacio temporales: lo que he llamado secularidad sagrada.

Y aquí me siento impulsado a hacer una propuesta concreta a la luz de todo lo que hemos dicho. Va en contra de mi estilo, porque la historia demuestra que las cuestiones de este calibre no pueden ser resueltas organizando comisiones, sino más bien con el esfuerzo y la experiencia de unas pocas almas valientes. Quisiera transmitir la urgencia de construir una comisión o un grupo, o un simposio sobre la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo. Esto podría quizá crear la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial. El tiempo no puede estar ya más maduro.

“La crisis de nuestro período contemporáneo y al mismo tiempo su más grande oportunidad y vocación es comprender que el microcosmos humano y el macrocosmos material no son dos mundos separados, sino una y la misma realidad cosmoteándrica, de la cual, precisamente, la tercera dimensión “divina” es el vínculo unificador entre las otras dos dimensiones de la realidad”.
(Raimon Panikar)

Es un hecho que hoy esas pocas almas valientes, donde estén, a pesar de la insipiencia de sus búsquedas y resultados, están llamadas a posponer de alguna manera su necesidad y deseo (eremítico) de soledad y aceptar un compromiso comunitario (cenobítico), poniendo todos sus esfuerzos y experiencia al servicio de la edificación de sus hermanos, intentando ser educadores-formadores de ese nuevo tipo de ser humano (monástico) capaz de realizar un verdadero estudio contemplativo de la realidad, generando espacios (“centros”) donde se cultive la verdadera «construcción» del mundo, y creando la atmósfera propicia para que se produzca un cambio más existencial. Sin embargo, esta aparente claridad no lo es tanto cuando se está en medio de la realidad y se intenta construir. Hace falta ciertamente renunciar a algo y atreverse a las comisiones, pero hacerlo de tal forma que no volvamos a caer en otros discursos que pretenden manipular desde afuera la realidad y no logran producir un cambio realmente existencial. Y no es fácil. Hace ya mucho tiempo que estamos estancados ahí, porque nosotros mismos, lo que somos, es la trampa. Lo que habría que hacer es dejar surgir una metodología sui generis que integre la actividad de la contemplación y la vida de acción contemplativa, que nos permita dejarnos llevar por la urgencia de construir una comisión o un grupo, o un simposio sobre la formación monástica en nuestro mundo contemporáneo, pero manteniendo por lo menos la mitad del ser fuera de ese movimiento, intentando sumar el propio esfuerzo y experiencia individuales al de las pocas almas valientes que se enfrentan, arriesgando cada día su propia identidad, al verdadero calibre de estas cuestiones. Y en este sentido, la forma un poco «clandestina» como Carlos de Foucauld vive su vocación monástica al interior de una opción radical por la construcción de Fraternidad, es un aporte muy pertinente -de mucho calibre- para encontrar respuestas eficaces y equilibradas. En la práctica, la espiritualidad de Nazaret consiste en entrar en comunión con el gesto amoroso de Dios en la Encarnación. Esta no es una exigencia teórica, o moralista, o voluntarista, o afectiva, o ideológica: es una exigencia de ritmo. Y es la manera de ser de Dios en Jesús de Nazaret la que nos enseña el ritmo propio de nuestra vocación. Llamamos ritmo a los movimientos que, con todo nuestro ser, debemos realizar para llegar a SER Eucaristía. Es la manera concreta de vivir nuestra vocación contemplativa eucarística. (Algunos sinónimos de la palabra ritmo que pueden ayudar a una comprensión mayor, son: sinfonía, simetría, regularidad, equilibrio, compás, acento, cadencia…) La Fraternidad de las Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld es una familia espiritual llamada a vivir en su interior una diversidad de parentescos espirituales. Para nosotros Nazaret, más que una forma, un estilo de vida determinado y establecido de antemano al cual haya que ser fieles de manera rígida y estricta, es un ritmo propio que cada persona está llamada a descubrir en y por sí misma, a través del cual puede realizar su vocación eucarística. Para nosotras y nosotros vivir Nazaret no es hacernos responsables de un estilo de vida universalmente establecido, supuestamente muy valioso, que se tendría que proteger y dispensar de una manera «correcta». Es más bien la invitación a dejarnos recrear, nacer de nuevo hoy, reconociendo en nuestras vidas la presencia y la acción misericordiosa de Dios, Señor de lo imposible, capaz de sanar todas las heridas (C. E.1). La aventura espiritual de Carlos de Foucauld, los frutos de su fidelidad al Espíritu más allá de sus propias limitaciones humanas, nos enseña que la espiritualidad de Nazaret está llamada a nutrirse con plena libertad de todo lo que le permita, según las circunstancias, desarrollar su eficacia espiritual. Sin esa libertad las intuiciones espirituales de Carlos de Foucauld pierden su fertilidad. Vivir Nazaret es establecer canales de comunicación para dejarse fecundar, para llegar a SER hombres y mujeres que acogen y celebran la riqueza de vida que gratuitamente se les da y afirmándose en ella, sin hacer ningún caso de sus propios límites y defectos humanos, la ofrecen a los demás, gritándola con toda su vida, para que ellos puedan también reconocerla y ser felices como el corazón de Dios desea que lo sean (C. E. 1). La apertura al deseo de Dios que quiere vivir en nuestros corazones los mismos sentimientos que vivó el Corazón de Jesús en Nazaret (C. E. 4), hace que nuestra vocación sea contemplativa, eucarística, y también monástica, porque El fruto que estamos llamados a dar no es una construcción exterior a nosotros mismos. Nuestra seguridad y felicidad nacen de saber que lo que está sucediendo en nuestras entrañas es YA el fruto (C. E. 15). Nuestro testimonio, nuestro Ser que busca adecuarse cada vez más al ritmo y a la manera como Dios construye, hace que sin salir del mundo no seamos del mundo y con nuestra presencia defendamos de la acción del maligno el corazón de todas las situaciones en las que debamos intervenir. Jn. 17, 14-15. (C. E. 26). El convencimiento de que lo que está sucediendo en nuestras entrañas es YA el fruto no nace de ninguna autosuficiencia humana: es un don que se nos hace. Es el tesoro de nuestra propia santidad al cual accedemos mediante la opción de SER eucaristía. Afirmados en ese don nos atrevemos a vivir los acontecimientos que la vida nos impone, como seres humanos “resucitados” que han empezado ya una vida nueva (C. E. 13). Desde luego, cuando decimos que Nazaret no es un estilo de vida preestablecido al cual debamos ajustarnos mecánica y rígidamente, no pretendemos afirmar que la espiritualidad de Nazaret se pueda vivir de cualquier manera. Como Fraternidad de Hermanas y Hermanos del Sagrado Corazón de Jesús de Carlos de Foucauld, estamos llamadas y llamados a vivir Nazaret dándole a nuestro SER un equilibrio humano y espiritual que surge principalmente de la utilización, o más bien del «cocimiento» propio y original -en cierta medida y proporción- de los ingredientes que la espiritualidad cristiana ha venido desarrollado a lo largo y ancho de su historia. Decimos que nuestra vocación es contemplativa, eucarística y monástica, para afirmar al mismo tiempo algo viejo y establecido y algo nuevo que todavía busca los lenguajes, las formas y estructuras que le permitan explicitar y afirmar su propia identidad. Con mucho gozo nos sentimos llamadas y llamados a alimentarnos de las riquezas contemplativas, eucarísticas y monásticas que la vida de la Iglesia ha acumulado en su interior. Nuestro punto de partida, más que pretender algún tipo de aporte original que pudiera sumarse a esa gran riqueza, es determinar en qué medida y de qué manera vamos a integrar en nuestro SER esos diferentes ingredientes para «cocinar» el alimento espiritual que nos dará la identidad vocacional a que estamos llamadas y llamados en el mundo y las circunstancias de hoy. Sin embargo, no podemos desconocer que el mundo y las circunstancias de hoy aportan a la construcción de lo humano y lo espiritual ingredientes novedosos que ningún otro momento de la historia ha conocido, y que hace parte de nuestra responsabilidad humana y espiritual, de nuestra «encarnación», integrar en nuestro SER esas novedades de la forma como en nosotras y nosotros quiera hacerlo el Espíritu. La mayoría de las notas con las cuales estamos llamadas y llamados a componer nuestra sinfonía espiritual son antiquísimas, pero parados, encarnados, en el mundo y las circunstancias de hoy, no podemos recaer en composiciones del pasado. Esa no sería vida sino muerte. Tenemos que ser capaces de intuir, en medio de la noche y de un aparente caos, los sonidos que responden a las búsquedas espirituales de los seres humanos que somos hoy; y tenemos también que ser capaces de integrar los sonidos tradicionales y los nuevos sonidos que desde ese hoy se nos ofrecen (o se nos imponen) como novedad radical, y hacer de nuestro propio SER, viviendo ya como resucitados, el lugar donde esa totalidad se ordena y se integra, dejando que el Espíritu le de forma que quiera a nuestra identidad nazarena. Es así como hoy estamos llamadas y llamados a ser contemplativos, eucarísticos y monásticos. El Espíritu no inventa: responde. Responde a través de las vocaciones que dispensa. Y al responder integra, reconcilia, corrige, restaura. Nuestra vocación es al mismo tiempo la explicitación y el reconocimiento de algo que ya vivimos de alguna manera quienes estamos siendo llamados a ella, por lo menos al nivel de nuestros deseos más profundos, y también es una respuesta que el Espíritu le da desde nuestro SER, desde el Ser que Él realiza en nosotras y nosotros, a las búsquedas más urgentes y esenciales de los seres humanos de hoy. La identidad contemplativa nos llama a vivir una unidad dentro de la cual nuestro SER y nuestro hacer son una misma cosa. Lo que somos es lo que hacemos. Pero la fidelidad a ese llamado nos obliga a aceptar la oscuridad de «no saber» cuáles son nuestras verdaderas consecuencias, «no saber» qué es lo que el Espíritu a través de nosotros le aporta a la construcción de lo humano a imagen y semejanza de Dios. Ese vacío, ese silencio, ese no saber, son gestos proféticos en medio de un mundo en el que las causas y los efectos, las ganancias y los beneficios, son lo primero que se calcula. Es así como somos hojas en blanco para que Dios escriba en ellas su historia sagrada. Ese abandono pudiera ser entendido a primera vista como un desentendimiento, como una falta de compromiso, o como una manera egoísta y narcisista de centrarnos en nosotros mismos. Sin embargo, sólo nuestra propia divinidad nos permite liberarnos de las falsas imágenes de lo humano a las que inevitablemente estamos sometidos mientras no nos atrevamos a dar un paso radical fuera de nosotros mismos. Todo compromiso humano que no pase antes por ese vacío, por ese silencio, por ese «no saber», no es más que una multiplicación cancerosa de nuestros talentos espirituales. Pero, irónicamente, inexplicablemente, la negación radical, dar realmente ese paso fuera de nosotros mismos, lo que hace es colocarnos en nuestro verdadero centro. Mientas permanecemos en nosotros mismos no somos nosotros mismos y no podemos actuar. Sólo cuando salimos ocupamos nuestro verdadero Ser y sólo ahí podemos afirmar que hemos hecho algo, aunque nuestro nivel de responsabilidad con respecto a ese algo se juega en un fondo que aunque lo «somos» no lo podemos alcanzar con nuestra sola humanidad. En términos de divinidad, de nuestra propia divinidad, no podemos hablar de narcisismo porque la plenitud lo abarca todo, no puede generar ninguna imagen de sí misma frente a la cual cuestionarse, simplemente ES.


9.18.2006

Monjes

Thomas Merton termina su introducción a un pequeño libro que recoge algunos “Dichos de los Padres del Desierto”, monjes del siglo IV, con estas palabras:

“Los hombres sencillos que vivieron sus vidas hasta una edad avanzada entre las rocas y la arena, lo hicieron sólo porque habían venido al desierto para ser ellos mismos, su ser ordinario, y para olvidar un mundo que los apartaba de sí mismos. No puede haber otra razón válida para buscar la soledad o para abandonar el mundo. Y así, abandonar el mundo es, de hecho, ayudar a salvarlo al salvarse uno mismo. Este es el punto decisivo, y es un punto importante. Los eremitas coptos, que dejaban el mundo como quien huye de un naufragio, no intentaban sólo salvarse ellos mismos. Sabían que no podían hacer nada por los demás mientras permaneciesen debatiéndose en el naufragio. Pero una vez que conseguían un punto de apoyo en terreno sólido, las cosas eran diferentes. Entonces tenían no sólo el poder sino incluso la obligación de tirar del mundo entero para ponerlo a salvo tras ellos.

Esta es su paradójica lección para nuestro tiempo. Tal vez fuese demasiado decir que el mundo necesita otro movimiento como el que condujo a estos hombres a los desiertos de Egipto y Palestina. El nuestro es ciertamente un tiempo para solitarios y eremitas. Pero la mera reproducción de la simplicidad, austeridad y plegaria de aquellas almas primitivas no es una respuesta completa o satisfactoria. Debemos trascenderlos, y trascender todos aquellos que, desde su tiempo, fueron más allá de los límites que ellos fijaron. Tenemos que liberarnos, a nuestra manera, de las implicaciones de un mundo que se precipita en el desasatre. Pero nuestro mundo es diferente al suyo. Nuestro compromiso con él es más completo. Nuestro peligro es mucho más desesperado. Nuestro tiempo es, quizá, más corto de lo que pensamos.

No podemos hacer exactamente lo mismo que ellos hicieron. Pero hemos de ser tan concienzudos e implacables en nuestra determinación de romper todas las cadenas espirituales, y desechar el dominio de coacciones ajenas, para encontrar nuestro verdadero ser, para descubrir y desarrollar nuestra inalienable libertad espiritual y emplearla en construir, en la tierra, el Reino de Dios. No es éste el lugar para especular lo que nuestra elevada y misteriosa vocación pueda traer consigo. Todavía se desconoce. Sea para mí suficiente decir que necesitamos aprender de estos hombres del siglo IV cómo ignorar prejuicios, desafiar coacciones y adentrarnos sin miedo en lo desconocido”.

9.07.2006

Hijos

Un hijo es siempre, de una o de otra manera, la consecuencia del tipo de relación que viven sus padres. No es el resultado de un aporte, por muy fuerte y grande que éste pueda ser, ni es la sumatoria más o menos mecánica de dos aportes: es el fruto de la relación establecida entre esos dos aportes. Más que los aportes en sí mismos pesa la relación que establecen. Es imposible dispensar a un hijo de las consecuencias de la relación que lo trajo al mundo. Por eso para ser buen padre o buena madre no hace falta tener muchos talentos, mucho que aportar, basta con saber relacionarse. De hecho, algo de lo peor que le puede suceder a un hijo es tener padres que pongan el acento en los talentos que ellos le pueden aportar (y que a él se le impone el deber de desarrollar) y no en la calidad de su relación de pareja. La calidad humana de un hijo no puede ser sino una añadidura, una consecuencia inevitable de la calidad de relación que viven sus padres. La única manera de por lo menos atenuar en los hijos las propias deformidades, es haciéndose a un lado y dejando que los otros sean también su padre y su madre. Obviamente, no en el sentido de renunciar a la propia responsabilidad, ni de abrir ingenuamente la puerta al primer aparecido. Esos otros son los otros con los que formo una comunidad, mi comunidad, mi verdadera familia. De hecho, la única que puede formar a un ser humano es una comunidad. El que asume la responsabilidad de educar tiene que hacer pasar lo que sea necesario que pase, pero sin estar ahí desde el principio.